MÓDULO 1

Tema 2. Factores de riesgo de trastornos psiquiátricos en niños y adolescentes

A. Figueroa Quintana, A. Díez Suárez

Resumen

Los principales objetivos de este capítulo son: 1. Resumir algunos conceptos importantes en relación con los factores de riesgo y los factores de protección.

2. Abordar la implicación práctica de los factores de riesgo y de protección; es decir, cómo pueden ayudar en la práctica clínica diaria. 3. Revisar los factores de riesgo más frecuentes de las patologías psiquiátricas en general y de cuatro trastornos psiquiátricos en concreto: trastornos de ansiedad, trastornos depresivos, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) y trastornos del espectro autista (TEA).

Es necesario que el pediatra conozca y sepa manejar esos factores de riesgo, ya que eso le permitirá: Identificar a aquellos niños en riesgo de desarrollar un trastorno psiquiátrico. En los niños con riesgo, buscar si ya presentan síntomas de ese trastorno. Si tienen síntomas, facilitar el diagnóstico temprano y la intervención precoz (prevención secundaria) y reducir las posibles complicaciones (prevención terciaria).
Si no tienen síntomas, informar a la familia sobre cómo pueden disminuir el riesgo de que desarrolle el trastorno (prevención primaria). Algunos factores de riesgo participan, directa o indirectamente, en la etiopatogenia de un trastorno psiquiátrico. Otros, aunque no causan el trastorno, son útiles porque permiten identificar a las personas con mayor riesgo de presentarlo. Por otra parte, incluso en presencia de varios factores de riesgo, los factores de protección ayudan al niño a adaptarse a circunstancias adversas, disminuyendo la probabilidad de que sufra un trastorno psiquiátrico. Los principales factores de riesgo de los cuatro trastornos psiquiátricos abordados en este capítulo son los siguientes:

Trastornos de ansiedad: mujer, inhibición conductual, hiperexcitabilidad fisiológica, historia familiar de ansiedad o depresión, historia de complicaciones perinatales y acontecimientos vitales estresantes.

Trastornos depresivos: mujer, historia familiar de depresión, existencia de síntomas de ansiedad, presencia de síntomas depresivos subclínicos y acontecimientos vitales estresantes.

TDAH: varón, historia de tóxicos durante el embarazo, historia familiar de TDAH y nivel socioeconómico bajo.

TEA: varón, complicaciones durante el embarazo y el parto, historia familiar de TEA, edad avanzada de los padres en el momento de la concepción (especialmente del padre) y factores inmunológicos.


Introducción: conceptos relacionados con los factores de riesgo

Factores de riesgo son aquellas características, variables o circunstancias que, cuando están presentes en una persona, hacen más probable que sufra un trastorno en comparación con otra persona que no los presenta. El factor de riesgo debe ser siempre anterior al trastorno. Por ejemplo, una madre con depresión es un factor de riesgo de depresión, por lo que los niños cuya madre sufra depresión presentan una mayor probabilidad de depresión que los demás niños.

El concepto de factor de riesgo ha ido cambiando con el tiempo. De un concepto rígido del factor de riesgo entendido como una situación concreta y objetivamente significativa (por ejemplo, abuso sexual), se ha pasado a considerarlo un fenómeno más amplio, de circunstancias que con el tiempo pueden cambiar o desaparecer, o que pueden suponer un riesgo en una etapa del desarrollo pero no en otras.

Los factores de riesgo pueden ser biológicos o ambientales (psicosociales) (figura 1), crónicos o agudos, modificables o no modificables, y pueden estar relacionados con el individuo, su ambiente o su comunidad.

Clasificar los factores de riesgo en uno de estos grupos no siempre es fácil, por los siguientes motivos:

  • Un factor de riesgo puede tener un componente biológico y ambiental, como sucede, por ejemplo, en la obesidad.
  • Un factor de riesgo puede influir significativamente en otros; por ejemplo, los factores genéticos influyen mucho en el temperamento, y el temperamento en la respuesta de un niño al estrés.
  • Un factor de riesgo puede desencadenar otros factores de riesgo. Por ejemplo, el divorcio de los padres puede conllevar:
  • Un conflicto grave entre los padres, o entre los padres y el niño.
  • Empeoramiento del estatus socioeconómico.
  • Traslado de la residencia familiar.
  • Psicopatología de uno de los padres.
  • Una circunstancia puede suponer un factor de riesgo en varios niveles. Por ejemplo, un padre que sufre depresión puede:
  • Transmitirle a su hijo genes que predisponen a la depresión.
  • Modelar un comportamiento de emocionalidad negativa (por ejemplo, si tiende al pesimismo, si muestra inacción ante el conflicto, si trata mal al hijo, con insultos y bofetones…).
  • Castigar un mal comportamiento de forma desproporcionada (por ejemplo, gritarle repetidamente o recurrir a la violencia física).
  • No cuidarlo bien (por ejemplo, no llevarlo al colegio, permitirle hacer un uso excesivo de aparatos electrónicos…).
  • No fomentar su autoestima y sus habilidades sociales.
  • Impedir que se relacione con otros familiares y con amigos.
    El primero sería un factor de riesgo biológico (genético), mientras que las demás circunstancias serían factores de riesgo ambientales en el ámbito familiar y social.

Por todo ello, resulta difícil clasificar algunos factores de riesgo y determinar cuánto influye cada uno. En este capítulo simplificaremos algunas ideas que sabemos que son complejas para poder abordar otros conceptos importantes. Por ejemplo, incluimos la respuesta al estrés entre los factores de riesgo ambientales, aun sabiendo que la manera como un niño responde al estrés depende de varios factores, también biológicos (temperamento, genética, sexo, edad, cociente intelectual, etc.).

Muchos factores de riesgo participan en la etiopatogenia del trastorno porque influyen en la neurobiología del niño, bien directamente (desencadenando una cascada de reacciones biológicas) o indirectamente (por ejemplo, la relación padres-hijo influye en el desarrollo del circuito córtico-límbico, que regula el afecto, y puede favorecer que tenga un trastorno del humor).

Sin embargo, otros factores de riesgo no participan en la etiopatogenia del trastorno, pero sí «marcan» que una persona presente un mayor riesgo de desarrollar un trastorno. Por ejemplo, ser varón es un factor de riesgo para el trastorno del espectro autista, aunque no es una causa de éste. Algunos expertos llaman «marcadores» a este tipo de factores de riesgo.

Se han estudiado muchos factores de riesgo de trastornos psiquiátricos.

Implicación práctica: Es importante que el pediatra conozca estos factores de riesgo para poder:

    • Identificar a aquellos niños en riesgo de desarrollar un trastorno psiquiátrico (figura 2).

  • En los niños con factores de riesgo, detectar si ya existe psicopatología.
  • Si no tienen síntomas, informar a la familia sobre cómo pueden disminuir el riesgo de que desarrolle el trastorno (prevención primaria).
  • Si tienen síntomas, facilitar el diagnóstico y la intervención precoz (prevención secundaria) y reducir las posibles complicaciones (prevención terciaria), derivando a los especialistas que necesiten.

Generalmente, cuantos más factores de riesgo de trastorno psiquiátrico presente un niño, mayor será el riesgo de que lo desarrolle. Y a mayor número de factores de riesgo crónicos, mayor riesgo de que presente más síntomas.

Implicación práctica: Cuantos más factores de riesgo, sobre todo crónicos (por ejemplo, niño con trastorno por déficit de atención e hiperactividad [TDAH], con dificultades en las relaciones sociales, mal rendimiento académico y fallecimiento del padre), mayor será el riesgo de que el niño desarrolle el trastorno (por ejemplo, depresión) y de que tenga más síntomas (y, por tanto, problemas).

Los trastornos psiquiátricos suelen tener una etiología multifactorial, en la que intervienen factores de origen biopsicosocial. Es decir, no tienen una única causa (por ejemplo, muerte del padre), ni son fruto de un solo tipo de causas (por ejemplo, genéticas). Generalmente interactúan varios factores de diferentes tipos, provocando la aparición del trastorno. Ningún factor de riesgo es necesario ni suficiente para determinar que un niño tenga un trastorno psiquiátrico. Es más, ningún conjunto de factores de riesgo asegura que un niño vaya a sufrir un trastorno psiquiátrico.

Implicación práctica: Es importante que el médico tranquilice a la familia, porque los factores de riesgo no determinan que un niño vaya a presentar un trastorno; sólo aumentan el riesgo de que lo sufra.

Sin embargo, no es sólo una cuestión de número de factores de riesgo, ya que la influencia de un factor de riesgo puede depender o estar mediada por otro factor, y todos los factores de riesgo presentes en un niño interactúan entre sí. Puede ocurrir que el mismo factor de riesgo en un niño suponga más riesgo que en otro niño, o signifique un riesgo para una enfermedad diferente. Por ejemplo, un bajo nivel socioeconómico (factor de riesgo 1) predispone a sufrir psicopatología, pero implica más riesgo si, además, entre los padres y el niño existe una mala relación (factor de riesgo 2), y puede predisponer a la ansiedad, la depresión, un trastorno del comportamiento u otro trastorno psiquiátrico según los antecedentes familiares (genética, factor de riesgo 3).

Además de interactuar entre sí, los factores de riesgo también interactúan con los factores de protección, que son aquellas circunstancias que disminuyen la probabilidad de que aparezca una enfermedad (por ejemplo, ambiente familiar favorable) o de que la enfermedad sea grave o duradera (por ejemplo, tratamiento eficaz temprano). Al igual que los factores de riesgo, los factores de protección también pueden residir en el individuo (por ejemplo, cociente intelectual alto), la familia (por ejemplo, comunicación y afecto entre sus miembros) o la comunidad (por ejemplo, inclusión, apoyo, recursos sociosanitarios). Los factores de protección cada vez cobran más relevancia en la literatura científica. Son la razón fundamental por la que un niño con factores de riesgo se adapta a sus circunstancias adversas y aprende a manejarlas o superarlas, y finalmente no desarrolla un trastorno psiquiátrico. Se denomina «resiliencia» a la capacidad extraordinaria para recuperarse de adversidades y factores estresantes significativos, y seguir adelante con un funcionamiento intelectual, social y emocional óptimo. En ausencia de factores de riesgo, los factores de protección no necesariamente promueven un desarrollo normal; en cambio, marcan la diferencia en presencia de factores de riesgo.

De esta compleja interacción entre factores de riesgo y de protección, de diferentes tipos, emana el concepto de «vulnerabilidad», la predisposición de una persona a presentar un trastorno concreto dependiendo de cuántos factores tiene y cuáles son, de riesgo y de protección, y según también cómo se influyan entre ellos. El modelo diátesis-estrés permite explicar, por ejemplo, que un mismo factor estresante afecte de diferente manera a cada persona, según sus factores de riesgo y de protección.

Todos estos factores interactúan entre sí de manera dinámica, elevando o reduciendo el riesgo de presentar un trastorno psiquiátrico (tabla 1 y figura 3).

Implicación práctica: La prevención consiste en trabajar para disminuir los factores de riesgo y aumentar los factores de protección de un niño (figura 4). Para ello es fundamental detectar el mayor número posible de factores de riesgo y de protección, ya que son oportunidades para intervenir y constituyen la base de la prevención. Dado que con el tiempo pueden ir cambiando, la valoración debe hacerse en los diferentes estadios del desarrollo del niño.

Los factores de riesgo que no son causas del trastorno (sexo, edad, cociente intelectual) sirven para detectar el pool de pacientes con quienes «activar la alarma», y los factores de riesgo y de protección que sí participan en la etiopatogenia del trastorno son objetivos de intervención cuando son modificables.

Es importante intervenir sobre los factores de riesgo (por ejemplo, tratamiento precoz de un trastorno psiquiátrico que predispone a otros trastornos psiquiátricos). También es fundamental promover la salud emocional en ausencia de problemas, por ejemplo: relaciones familiares y sociales adecuadas, lo que se denomina «prevención primaria».

Factores de riesgo para los trastornos psiquiátricos

Clasificamos los principales factores de riesgo de trastornos psiquiátricos en:

  • Biológicos: sexo, edad, cociente intelectual, temperamento, genética, factores cerebrales y enfermedades (médicas y psiquiátricas).
  • Ambientales: perinatales, nivel de educación, acontecimientos estresantes, respuesta al estrés, relaciones familiares y sociales, y factores sociodemográficos.

Factores de riesgo biológicos

Los factores de riesgo biológicos que con mayor frecuencia se asocian a trastornos psiquiátricos son el sexo, la edad, el cociente intelectual, el temperamento, los factores genéticos, los factores cerebrales y las enfermedades (médicas y psiquiátricas).

Sexo

Algunas patologías son más frecuentes en un sexo que en otro. En los varones son más habituales los trastornos del comportamiento, los trastornos psicóticos, el trastorno por consumo de sustancias y los trastornos del espectro autista (TEA). En las mujeres son más comunes los trastornos de la conducta alimentaria.

Edad

Algunos trastornos son más frecuentes a una determinada edad; por ejemplo, la ansiedad es el trastorno psiquiátrico más frecuente en la edad preescolar, el TDAH en la edad escolar, el trastorno por consumo de tóxicos en la adolescencia y la esquizofrenia en la edad adulta.

En ocasiones, el sexo supone más o menos riesgo para una patología dependiendo de la edad (interacción sexo-edad). Por ejemplo, los trastornos depresivos y de ansiedad son igual de frecuentes en niños que en niñas durante la infancia, pero afectan 2-3 veces más a las niñas a partir de la adolescencia (probablemente por diferencias en hormonas, exposición y respuesta al estrés, patrón de socialización, etc.).

Cociente intelectual

Muchos estudios sugieren que un cociente intelectual bajo (<80) se asocia a un mayor riesgo de la mayoría de los trastornos psiquiátricos (factor de riesgo no específico), y especialmente de esquizofrenia, TEA, depresión, trastorno de ansiedad, trastornos de personalidad, trastornos adaptativos y trastorno por consumo de sustancias.

Por otro lado, aunque no hay tantos estudios, algunos investigadores sugieren que un cociente intelectual muy alto (≥130), sobre todo en el área verbal, se relaciona con una mayor prevalencia de ciertas patologías psiquiátricas, como depresión, trastorno bipolar, trastorno de ansiedad, TDAH y TEA.

Temperamento

El temperamento es la «forma de ser» con la que un niño nace, sin influencias del ambiente. El temperamento es en gran parte genético (biológico); es objetivable desde los primeros meses de vida y moderadamente estable a lo largo de la vida. Sin embargo, puede ir modificándose con las experiencias vitales de la persona (relación con los amigos, sufrir una enfermedad, estilo educativo de los padres…). Así se va conformando la personalidad, que normalmente se consolida de manera definitiva en la edad adulta.

Los tipos de temperamento más frecuentemente asociados a trastornos psiquiátricos son la inhibición conductual, la emocionalidad negativa y el temperamento difícil.

Un tipo de temperamento puede aumentar o disminuir mucho el riesgo de presentar un trastorno psiquiátrico, porque influye en las situaciones en las que «se mete» el niño, en cómo las valora y en cómo sale de ellas, lo que a su vez eleva o reduce el riesgo de sufrir un trastorno psiquiátrico. Sin embargo, ningún temperamento determina la aparición de un trastorno psiquiátrico en un niño, porque aunque éste presente una determinada tendencia biológica, al final su comportamiento puede cambiar, por ejemplo, si le enseñan a actuar de otra manera o a raíz de lecciones aprendidas en experiencias previas, sobre todo en el área social.

Inhibición conductual

Los niños con inhibición conductual se muestran retraídos e hipervigilantes en situaciones nuevas, que rechazan por considerarlas potencialmente peligrosas, y que sólo afrontan cuando se les obliga o se les «empuja» mucho a hacerlo; por ejemplo, un niño que siempre se esconde detrás de las piernas de la madre cuando saluda a un conocido por la calle. Estos niños tienen más probabilidad de sufrir sobre todo trastornos de ansiedad (fundamentalmente fobia social), pero también trastornos depresivos, y rechazo social.

Emocionalidad negativa

Los niños con emocionalidad negativa tienden a percibir, resaltar y sobrerreaccionar ante los posibles aspectos negativos o peligrosos de una situación, y lo hacen de manera biológica, «innata» y «automática». Por ejemplo, cuando le regalan un juguete, el niño advierte rápidamente que tiene un borde un poco roto (cuando los demás ni lo notan), le da muchísima importancia (en lugar de valorar que es el regalo que llevaba meses pidiendo y que funciona perfectamente) y se pone muy triste o se enfada por ese defecto (en vez de ignorarlo u olvidarlo). Estos niños a menudo tienen ideas negativas sobre sí mismos, sobre su futuro y sobre el mundo que los rodea; piensan, por ejemplo, «siempre me toca a mí lo malo», «todo me sale mal» o «seré un vagabundo y la gente me despreciará». La emocionalidad negativa aumenta el riesgo de muchos trastornos psiquiátricos, pero principalmente de depresivos y de ansiedad.

Temperamento difícil

Los niños con temperamento difícil se caracterizan por una baja tolerancia a la frustración, y con frecuencia se muestran inflexibles e irritables. Por ejemplo, niños que desde que tienen pocos meses tienden a llorar desconsoladamente y a coger rabietas «por todo». Tienen un mayor riesgo de presentar síntomas depresivos desde la infancia, TDAH y trastorno negativista desafiante.

Otros

También aumentan el riesgo de presentar TDAH los temperamentos caracterizados por extroversión, impulsividad y elevado nivel de actividad. El temperamento apático/falto de energía eleva el riesgo de sufrir depresión.

Factores genéticos

Los factores de riesgo genéticos influyen mucho en la probabilidad de presentar un trastorno. Pueden aumentar o disminuir ese riesgo de dos maneras:

  • Directa (por ejemplo, si un padre tiene depresión, probablemente el niño haya heredado varios genes que elevan el riesgo de sufrir depresión).
  • Indirecta: influyendo sobre los demás factores de riesgo y de protección del niño, como neurobiología, temperamento, cómo responde a una situación estresante o cómo se relaciona.

La heredabilidad es el porcentaje medio poblacional de la causa genética de un trastorno (el porcentaje medio restante se atribuye a factores ambientales). Por ejemplo, en el TDAH la heredabilidad es de aproximadamente el 70%. Esto no quiere decir que en todos los niños el TDAH se deba en un 70% a factores genéticos y en un 30% a factores ambientales. Ésta es la proporción media de estos dos tipos de causas en la población con TDAH. Sin embargo, en un niño concreto el TDAH puede deberse en un 10% a una causa genética y en otro, en cambio, alcanzar el 80%.

El estudio de los factores de riesgo genéticos asociados a los trastornos psiquiátricos es complejo, por diversos motivos:

    • Un trastorno psiquiátrico se relaciona con muchos genes (herencia multigénica, figura 5).

  • Por separado, cada uno de esos genes tiene un efecto muy pequeño.
  • No siempre están presentes todos los genes implicados en un trastorno concreto, ni lo están en un número determinado.
  • El efecto de un gen puede estar mediado o verse influido por el efecto de otro gen (interacción gen-gen). Por ejemplo, el polimorfismo Met/Val del gen del brain-derived neurotrophic factor (BDNF) interactúa con el del 5-HTTLPR, elevando el riesgo de depresión.
  • El efecto de un gen puede estar mediado o verse influido por el efecto de un factor ambiental (interacción gen-ambiente o epigenética). Un gen se expresa de diferente manera, sin cambiar la secuencia de su ADN, por los cambios bioquímicos en las histonas del ADN provocados por factores ambientales, que hacen que una parte del ADN se exprese o no se exprese. Por ejemplo: el abuso en la infancia es un factor de riesgo para sufrir una depresión en ese momento o en el futuro (figura 6), y el riesgo aumenta aún más si el niño tiene un determinado alelo de la proteína del transportador de serotonina SLC6A4. Otro ejemplo: la obesidad en la madre durante el embarazo influye en cómo se expresan en el niño muchos genes importantes en el neurodesarrollo, como la apolipoproteína D. Si un cambio ambiental hace que las histonas (círculos azules en la figura 7) se junten mucho, algunas partes del ADN quedan escondidas y no son accesibles para transcripción, por lo que no se expresan los genes de esa zona. También puede pasar lo contrario: que los cambios en las histonas hagan que éstas se separen y dejen expuestos y accesibles para transcripción genes previamente «dormidos». Uno de los cambios epigenéticos más frecuentes es la metilación; por ejemplo, los tóxicos del humo del tabaco pueden metilar el ADN del feto in utero.

Todo esto hace que las combinaciones posibles sean muy numerosas, lo que complica el estudio genético de los trastornos.

Para investigar los factores de riesgo genéticos se usan varios tipos de estudios:

  • Estudios que valoran y comparan la presencia de un síntoma o un trastorno en diferentes poblaciones:
  • Estudios familiares: población general y familiares de una persona con el síntoma o el trastorno. Sugiere un componente genético si el trastorno es más frecuente entre los familiares que en la población general.
  • Estudios de adopción: hermanos biológicos separados por adopción (comparten genes, pero no ambiente) y hermanos no biológicos que conviven (comparten ambiente, pero no genes). Sugiere un componente genético si el síntoma o trastorno es más frecuente entre los hermanos biológicos.
  • Estudios de gemelos: gemelos monocigóticos (MZ; genotipo 100% idéntico) y dicigóticos (DZ; comparten aproximadamente el 50% de los genes). Cuanta mayor concordancia entre gemelos monocigóticos, mayor porcentaje genético del trastorno; cuanto más próxima al 100%, más componente genético y hereditario. Permite calcular la heredabilidad de un trastorno mediante la fórmula:

H2 = (% concordancia MZ – % concordancia DZ) / (100 – concordancia DZ)

  • Estudios que valoran genes concretos. Se pueden buscar genes concretos mediante marcadores genéticos, polimorfismos puntuales (single nucleotide polymorphisms o SNP), o bien buscar una asociación genómica amplia (genome-wide association study o GWAS), así como realizar un screening del genoma completo para establecer posibles sitios de asociación.

Factores cerebrales

Puede elevar el riesgo de trastornos psiquiátricos la existencia de problemas en:

  • El tamaño, funcionamiento o conectividad de algunas regiones y circuitos cerebrales; por ejemplo, el circuito córtico-límbico-estriado-pálido-talámico está implicado en la regulación del humor.
  • La concentración o el funcionamiento de los neurotransmisores. Los más implicados en los trastornos psiquiátricos son la serotonina, la noradrenalina y la dopamina.
  • Las neuroquininas y algunos segundos mensajeros, como la proteína G, el CAMP o el CGMP.
  • Factores de transcripción genética.
  • BDNF. Es necesario para el desarrollo del cerebro, y es activado por la serotonina.
  • Catecol-orto-metiltransferasa (COMT). Degrada la dihidroxifenilalanina (DOPA). La variante Met/Met reduce la actividad de la COMT, lo que aumenta la concentración de DOPA, provocando más ansiedad.
  • FKBP5. Algunos alelos se asocian a depresión, trastorno bipolar y trastorno por estrés postraumático, así como a una respuesta más rápida a los antidepresivos. Aumenta el riesgo de trastorno psiquiátrico en presencia de un acontecimiento estresante temprano.

Las alteraciones en estos factores cerebrales generalmente son consecuencia de uno o varios factores de riesgo biológicos o ambientales.

Enfermedad médica o psiquiátrica

Un niño con una enfermedad «física», sobre todo si es grave o crónica, o muy dolorosa (cáncer, asma, diabetes…) tiene más riesgo de presentar trastornos psiquiátricos, sobre todo depresión y ansiedad.

Algunas reacciones inmunológicas y algunas infecciones incrementan el riesgo de sufrir patologías psiquiátricas, como trastornos depresivos, trastornos de ansiedad y TEA. También aumentan el riesgo de sufrir una enfermedad psiquiátrica algunas alteraciones neuroendocrinológicas, como las alteraciones en la concentración o el funcionamiento de determinadas hormonas (andrógenos, hormona del crecimiento, melatonina, hormonas tiroideas o prolactina) o del eje hipotalámico-hipofisario-cortisol.

Los traumatismos craneoencefálicos también aumentan el riesgo de trastornos psiquiátricos.

Por otro lado, un niño con una enfermedad psiquiátrica tiene un mayor riesgo de presentar otros trastornos psiquiátricos; de hecho, la comorbilidad psiquiátrica es la norma. El riesgo se eleva si el trastorno psiquiátrico no se trata. Por ejemplo, un niño con TDAH presenta más riesgo de sufrir depresión, ansiedad o un trastorno negativista desafiante, y un niño con TEA tiene más riesgo de TDAH y ansiedad.

Implicación práctica: Tratar y estabilizar las enfermedades médicas y psiquiátricas del niño disminuye el riesgo de psicopatología.

Factores de riesgo ambientales

A continuación se describen los factores ambientales que aumentan el riesgo de trastornos psiquiátricos en niños y adolescentes.

Factores perinatales

Los factores perinatales engloban dificultades ocurridas desde la gestación hasta el primer año de vida.

Los problemas perinatales que aumentan el riesgo de trastornos psiquiátricos son:

  • Embarazos previos: aborto, parto de un feto muerto.
  • Embarazo actual: enfermedades médicas o psiquiátricas, exposición a estrés marcado o mantenido, consumo de fármacos o tóxicos (alcohol, tabaco, cocaína, opioides, plomo, etc.); por ejemplo, el consumo de alcohol, tabaco y cannabis durante el embarazo aumenta el riesgo de inatención, problemas en el lenguaje y bajo rendimiento académico.
  • Parto: prematuridad, bajo peso al nacimiento, complicaciones con secuelas físicas (anoxia, traumatismo físico, incompatibilidad Rh…).
  • Primer año de vida: cualquier enfermedad grave, estrés grave, dificultades importantes con la alimentación, etc.

En general, las complicaciones perinatales son factores de riesgo inespecíficos, porque aumentan el riesgo de la gran mayoría de los trastornos: depresión, ansiedad, TDAH, TEA, problemas de comportamiento y de aprendizaje, psicosis, etc.

Nivel de educación

Un nivel de educación bajo y el fracaso académico suelen relacionarse con un mayor riesgo de sufrir trastornos psiquiátricos en general (factores de riesgo inespecífico).

Acontecimientos vitales estresantes

Sufrir un trauma en la infancia predispone a numerosas patologías psiquiátricas, especialmente a depresión, ansiedad, trastornos de comportamiento, consumo de sustancias, psicosis y trastornos de la conducta alimentaria.

Los acontecimientos vitales estresantes que con mayor frecuencia se asocian a los trastornos psiquiátricos son:

  • Maltrato o abuso (físico, psicológico o sexual).
  • Acoso en cualquiera de sus formas: en el centro educativo (bullying), en la red (ciberacoso), acoso sexual en la red (grooming), etc.
  • Hipoestimulación o negligencia en el cuidado del niño por parte de las figuras de referencia.
  • Problemas familiares graves (por ejemplo, violencia familiar, uno de los padres con enfermedad psiquiátrica grave descompensada).

Aunque la mayoría de las veces el trastorno psiquiátrico aparece o empeora poco después del acontecimiento estresante, a veces se manifiesta más tarde, incluso años después. Por ejemplo, el antecedente de un trauma en la infancia aumenta el riesgo de depresión también en la edad adulta.

El riesgo de trastorno psiquiátrico es proporcional al número de estresantes. Por ejemplo, los adolescentes con depresión y ansiedad con frecuencia han sufrido varios estresantes en los 12 meses previos al inicio del trastorno.

Implicación práctica: Es importante hacer un seguimiento más estrecho de aquellos niños que están pasando por una situación adversa.

Respuesta al estrés

La respuesta de un niño ante acontecimientos estresantes afecta a cómo, cuándo y cuánto se adapta a la situación. Cuanto más tardía o incompleta sea la adaptación, mayor será el riesgo de psicopatología.

La respuesta de un niño a un factor estresante está influida por muchos factores biológicos y ambientales: temperamento, edad, cociente intelectual, carga genética, apoyo de familiares y de amigos, resiliencia e inteligencia emocional, etc.

Algunos estilos de afrontamiento se asocian a psicopatología, sobre todo a ansiedad y depresión:

  • Afrontamiento enfocado en la emoción: el único objetivo del niño es paliar las emociones negativas que le ha ocasionado el problema (por ejemplo, contar qué le pasa y recibir consuelo, pero sin intención de resolver el problema).
  • Evitación: el niño ignora el problema y las emociones negativas que le produce, actuando como si no hubiera ocurrido.

En cambio, el afrontamiento enfocado en el problema, que se da cuando el niño reconoce el origen del problema e intenta resolverlo, constituye un factor protector frente a los trastornos psiquiátricos.

Familia y relaciones familiares

Existe una tendencia generalizada a atribuir a «los padres» los problemas de un niño (por ejemplo, «es un maleducado porque los padres se lo permiten», «esos miedos se los ha pegado su madre»). Sin embargo, los estudios indican que la familia no es la única causa –de hecho, ni siquiera es la causa principal– de que un niño presente un trastorno psiquiátrico. Normalmente el trastorno se debe principalmente a ciertas características propias del niño, sobre todo su temperamento y su neurobiología, y la familia mantiene o aumenta este riesgo. Los factores familiares, y en general todos los factores de riesgo ambientales, funcionan sobre todo como precipitantes (en un niño previamente vulnerable) o perpetuadores (de un problema ya existente). Si la familia tiene un funcionamiento normal y bueno, puede disminuir los síntomas hasta la remisión, o incluso evitar que aparezca el trastorno.

En la tabla 2 se señalan los principales factores de riesgo familiares y sociosanitarios de trastorno psiquiátrico.

Factores sociodemográficos

Algunas características de la comunidad incrementan el riesgo de sufrir una patología psiquiátrica: un nivel socioeconómico bajo, la pobreza, la pertenencia a una minoría social, la exclusión social o el alejamiento del país de origen a causa de un conflicto o una guerra.

Factores de riesgo para
un trastorno psiquiátrico específico

A continuación detallamos los factores de riesgo concretos para los trastornos de ansiedad, los trastornos depresivos, el TEA y el TDAH. Hemos seleccionado éstos porque son trastornos muy prevalentes en niños y adolescentes, suelen tener un impacto negativo importante y son trastornos con diferente etiopatogenia.

Trastornos de ansiedad

Los factores de riesgo varían ligeramente según el tipo de trastorno de ansiedad, pero en general se reconocen los siguientes:

Factores de riesgo biológicos

    • Sexo. El riesgo en mujeres se multiplica por 2 a partir de los 6 años de edad, y por 3 a partir de la adolescencia.
    • Edad. El trastorno de ansiedad por separación y algunas fobias específicas generalmente comienzan antes de los 12 años. La fobia social empieza al final de la edad escolar e inicio de la adolescencia. El trastorno de pánico comienza al final de la adolescencia o inicio de la edad adulta (figura 8).

Implicación práctica: En niños menores de 12 años con síntomas de ansiedad, un pediatra no debe sospechar trastorno de pánico o agorafobia, que suele empezar más tarde.

  • Temperamento. La inhibición conductual aumenta sobre todo el riesgo de fobia social. La emocionalidad negativa incrementa el riesgo de fobia social, trastorno de pánico y trastorno de ansiedad generalizada.

Implicación práctica: Importante la prevención primaria en niños excesivamente tímidos con extraños.

    • Factores genéticos. La heredabilidad es en torno al 30-40% (moderada). Es más alta en el trastorno por pánico y la fobia social, sobre todo de inicio precoz. Mayor concordancia en gemelos monocigóticos, que multiplica el riesgo por 2 para la ansiedad generalizada y el trastorno de ansiedad en general, y por 5 para el trastorno de pánico. Marcada agregación familiar en todos los trastornos de ansiedad.
    • Los genes implicados son sobre todo los que codifican para:
    • Transportador de la serotonina (SERT): el genotipo L se ha relacionado con menos ansiedad y el genotipo S con más ansiedad, pero más respuesta al tratamiento.
    • Receptor de la serotonina.
    • Cromosomas 1, 7, 9q y 11 (aumenta el riesgo de trastorno de pánico).
    • Cromosoma 3 (aumenta el riesgo de agorafobia).
    • FK506-binding protein 51 (FKBP5).
    • BDNF.
    • COMPT, variante Met/Met.
    • Factores cerebrales. La figura 9 es un esquema de la neurobiología de los trastornos de ansiedad. La información que captan los sentidos se integra en la corteza prefrontal cingulada anterior y orbitofrontal. Desde ahí se envían señales al sistema límbico, sobre todo a la amígdala, que procesa la información y se activa si detecta peligro. Cuando esto ocurre, se activa el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal y se genera una cascada de liberación de hormonas, que estimula el sistema simpático, alcanzando múltiples órganos (corazón, pulmones, músculos, etc.) y provocando una reacción del tipo pelea, huida o bloqueo (fight, flight or freeze response). Tiene mayor riesgo de trastorno de ansiedad un niño que ante determinados estímulos les presta mayor atención (corteza prefrontal ventrolateral) y presenta respuestas aumentadas (hipersensibilidad amigdalar). Las alteraciones cerebrales propias de los trastornos de ansiedad disminuyen tanto con la terapia cognitivo-conductual como con la medicación.

 

  • Enfermedad médica. Son factores de riesgo algunas infecciones víricas (por ejemplo, la mononucleosis infecciosa) o por estreptococo, como el síndrome pediátrico neuropsiquiátrico de inicio agudo o PANS (pediatric acute onset neuropsychiatric syndrome), antes llamado PANDAS (pediatric autoimmune neuropsychiatric disorders associated with streptococci).
  • Enfermedad psiquiátrica. Si un niño presenta un trastorno de ansiedad, es muy probable que sufra otro tipo de trastorno de ansiedad, y otro trastorno psiquiátrico, sobre todo depresión. Aunque el trastorno de ansiedad remita, el niño presenta riesgo de desarrollar ansiedad y depresión en el futuro. Si un niño padece un trastorno depresivo, también aumenta el riesgo de tener ansiedad.

Factores de riesgo ambientales

  • Factores perinatales: antecedente de aborto o feto muerto, enfermedad grave en el primer año de vida del niño.
  • Factores estresantes, sobre todo:
  • Trauma temprano (incrementa el riesgo fundamentalmente de trastorno de pánico, ansiedad generalizada y trastorno de estrés postraumático).
  • Abuso (sobre todo sexual).
  • Acoso escolar.
  • Catástrofes naturales.
  • Factores familiares:
  • Padres con psicopatología (ansiedad, depresión o consumo de tóxicos), sobre todo si uno de los padres tiene un trastorno de ansiedad. Mayor riesgo si ambos padres lo presentan.
  • Estilo educativo hipercontrolador, sobreprotector.
  • Disfunción familiar grave.
  • Pérdida de uno de los padres, separación de uno de los padres o divorcio de los padres en los primeros años de la infancia.
  • Depresión materna.
  • Maltrato, negligencia o hipoestimulación.
  • Factores sociodemográficos: nivel educativo bajo, nivel económico bajo.

Trastornos depresivos

Factores de riesgo biológicos

  • Edad y sexo. Durante la infancia los trastornos depresivos son poco frecuentes. A partir de los 12 años el riesgo de depresión se multiplica por 10, y es 2-3 veces más habitual en niñas.
  • Temperamento. La emocionalidad negativa, la inhibición conductual y el temperamento difícil aumentan el riesgo de depresión, incluso hasta la edad adulta. Emocionalidad positiva baja es más específica de depresión.
  • Factores genéticos:
  • La heredabilidad de los trastornos depresivos es del 40-70% (moderada-elevada).
  • La concordancia en gemelos monocigóticos (en torno al 60%) es 3 veces mayor que en gemelos dicigóticos (en torno al 20%). La concordancia en gemelos monocigóticos es del 70% para el trastorno bipolar. Esto sugiere que en la depresión (unipolar) el papel de los factores ambientales es superior.
  • El riesgo de un niño de sufrir un trastorno depresivo es mayor cuantos más familiares tenga con depresión. Si el niño posee un familiar de primer grado con depresión, su riesgo se multiplica por 3-4. Es el factor de riesgo con mayor poder predictivo.
  • Los familiares de primer grado de una persona con depresión tienen una prevalencia de depresión del 20-30%, y mayor si la persona cuyos familiares se estudian es un niño o un adolescente. Esto sugiere que la carga genética para presentar depresión es superior si la depresión se inicia en la infancia o la adolescencia.
  • El riesgo también es mayor cuantos más genes comparta con otra persona con trastorno depresivo.
  • Los principales genes implicados son los que codifican elementos del sistema serotoninérgico: transportadores y receptores de la serotonina y enzimas que intervienen en su metabolismo.
  • Algunos genes que predisponen para la depresión también predisponen para la ansiedad, o para la enfermedad bipolar (como la variante del receptor 5HT2C).
  • Marcada interacción gen-ambiente. Por ejemplo, la proteína transportadora de serotonina SLC6A4 tiene una región promotora con polimorfismo, 5-HTTLPR, y hay dos alelos funcionales: el alelo S (del inglés short, corto) y el alelo L (del inglés long, largo). Si un niño tiene el alelo S de 5-HTTLPR su riesgo de depresión aumenta, pero sólo si el niño ha sufrido además maltrato o acontecimientos vitales estresantes recientes.
  • Factores cerebrales:
  • Correlación entre los síntomas depresivos y alteraciones cerebrales en el circuito córtico-límbico-estriado-pálido-talámico, implicado en la regulación del humor. Por ejemplo, hipoactivación frontal izquierda, que probablemente refleje menos afecto positivo, o alteraciones en el eje hipotalámico-hipofisario.
  • Alteraciones en neurotransmisores cerebrales (serotonina, noradrenalina y dopamina), segundos mensajeros (proteína G, cAMP, cGMP), neuroquininas y factores de transcripción genética.
  • Alteraciones hormonales: prolactina, cortisol, hormona del crecimiento (por ejemplo, no aumenta la secreción de hormona del crecimiento tras administrar GHRH [growth hormone releasing hormone]).
  • Enfermedad médica. El riesgo de un niño de presentar depresión es mayor si tiene:
  • Una enfermedad al menos moderada, crónica o dolorosa (por ejemplo, cáncer, enfermedad de Cushing, enfermedad de Addison, hipotiroidismo o hipertiroidismo, diabetes, anemia, alteraciones del metabolismo o del equilibrio hidroelectrolítico).
  • Obesidad.
  • Alteraciones inmunológicas, como alteración de la función y estructura del sistema monocito-macrófago y aumento de las interleucinas 1 y 6.
  • Infecciones graves.
  • Tratamiento con algunos fármacos: antihipertensivos, anticonceptivos, antiepilépticos.
  • Enfermedad psiquiátrica. El riesgo de sufrir una depresión es mayor si el niño presenta síntomas depresivos subsindrómicos, o historia de episodio depresivo; o cualquier trastorno psiquiátrico, sobre todo síntomas o trastorno de ansiedad, consumo de tóxicos, comportamiento disruptivo o TDAH.

Factores de riesgo ambientales

  • Perinatales: problemas en el embarazo y el parto, lactancia artificial y retraso en la psicomotricidad.
  • Estresantes (uno de los factores de riesgo más frecuentes):
  • Abuso o maltrato (sobre todo en niñas, incluso años después).
  • Fallecimiento de un familiar cercano.
  • Víctima o autor de acoso escolar (ambos factores aumentan el riesgo de depresión y suicidio).
  • Fracaso académico o deportivo.

Los estresantes influyen en el inicio de síntomas depresivos y, a diferencia de la ansiedad, también en el empeoramiento de los síntomas. Se ha descrito la importancia de estresantes repetidos, sobre todo en épocas de transición, muy frecuentes en niños y adolescentes.

  • Respuesta al estrés:
  • Sacar conclusiones negativas sobre uno mismo, su entorno y su futuro.
  • Afrontamiento para evitar la emoción negativa o afrontamiento evitativo.
  • Resignación (no intenta solucionar el problema).
  • Retraimiento social, sin acudir a la familia y los amigos.
  • Hiperreactividad emocional (emotional arousal).
  • Rumiación negativa.
  • Factores familiares:
  • Padres con depresión u otros trastornos psiquiátricos, como consumo de sustancias.
  • Padres excesivamente críticos, punitivos, poco cálidos u hostiles.
  • Padres que no cubren las necesidades de sus hijos.
  • Conflictos familiares importantes.
  • Escaso apego.
  • Escasa comunicación, falta de cohesión familiar.
  • Factores sociodemográficos: estatus socioeconómico bajo, pobreza.
  • Relaciones con iguales. Los problemas con los iguales son un factor de riesgo importante, sobre todo en adolescentes. Las dificultades sociales pueden favorecer que aparezca un trastorno depresivo; además, una vez instaurado, el trastorno depresivo empeora las relaciones sociales.

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)

Como en la mayoría de los trastornos psiquiátricos, sobre una base neurobiológica y una predisposición genética, en la aparición del TDAH influyen factores psicosociales y ambientales.

Factores de riesgo biológicos

  • Factores cerebrales. El «modelo de fenotipo extendido» de Barkley (revisado en Soutullo et al., 2017) sugiere alteraciones fundamentalmente en los circuitos:
  • Fronto-estriatal: encargado de las funciones ejecutivas, como atención selectiva, control de interferencia, inhibición motora y memoria de trabajo.
  • Fronto-cerebeloso: encargado del manejo del tiempo y la planificación.
  • Fronto-límbico: encargado de la regulación emocional, el procesamiento de la motivación y las recompensas según el tiempo.
  • Circuito DLPFC (córtex prefrontal dorsolateral, del inglés dorsolateral prefrontal cortex): relacionado con el autocontrol y la introspección.
  • Sexo. El TDAH es más frecuente en varones, con una proporción 4:1. Algunos expertos sugieren un infradiagnóstico en niñas.
  • Edad. Los síntomas debutan muy pronto, aunque el diagnóstico suele hacerse en la edad escolar o la adolescencia.
  • Factores genéticos:
  • El riesgo de padecer TDAH, si un familiar tiene TDAH, se multiplica por 12-16 si es un gemelo homocigótico, por 5-8 si es un familiar de primer rado y por 2 si es un familiar de segundo grado.
  • La heredabilidad media se sitúa en torno al 70%, una de las más altas en los trastornos psiquiátricos.
  • Genes implicados:
  • Sobre todo los relacionados con las vías dopaminérgicas: dopamina beta-hidroxilasa (DBH), transportador de la dopamina (DAT1) y receptores de la dopamina D4 y D5 (DRD4 y DRD5).
  • También los relacionados con el sistema serotoninérgico: receptor de la serotonina 1B (HTR B1) y transportador de la serotonina (SCLC6A4/5HTT).
  • Y con el sistema noradrenérgico, factores neurotróficos, proteínas del complejo SNARE, latrofilina 3 y SNAP25 (proteínas de sinaptosomas implicadas en la exocitosis de neurotransmisores de las vesículas de almacenamiento).

Factores de riesgo ambientales

Nivel socioeconómico bajo y disfunción familiar grave.

Factores perinatales

Sobre todo, complicaciones perinatales significativas, bajo peso al nacer, prematuridad y exposición al tabaco o al alcohol durante el embarazo.

Trastorno del espectro autista

Factores de riesgo biológicos

  • Sexo. El TEA es unas 4 veces más frecuente en varones.
  • Edad. Suele manifestarse antes de los 18 meses. Cuanto más leve sea el cuadro clínico, más tarde se detectan los síntomas.
  • Cociente intelectual bajo o, por el contrario, muy alto.
  • El temperamento no es un factor de riesgo.
  • Factores genéticos:
  • La heredabilidad del TEA se sitúa entre el 40 y el 80% (moderada-elevada).
  • Si un niño tiene un hermano con TEA, su riesgo de sufrir TEA se multiplica por 2-8, y aún más el riesgo de presentar síntomas subsindrómicos de TEA.
  • Los genes que se han implicado son principalmente los relacionados con la sinapsis neuronal: NLGN, NLGN4X o SHANK3; también las microduplicaciones o microdeleciones en la región 15q11q13.
  • Algunos síndromes con causa genética conocida cursan con síntomas de TEA; así sucede, por ejemplo, en algunos pacientes con síndrome de Turner (monosomía X0), con síndrome X frágil (originado por una mutación del gen FMR 1 del cromosoma X) o con síndrome de Rett (provocado por la mutación del gen MECP2 [methyl-CpG-binding protein 2]).
  • Factores inmunológicos. Son factores de riesgo algunas alteraciones en el sistema inmunitario periférico, como la disfunción en las células T, y en la producción de autoanticuerpos, y el incremento del número de linfocitos B activados, células NK y citocinas proinflamatorias. También cuando una madre tiene ciertas enfermedades autoinmunes, como tiroiditis.

Factores de riesgo ambientales

  • Factores perinatales: si durante el embarazo la madre presentó: hipertensión arterial, hemorragia, obesidad, diabetes, tratamiento con valproato, exposición a polución y productos químicos o infecciones víricas. Las complicaciones en el parto se han asociado al TEA, pero algunos expertos sugieren que son secundarias al propio TEA o a factores familiares.
  • Familiares:
  • Edad materna y paterna avanzada.
  • Estresantes y factores familiares: los traumas en la infancia y el estilo educativo de los padres no son factores de riesgo de TEA.
  • Factores psicosociales:
  • Estatus socioeconómico bajo.
  • Bajo nivel educativo de la madre (influye en la aparición de las primeras palabras).
  • Contaminantes de la polución atmosférica.

Conclusiones

Es importante que un pediatra conozca los factores de riesgo de los trastornos psiquiátricos y los «use» habitualmente.

Los factores de riesgo y de protección pueden ser: biológicos o ambientales (psicosociales); crónicos o agudos; modificables o no modificables; relacionados con el individuo, su ambiente o su comunidad. Un factor de riesgo no afecta igual a un niño que a otro. Un conjunto de factores de riesgo no siempre provoca el mismo resultado. Esto ocurre porque los factores de riesgo interactúan entre sí, y con los factores de protección, de manera muy dinámica, aumentando o disminuyendo el riesgo de presentar un trastorno psiquiátrico. Así, cada niño tiene su propia vulnerabilidad biológica a presentar un determinado trastorno psiquiátrico.

Un factor de riesgo no determina la aparición de un trastorno. Incluso cuando el niño tiene varios factores de riesgo (por ejemplo, madre con depresión, niño con síntomas depresivos subsindrómicos, padre ausente por abuso de heroína), los factores de protección (por ejemplo, apoyo familiar, amigos que supongan «buena influencia», vocación profesional) pueden ayudar al niño a adaptarse a sus circunstancias adversas y a que finalmente él no presente depresión.

El pediatra goza de una posición privilegiada para informar a las familias sobre cómo disminuir los factores de riesgo y aumentar los factores de protección modificables.

El pediatra debe tener muy en cuenta los factores de riesgo genéticos. Actualmente nuestro mejor «test genético» son los antecedentes familiares. Un niño tiene más probabilidad de presentar un trastorno psiquiátrico si uno de los padres lo presenta, sobre todo si en el progenitor es grave y/o comenzó en la infancia. El riesgo es mayor si lo presentan ambos padres, y cuantos más familiares lo presenten.

El pediatra debe controlar que algunos trastornos psiquiátricos con frecuencia se dan «juntos». Por ejemplo, si un niño presenta un trastorno de ansiedad, aumenta el riesgo de que también sufra depresión, sobre todo si es un trastorno de ansiedad generalizada. Si un niño presenta depresión también aumenta el riesgo de ansiedad.

Un pediatra empieza a valorar a un niño desde que nace. Los niños muy pequeños generalmente no han debutado con un trastorno psiquiátrico, pero ya exhiben su temperamento, y sabemos que un bebé/niño pequeño con:

  • Inhibición conductual (excesivamente tímido y retraído ante extraños) y/o con hiperexcitabilidad fisiológica («por todo se sobresalta») tiene más riesgo de ansiedad.
  • Emocionalidad negativa («todo lo ve negro») tiene más riesgo de depresión y ansiedad.
  • Emocionalidad positiva baja («no ve nada positivo») es más probable que presente depresión.

Que un niño presente un trastorno psiquiátrico no es «culpa» de los padres. Ni de la tutora. Ni del barrio donde viven. Generalmente el trastorno aparece por varios factores biológicos. Sí es cierto que algunas circunstancias familiares y ambientales pueden predisponer o facilitar que aparezca, generalmente porque modifican la influencia de los factores genéticos. La familia y la comunidad también pueden mantener o empeorar un trastorno psiquiátrico, fundamentalmente por un manejo inadecuado de los problemas. Por ejemplo, la superprotección parental generalmente empeora la ansiedad, y el rechazo parental aumenta el riesgo de depresión. Generalmente los padres han manejado los problemas de su hijo lo mejor que han podido y/o sabido. El pediatra puede ayudar a la familia a manejar mejor los problemas y/o derivar a los recursos que necesiten.

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MÓDULO 2

Tema 3. Trastorno por déficit de atención e hiperactividad

M.ªI. Hidalgo Vicario, C. Soutullo Esperón

Resumen

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un trastorno generalmente crónico del neurodesarrollo, muy heterogéneo, altamente heredable y que afecta al 5-8% de los niños en edad escolar. Su etiopatogenia es multifactorial, con interrelación de factores neurobiológicos, genéticos y ambientales. El órgano afectado es el cerebro, que presenta alteraciones del volumen en la sustancia gris (espesor cortical y ganglios basales), de los circuitos cerebrales y de la conectividad funcional interregional. La clínica varía según la edad, el sexo, el contexto y el temperamento del paciente, así como con la presencia o no de comorbilidad. Debido a todo esto, el TDAH tiene un gran impacto en todas las áreas del funcionamiento del individuo y en su calidad de vida. Hasta en el 50% de los casos se mantiene en la edad adulta, causando una comorbilidad psiquiátrica significativa, como abuso de sustancias, depresión, ansiedad, disfunción social y familiar, con riesgo de muerte si se deja sin tratar o no se trata a tiempo. Es necesario realizar un diagnóstico precoz que es exclusivamente clínico.


Introducción

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por un patrón concreto de comportamiento y de funcionamiento cognitivo; se inicia en la infancia y puede evolucionar en el tiempo, y es susceptible de provocar graves dificultades en el funcionamiento cognitivo, educacional/laboral y social del individuo, tanto en el presente como en el futuro.

El pediatra de atención primaria es la puerta de entrada del individuo al sistema sanitario, a quien atiende desde el nacimiento y es responsable de su salud integral. Por ello, este profesional debe contar con unos conocimientos básicos sobre TDAH necesarios para atender debidamente a los pacientes con este trastorno; así lo recomienda la Academia Americana de Pediatría en sus guías de práctica clínica de 2000, 2005 y 2011, con un nivel de evidencia B y un fuerte grado de recomendación: «el pediatra debe adquirir la formación específica en el TDAH y, una vez adquirida, debe atender al niño integralmente». En este capítulo se van a abordar los aspectos más importantes del TDAH: su etiopatogenia, sus manifestaciones clínicas, su diagnóstico y su tratamiento, así como su pronóstico.

Desarrollo histórico del concepto de TDAH

La historia del TDAH se remonta a 1798, con una primera descripción de Alexander Crichton. Más tarde, en 1865, en el cuento infantil titulado Felipe el enredador, Hoffman convierte en protagonista a un niño con síntomas de hiperactividad, impulsividad y desobediencia que causa muchos disgustos a sus padres.

En 1902, en un artículo publicado en The Lancet, el pediatra inglés George Still describió a una serie de niños con síntomas de lo que él denominó «déficit del control moral», por su impulsividad y negativismo. En España, el maestro de primaria Vidal Parera, en su Compendio de psiquiatría infantil (1907), dedicó un capítulo a los «Estados morbosos de la atención por defecto», sobre niños con una atención como la de las mariposas, o niños atolondrados; la clínica descrita es muy similar a la recogida en la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5). Unos años más tarde, en 1917, en el libro Los niños mentalmente anormales, el neurólogo y psiquiatra Rodríguez-Lafora hablaba de niños con síntomas de TDAH, y lo atribuía a un «problema cerebral, de probable origen genético».

En 1932, Kramer y Pollnow acuñaron el término «trastorno hipercinético de la infancia», cuyos síntomas aparecían a edades tempranas (a los 3-4 años, con un pico a los 6). Entre 1930 y 1960, el trastorno pasó a llamarse «daño cerebral mínimo» y luego «disfunción cerebral mínima», porque se suponía que había una lesión o disfunción demasiado pequeña como para ser detectada. Paralelamente, desde 1950 se hablaba de «trastorno hipercinético impulsivo», que más tarde pasó a denominarse «síndrome hipercinético». Ya en la década de 1960 se describe el síndrome del niño hiperactivo.

En 1968, el DSM-II hablaba de «reacción hipercinética de la infancia»; en 1980, en el DSM-III, pasó a llamarse «trastorno por déficit de atención con/sin hiperactividad», y en 1987, en la revisión DSM-III-R, se adoptó el nombre actual: «trastorno por déficit de atención e hiperactividad». En el DSM-III-R se distinguían 3 subtipos, el inatento, el hiperactivo-impulsivo y el combinado, que sobrevivieron en el DSM-IV (1994) y en el DSM-IV-TR (2000), pero que desaparecieron en el DSM-5 (2013). En Europa se ha aceptado el planteamiento del DSM-5, y el trastorno hipercinético se entiende como una forma más grave de TDAH.

El estudio MTA (Tratamiento Multimodal del TDAH) demostró que el tratamiento médico supera los resultados del tratamiento psicosocial para los síntomas centrales de TDAH.

Epidemiología

Hay muchos estudios sobre la prevalencia del TDAH en diferentes países, desde hace más de 20 años. Los resultados pueden parecer dispares, debido a las diferencias metodológicas. Los estudios que utilizan cuestionarios de padres o de profesores obtienen cifras más altas que los que emplean cuestionarios de padres y de profesores (los dos alternados). Los más exactos son los que, además de los cuestionarios para padres y profesores, incluyen una entrevista a los padres para confirmar el diagnóstico. Otra fuente de variabilidad depende de la edad de los pacientes, o de si se usan muestras clínicas de atención primaria, especializada, o muestras epidemiológicas no clínicas, que mostrarían la verdadera prevalencia del TDAH en la población general.

En 2 metaanálisis recientes de Polanczyk et al. (2007 y 2015), que incluían numerosos estudios epidemiológicos, se observaron unas cifras de prevalencia de alrededor del 5-7%, algo más altas en niños que en adolescentes y más elevadas en varones que en mujeres (4/1 y 2/1). La disparidad entre los resultados es mayor en los estudios efectuados en África y Latinoamérica, y menor en Europa y Norteamérica. Al comparar los datos que ofrecen los distintos trabajos a lo largo del tiempo, se observa que la prevalencia se ha mantenido estable en las últimas décadas. No es cierto que la prevalencia epidemiológica del TDAH haya aumentado, como muchas veces sostiene la prensa no científica sesgada contra el TDAH. Lo que sí ha aumentado es la «prevalencia administrativa», es decir, el número de casos diagnosticados, debido a que ahora se diagnostican antes los casos, tanto en edades más tempranas como en fases menos graves de la enfermedad.

Definición

El DSM-5 (Asociación Americana de Psiquiatría, 2013) define el TDAH como un trastorno del neurodesarrollo, subrayando su carácter evolutivo y separándolo de los trastornos del comportamiento y de la conducta disruptiva en los que estaba englobado antes (DSM-IV, 1994 y DSM-IV-TR, 2000), junto con el trastorno negativista desafiante y el trastorno de conducta disocial. El TDAH se define como la presencia, desproporcionadamente elevada para lo esperable según el nivel de desarrollo, de síntomas de hiperactividad, impulsividad e inatención, que causan problemas en, al menos, dos entornos vitales de la vida del niño, presentes desde antes de los 12 años de edad y que no se deben a problemas médicos, abuso de sustancias u otros trastornos psiquiátricos.

Hasta el DSM-IV-TR, se definían 3 subtipos de TDAH: el predominantemente inatento (30% de los cuadros, más frecuente en las mujeres), el predominantemente hiperactivo-impulsivo (10-15% de los casos, cuestionado por algunos autores) y el combinado (60-70% de los cuadros). Esta división por subtipos se eliminó porque no eran estables en el tiempo, y los pacientes cambiaban varias veces de subtipo de TDAH a lo largo de los años; en la actualidad (DSM-5) no se habla de subtipo, sino de presentación actual.

Criterios del DSM (tabla 1)

La versión actual del DSM es la quinta, disponible desde 2013 (antes en números romanos, y desde el DSM-5 en números arábigos). Esta versión tiene algunos cambios de variable profundidad respecto a la definición anterior (DSM-IV-TR, 2000). Los cambios más sustanciales han sido los siguientes:

  • La edad de inicio, anterior a la cual se requiere que haya síntomas que causen deterioro, pasa de los 7 a los 12 años. Esto no supone un aumento de la prevalencia, pero sí una mejora en la detección del TDAH en edades más tardías (adolescencia y edad adulta), pues estos pacientes pueden no recordar síntomas de antes de los 7 años, pero sí de antes de los 12 años. Además, este cambio supone una ventaja a la hora de diagnosticar mejor a pacientes con síntomas inatentos, que puede que no hayan tenido grandes problemas escolares, al no molestar en clase, hasta cursos superiores de Educación Primaria o de Educación Secundaria, que es cuando se detectan.
  • Se ha cambiado el umbral diagnóstico y ahora se requieren, al menos, 6 síntomas de inatención o de hiperactividad-impulsividad para niños de entre 0 y 16 años (igual que en el DSM-IV-TR), pero sólo 5 síntomas para adolescentes de 17 años y adultos. Este cambio se debe a que con la edad se van perdiendo síntomas, y si se seguían exigiendo 6 síntomas, muchos adultos no alcanzaban el umbral diagnóstico, pero presentaban deterioro e impacto funcional.
  • Se han suprimido los subtipos como tales, porque no eran estables en el tiempo; sin embargo, se siguen reconociendo las diferentes presentaciones, y ahora lo que antes eran «subtipos» pasan a llamarse «presentación actual inatenta, hiperactiva-impulsiva o combinada».
  • En los criterios de exclusión se elimina el trastorno del espectro autista (en el DSM-IV llamado trastorno generalizado del desarrollo que incluye el autismo), permitiendo el diagnóstico conjunto de TEA y TDAH, que no se podía hacer en el DSM-IV-TR.
  • Otros cambios menores incluyen la descripción de cada síntoma más adecuada al nivel de desarrollo, poniendo ejemplos no sólo de comportamientos de niños sino también de adolescentes y adultos.

Durante el desarrollo del DSM-5 se consideró reducir a 4 el umbral de síntomas requeridos para el diagnóstico en adultos, pero finalmente se optó por reducirlo sólo a 5, para no aumentar el diagnóstico en adultos. También se consideró incluir el subtipo inatento-restrictivo (niños exclusivamente con TDAH inatento sin ningún síntoma de hiperactividad-impulsividad), denominado por otros autores «tempo cognitivo lento», pero finalmente, en parte por falta de datos empíricos, se dejó de lado esta idea.

También se especifica que los pacientes pueden padecer TDAH en grado leve, moderado o severo (según el número de síntomas que experimenta la persona y cuán dificultosa hacen dichos síntomas la vida cotidiana). Asimismo, se reconoce la existencia de trastorno «en remisión», que permitirá la retirada terapéutica.

La Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud, en su décima revisión (CIE-10), de la Organización Mundial de la Salud aún no se ha actualizado, y se espera la CIE-11 para 2018. En la CIE-10 se define el TDAH de modo más estricto, y se llama «trastorno hipercinético», de manera que este trastorno sería una forma más grave de TDAH. Éste exige la presencia de los 3 tipos de síntomas, no reconociendo en principio la presencia del subtipo inatento del DSM-IV-TR.

Etiopatogenia

El TDAH es un trastorno de etiología multifactorial, en el que influyen factores neurobiológicos y múltiples genes junto con factores ambientales. Dentro de las causas ambientales, se han identificado las complicaciones pre/perinatales, como el peso bajo al nacer, la prematuridad y la exposición al tabaco o el alcohol del embrión y el feto durante el embarazo. Otros factores, como la adversidad psicosocial, los diferentes estilos educativos, la interacción familiar o la presencia de psicopatología de los padres, están implicados como variables moduladoras de la evolución del TDAH. Se estima que el 65-75% de las causas del TDAH se deben a la herencia genética, y el 25-35% restante son atribuibles a factores adquiridos.

Bases neurobiológicas

El órgano afectado en el TDAH es el cerebro, que presenta alteraciones en el volumen y el espesor cortical, hipo/hiperfunción de algunas áreas y circuitos, y alteraciones en la conectividad funcional interregional. Las disfunciones neuropsicológicas están producidas por una disregulación de la neurotransmisión, debido a una alteración genética de las proteínas receptoras y transportadoras de dopamina (DA) y noradrenalina (NA) en estas áreas y circuitos cerebrales. Los circuitos cerebrales alterados son los siguientes:

  • Función ejecutiva clásica, o «fría» (atención selectiva, mantenida y dividida; control de interferencias; inhibición motora; integración en espacio y tiempo; planificación; anticipación de consecuencias y memoria de trabajo), localizada en el córtex prefrontal dorsolateral (DLPFC) y las redes frontocerebelosas y frontoparietales.
  • Función ejecutiva «caliente», que regula la motivación, la recompensa y la regulación del humor, y la capacidad de tomar decisiones en función de la recompensa y del tiempo de espera (aversión a la espera), localizada en los circuitos mesolímbico-ventromediales, orbitofrontal-estriatal y límbicos.

Modelos neuropsicológicos y neuroanatomía funcional básica en el TDAH

Evolución del modelo de Russell Barkley de función ejecutiva

El modelo clásico del TDAH desarrollado por Barkley (2006) (figura 1) localiza la función ejecutiva en la corteza prefrontal (principalmente el DLPFC), con conexiones hacia el cíngulo anterior, también implicado en la atención y la regulación del humor, el estriado (formado por los ganglios de la base, globus pallidus y putamen, que juntos forman el núcleo lenticular, y el núcleo caudado) implicado en el control del movimiento (estriado), con especial implicación en la planificación de los movimientos por el globus pallidus, y en la percepción y el control de la ansiedad (caudado) (figura 2).

En el nucleus accumbens reside el sistema de recompensa del cerebro; ante cualquier estímulo placentero, como la comida, el sexo y sustancias de abuso, se produce una elevación de dopamina en el mismo (figura 2). Esta red conforma el sistema atencional anterior, cuyas funciones son: focalizarse en el estímulo importante para la tarea que se está realizando (inhibiendo pensamientos y atención a estímulos distractores), atención dividida en 2 tareas simultáneas, y atención mantenida hasta terminar la tarea (figura 1). Esta parte anterior está gobernada principalmente por la DA.

Además, es necesario el sistema atencional posterior, localizado en la corteza parietal posterior. Éste monitoriza acciones no rutinarias y estímulos entrantes (decidiendo si son importantes para la tarea que se está realizando o para otra tarea posterior, y lo anota mental o físicamente, o si se trata de un estímulo distractor), y además presta atención al espacio (hemisferio derecho) y al tiempo (hemisferio izquierdo). Este sistema, gobernado principalmente por la NA, conecta hacia delante con el sistema atencional anterior por conexiones frontotemporales, y es importante una conexión fluida. Esta conexión anteroposterior se desarrolla con la edad, y es mínima en los niños, intermedia en los adolescentes y completa en los adultos (también es menor en los varones que en las mujeres a cualquier edad).

Finalmente, para que todo el sistema funcione, es necesaria una activación basal, que parte del sistema reticular activador ascendente y manda radiaciones DA desde el área del tegmento ventral en la protuberancia hacia zonas frontales y al cíngulo anterior y otras áreas (figura 1). Si el sistema reticular activador no está funcionando, la persona estaría durmiendo o en coma. Su funcionamiento correcto es condición necesaria pero no suficiente para una correcta atención.

El modelo de Barkley se centra en la inhibición de la respuesta y las funciones ejecutivas (o autocontrol) (figura 3):

  • Inhibición de la respuesta, compuesta por 3 partes: 1) inhibir la respuesta inicial o automática ante un estímulo, creando un retraso en la respuesta (para pensar antes de actuar); 2) interrumpir una respuesta ya iniciada, porque no está siendo eficaz, y 3) proteger la acción para obtener un objetivo frente a interferencias y distracciones.
  • Funciones ejecutivas (o autocontrol). El autocontrol implica pensar en una consecuencia inmediata de nuestros actos, decidir que no es adecuada y cambiar el acto antes de hacerlo para conseguir otra consecuencia mejor. Se sirve de las siguientes funciones:
  • Memoria de trabajo no verbal (ser consciente de uno mismo), que usa la vista y el oído, mediante la imaginación visual y auditiva, tanto retrospectivamente (recordando cosas que han pasado) como prospectivamente (imaginando qué puede pasar). Esto nos ayuda a predecir situaciones y tomar decisiones.
  • Memoria de trabajo verbal (hablarse a uno mismo), que se desarrolla desde la infancia. Este lenguaje interior permite la reflexión, producir autoinstrucciones y autocorrecciones. Los niños con TDAH presentan un 33% de retraso en la internalización del lenguaje.
  • Autorregulación del humor, la motivación, la activación y la intensidad de la emoción (sentimiento hacia uno mismo). Ayudada por las dos anteriores, permite decidir si mantenemos esa respuesta emocional ante una situación en privado o la expresamos al exterior. Los niños con TDAH tienen dificultades para retrasar su primera respuesta emocional, y suelen tener explosiones afectivas ante situaciones frustrantes. También implica la capacidad de automotivarse y mantener un trabajo hasta el final. Esta dificultad para terminar proyectos iniciados está presente con mucha frecuencia en los niños con TDAH.
  • Reconstrucción (autojuego, fluidez, flexibilidad o generabilidad). La cuarta función ejecutiva es la capacidad de reconstruir mentalmente y generar diferentes combinaciones de unidades conductuales previas. Así se crean nuevas acciones de futuro, capacidad fundamental cuando la persona encuentra un obstáculo inesperado para llegar a un fin (un problema). Gracias a esta función se puede superar el problema.

Modelo de Brown: activación-concentración-esfuerzo, emoción-memoria-acción

Brown añadió dos aspectos importantes, la motivación y la regulación de la emoción, mencionados ya por Barkley, pero en los que hace mayor hincapié. El niño con TDAH puede prestar atención a ciertas cosas, como videojuegos, deportes o TV, y parece que es un problema de «voluntad» más que de atención. Esta diferencia se explica porque cuando hay gran motivación o un interés especial, el niño puede «reclutar» su capacidad de atención. El modelo tiene 6 bloques separados que funcionan al unísono y ayudan al individuo a gobernar su vida:

  1. Activación. Es lo que se hace antes de empezar a trabajar. Implica organizar las tareas, el material, estimar el tiempo, priorizarlas y empezar a hacer una de ellas. Los pacientes con TDAH posponen las tareas y lo dejan todo para el final, y les cuesta mucho empezar una cosa. Parece que no consiguen activarse hasta que tienen estrés.
  2. Concentración. Mantener la concentración y cambiar de tarea sin dejar de concentrarse son funciones que están alteradas en los niños con TDAH. Se distraen con facilidad por estímulos externos y sus propios pensamientos, que les hacen con frecuencia «soñar despiertos».
  3. Esfuerzo. Las funciones de mantener el esfuerzo, la alerta y seguir procesando información con velocidad son capacidades que también están alteradas en los niños con TDAH. Pueden acabar proyectos cortos o que requieren poco tiempo, pero tienen grandes dificultades en los que requieren un trabajo mantenido y no pueden completar en poco tiempo.
  4. Emoción. Los criterios DSM-5 no hacen referencia a síntomas emocionales, pero los niños con TDAH suelen tener una gran dificultad para manejar sus frustraciones y modular sus emociones, y demandan una satisfacción inmediata.
  5. Memoria. Las personas con TDAH pueden tener muy buena memoria a largo plazo, pero les resulta difícil recordar algo reciente, como dónde acaban de dejar una cosa o lo que iban a decir. Les cuesta mantener una idea en la cabeza mientras están atendiendo a otras cosas. Además, suelen tener «problemas de acceso a la memoria», y no recuerdan algo rápidamente, cuando lo necesitan, aunque se acuerden después.
  6. Acción. Los niños con TDAH, aunque no presenten hiperactividad, tienen problemas en regular sus acciones. Son impulsivos al hablar, hacer algo o pensar, llegando prematuramente a conclusiones erróneas. Tampoco se automonitorizan, no tienen en cuenta el contexto ni evalúan bien las respuestas de otros. Les cuesta regular el ritmo de sus acciones, no pueden frenar cuando es necesario o acelerar para terminar una cosa a tiempo.

Modelo de trastorno evolutivo del control de la frustración de Greene

Según Greene, hay muchos niños con TDAH que tienen una dificultad evolutiva en el control de su frustración. Son niños inflexibles y explosivos. No son capaces de tolerar situaciones frustrantes ni pueden pensar de forma clara. Cuando encuentran un problema o una situación que no saben resolver, «el sistema se recalienta», se frustran más allá de lo normal y, al no poder responder de manera eficaz, tienen una explosión o tormenta afectiva. Por ejemplo, en los niños de 2 años son frecuentes las rabietas, pero según van creciendo desarrollan poco a poco una mayor capacidad de esperar, de ser flexibles y de resistir a las frustraciones sin tener una rabieta.

Una vez que empieza la explosión, el niño ha pasado al punto de no retorno y no sirve de nada reñirlo o castigarlo. El objetivo de la intervención es evitar que la situación se deteriore más allá del punto de no retorno. Las actuaciones se diferencian en 3 tipos: 1) situaciones importantes y peligrosas, en que se hace lo que dicen los padres aunque el niño tenga una explosión (p. ej., cruzar la carretera el niño solo); 2) situaciones no importantes ni peligrosas, en que se hace lo que quiere el niño, sin entrar en discusiones inútiles, y 3) situaciones intermedias, en que hay que negociar con el niño para llegar a una solución del problema aceptable por ambas partes.

Modelo neuropsicológico integrado de TDAH

Los hallazgos en neuroimagen estructural y funcional han hecho retocar el modelo inicial de Barkley, añadiendo otras funciones neuropsicológicas que están alteradas en el TDAH, y que no residen en la corteza prefrontal. Así, han ganado importancia los ganglios basales y el sistema límbico de regulación emocional, aspectos que ya se recogen en los modelos de Brown y Greene.

Además de la distribución anterior-posterior (figura 1), se propone una distribución superior-inferior o dorsal-ventral. En la parte más superior o dorsal del cerebro estaría el córtex prefrontal, con control top-down, o de arriba a abajo de atención y pensamiento, donde se originarían los síntomas de inatención. En un área intermedia estaría la zona de inhibición de acciones inapropiadas, con conexiones al córtex premotor, los ganglios basales y el cerebelo, donde se originarían los síntomas de impulsividad/hiperactividad y los de trastorno negativista (TND), según el modelo de aversión a la espera de Sonuga-Barke. En la zona más inferior o ventral, en el córtex prefrontal ventral, la zona más orbital del lóbulo frontal, con conexiones hacia la amígdala, estaría la zona de regulación emocional. Allí se originan los síntomas de disregulación emocional, según el modelo de Sergeant. Diferentes zonas de la amígdala controlan la respuesta de parálisis, o freezing, la subida de presión arterial, la liberación de hormonas de estrés y el reflejo de sobresalto (startle). El circuito es el siguiente: sentidos-tálamo-amígdala, un «atajo» rápido y con menos detalle que alerta rápido de un peligro, sin pasar por el córtex; por otro lado, sentidos-tálamo-córtex-amígdala, que es más lento pero manda la información con más detalle y ya de forma consciente (percepción del miedo).

El último cambio en el modelo consiste en englobar la zona de inhibición de respuesta y la de regulación emocional en un núcleo que controla la recompensa (reward) y la inhibición, y añadir otro núcleo importante de procesamiento temporal, que estaría centrado en el cerebelo (figura 4).

Los pacientes con TDAH presentan una menor activación del estriado (principalmente del nucleus accumbens) ante una recompensa, y si tienen que esperar a un premio, activan áreas límbicas como la amígdala (donde reside el sentimiento de miedo) y la ínsula (donde reside el sentimiento de asco). Por tanto, no procesan bien la espera para una recompensa mayor, y tienden a elegir recompensas menores pero inmediatas, según el modelo de Sonuga-Barke.

Finalmente, el modelo de fenotipo extendido de función ejecutiva (Barkley, 2012), además de los 3 circuitos revisados, incluye los siguientes:

  • Circuito frontoestriatal (función ejecutiva fría de Rubia y memoria de trabajo).
  • Circuito frontocerebeloso, que explica la ceguera del tiempo en el TDAH.
  • Circuito frontolímbico de regulación emocional (niño explosivo de Greene y disregulación emocional de Sergeant, o función ejecutiva caliente de Rubia), que procesa la motivación y la recompensa en función del tiempo (aversión a la espera de Sonuga-Barke).
  • Circuito DLPFC-parieto-temporal-cíngulo anterior-límbico, que controla la automonitorización/introspección, cuarto circuito desde el córtex prefrontal dorsolateral.

Genética del TDAH

La evidencia de que el TDAH tiene una etiología genética parte de los siguientes datos:

  • El riesgo de padecer TDAH se multiplica por 12-16 si el hermano gemelo homocigoto tiene TDAH, por 5-8 si lo sufren familiares de primer grado (padres o hermanos, incluidos gemelos heterocigotos) y por 2 si lo tienen familiares de segundo grado (primos, tíos, etc.). El 57% de los pacientes tienen un familiar de primer grado con TDAH.
  • Los estudios de adopción permiten discriminar el efecto del ambiente del de los genes. Los hermanos biológicos de pacientes con TDAH presentan un mayor riesgo de TDAH que los hermanos no biológicos (comparten sólo el ambiente). Los niños adoptados en familias con TDAH no tienen un riesgo mayor de padecer TDAH que los niños controles.
  • El grado de concordancia del TDAH entre gemelos homocigotos (idénticos) es mayor que entre los heterocigotos (no idénticos o mellizos). Una mayor concordancia en gemelos heterocigotos es indicativa de una mayor influencia de los genes que del ambiente. La heredabilidad media del TDAH es del 75%.

Se han asociado múltiples genes implicados en el TDAH, pero sólo 7 se han replicado: 4 se han implicado en la vía dopaminérgica –dopamina β hidroxilasa (DBH), transportador de dopamina (DAT1) y los receptores de dopamina D4 y D5 (DRD4 y DRD5)– y los otros 3 son el receptor de serotonina 1B (HTRB1), el transportador de la serotonina (SCLC6A4/5HTT) y el SNAP25 (proteínas implicadas en la exocitosis de neurotransmisores de vesículas de almacenamiento). El mecanismo genético es complejo, la herencia es poligénica (están implicados varios genes, cada uno de ellos con escasa penetrancia) y los genes interaccionan entre ellos y con el ambiente.

Imagen cerebral en el TDAH

En las últimas décadas se han realizado muchos estudios que demuestran alteraciones consistentes en la estructura y la función del sistema nervioso central (SNC) en pacientes con TDAH desde la niñez hasta la edad adulta. Estas alteraciones podrían estar determinadas por los factores individuales de cada paciente y ser reconducibles con la instauración de un tratamiento adecuado.

Neuroimagen estructural

La principal técnica de imagen para el estudio preciso de la anatomía cerebral es la resonancia magnética (RM). Hay muchos estudios comparativos del grosor y el volumen de la corteza cerebral en pacientes con TDAH frente a los controles sanos, que han encontrado reducciones volumétricas replicadas en diferentes áreas y núcleos del cerebro y el cerebelo. Shaw et al. encontraron un retraso de 2-3 años en el desarrollo del grosor cortical en niños y adolescentes con TDAH, comparados con los controles, en general, pero especialmente en las áreas prefrontales y el cíngulo. También se encontraron retrasos en el desarrollo de la corteza temporal, parietal, occipital, giro angular y supramarginal, área motora suplementaria y cúneo y precúneo. Muchos de ellos correlacionaron el ritmo de desarrollo cortical con la intensidad de síntomas nucleares del trastorno, observándose una mayor alteración en las trayectorias de desarrollo cortical en pacientes e individuos sanos con mayores puntuaciones en síntomas de inatención. Se ha descrito que la edad y el tratamiento con medicación estimulante tendían en muchos casos a la normalización de las trayectorias de desarrollo hasta converger con una maduración cerebral normal. Los metaanálisis de Katya Rubia encontraron un menor volumen en los ganglios basales en los pacientes con TDAH, comparados con los controles sanos, y mejoraban en los estudios en que los pacientes tomaban la medicación (estimulantes) un 75-100% del tiempo, y también con la edad. En un metaanálisis muy reciente, que incluía a 1.713 participantes con TDAH y 1.529 controles, con una mediana de edad de 14 años (rango: 4-63), realizado en 23 centros en todo el mundo, los volúmenes del núcleo accumbens, la amígdala, el caudado, el hipocampo y el putamen, así como el volumen total intracraneal, eran menores en las personas con TDAH que en los controles sanos. Estas diferencias eran mayores en los niños (<12 años) que en los adultos (>21 años) en todas estas zonas, lo que sugiere un retraso en la maduración en estas zonas, que en parte se corrige con la edad.

Los estudios sobre la sustancia blanca mediante el uso de imagen por difusión de tensión (DT) han observado una alteración de la conectividad estructural entre áreas cerebrales. Por otro lado, en los niños con TDAH existen una mayor actividad funcional de la red de activación por defecto (deafult mode network) y una menor capacidad de inhibirla ante un estímulo entrante importante (target). Esta red está activada cuando no se piensa en nada; es la actividad en reposo del cerebro y debe inhibirse para poder atender a un estímulo entrante.

Neuroimagen funcional y de conectividad cerebral

La investigación por neuroimagen en el TDAH también ha comprendido el estudio dinámico de la funcionalidad cerebral y la conectividad en actividad y reposo entre estructuras cerebrales. Las técnicas empleadas han sido la tomografía por emisión de positrones (PET) y la tomografía computarizada de emisión monofotónica (SPECT). También se ha usado la resonancia magnética funcional (RMf), que determina la activación de áreas cerebrales tanto ante la realización de actividades como en reposo. Se ha descrito una hipoactivación en áreas frontales, parietales y estriatales en niños y adultos con TDAH con respecto a controles sanos. Las áreas implicadas están relacionadas con las funciones ejecutivas, del circuito motivacional y de recompensa y cognición temporal, entre otras. Se ha estudiado también la influencia del tratamiento farmacológico, y se ha hallado una normalización de la activación de las áreas frontoestriatales ante tareas de inhibición de interferencias. Recientemente, un estudio pionero de Newcorn ha encontrado una correlación entre una activación mayor del núcleo caudado ante una tarea de inhibición de respuesta como predictor de mejor respuesta a metilfenidato (MTF) pero no a atomoxetina (ATX).

Sistema de activación por defecto en el TDAH

El sistema de activación por defecto (DMN) conecta de delante hacia atrás la corteza prefrontal anteromedial, la corteza cingular anterior, la corteza prefrontal dorsomedial y la corteza medial temporal, y parece responsable de los procesos de cognición autorreferencial (introspección y automonitorización) y de proyección al futuro (predicción de consecuencias y sentimientos derivados de nuestras acciones). El DMN se desarrolla desde la infancia hasta la adolescencia y la vida adulta, aumentando gradualmente las conexiones a distancia. El DMN tiende a una correlación inversa de activación con otras redes de funciones específicas, como las encargadas de las tareas de atención sostenida (target). Así, la activación de estas últimas implica una supresión o inhibición del DMN, y la activación del DMN las suprime (si estamos pensando en «nada», no estamos atendiendo).

En resumen, la evidencia indica que el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo caracterizado por un retraso y un fallo en la maduración de la sustancia gris en la corteza cerebral (sobre todo prefrontal y cingular), y de la sustancia gris en los ganglios basales; las alteraciones en el desarrollo de los tractos nerviosos cerebrales (sustancia blanca), y la alteración en la conectividad funcional de redes neuronales, en particular las frontoparietales y el DMN. Es un trastorno cuyo origen podría remontarse a las primeras fases del desarrollo embrionario y prenatal, y cuya expresión clínica varía y evoluciona durante la infancia, la adolescencia y la edad adulta, en función tanto de las demandas del ambiente como de las adaptaciones que el paciente puede realizar al interaccionar sus dificultades con el ambiente.

Hay una importante convergencia entre los modelos neuropsicológicos, los hallazgos genéticos y los hallazgos de neuroimagen. Existen alteraciones neuropsicológicas sobre la atención, las tareas ejecutivas, la motivación y recompensa y el control de impulsos. Este desarrollo evolutivo de la enfermedad es susceptible de normalización o mejora con el tratamiento farmacológico, pedagógico y conductual, así como con adaptaciones ambientales.

Manifestaciones clínicas del TDAH

Los síntomas clínicos varían desde simples a más complejos, y se manifiestan de forma diferente según la edad, el sexo, el contexto en el cual se desarrolla el paciente, las características propias y la presencia de comorbilidad. Con la edad disminuyen todos los síntomas, sobre todo la hiperactividad y la impulsividad, pero la inatención es la característica que más perdura en el tiempo. Las niñas con TDAH suelen presentar menos hiperactividad/impulsividad y agresividad que los niños. Los síntomas dependen del contexto, ya que disminuyen en situaciones muy organizadas, estructuradas, novedosas e interesantes, y aumentan en situaciones que requieren atención y un esfuerzo mental mantenido y que carecen de novedad y atractivo. Además, los síntomas disminuyen cuando hay una supervisión individual (de los padres o profesores) o se gratifica a los niños con frecuencia por su buen comportamiento, y suelen empeorar en un contexto grupal.

Los síntomas nucleares (inatención, hiperactividad e impulsividad) se recogen en la tabla 1 (DSM-5), y además existen otras dificultades asociadas:

  • Dificultades para relacionarse con sus iguales y con los adultos. Presentan comportamientos desinhibidos, insisten en satisfacer sus necesidades y no piensan sus acciones; por ello, surgen conflictos con el entorno, son impopulares, con amigos poco duraderos, y a veces se aíslan.
  • Problemas en el aprendizaje. Debido a la dificultad para organizarse y la escasa memoria de trabajo, presentan dificultades en el lenguaje, la lectura, la escritura y el cálculo matemático.
  • Rendimiento académico por debajo de su capacidad. Un niño con TDAH con un coeficiente intelectual normal o alto puede sacar notas muy ajustadas, suspender, requerir refuerzo escolar, adaptación curricular, repetir curso e incluso abandonar los estudios.
  • Dificultad para la expresión verbal, por no ordenar sus ideas antes de transmitir el mensaje.
  • Torpeza motora fina (mala caligrafía) y gruesa (niño torpe y malo en los deportes).
  • Escasa tolerancia a la frustración, por lo que puede reaccionar con irritabilidad o labilidad emocional.
  • Mal manejo del tiempo, lo que le lleva a presentar dificultades académicas y de relación social.
  • Tendencia a una autoestima baja, por las repercusiones negativas de sus síntomas en todas las áreas de funcionamiento.
  • Tendencia a involucrarse en conductas de riesgo, por comportamientos impulsivos: consumo de drogas, conducir a gran velocidad (accidentes de tráfico), inicio temprano de la actividad sexual (riesgo de infecciones sexuales, embarazo y paternidad precoz), peleas y violencia.

Evaluación diagnóstica

Según las diferentes guías de práctica clínica (GPC), el diagnóstico del TDAH es exclusivamente clínico. Se basa en una historia clínica detallada que investigue los síntomas clínicos específicos del trastorno. Es necesario obtener evidencias directamente de los diferentes entornos, sobre todo familiar y escolar. No existe ningún marcador psicológico o biológico, prueba o test patognomónico del trastorno. En el algoritmo 1 se expone la evaluación diagnóstica por el pediatra de atención primaria.

Historia clínica

Se indagará sobre los síntomas nucleares, la edad de inicio, la duración, el contexto o los contextos en que presenta los síntomas, la evolución y la repercusión sobre el funcionamiento del niño y su familia. Se deben investigar los antecedentes personales, el embarazo (exposición a drogas, infecciones u otros problemas), el parto y el periodo perinatal y posnatal (prematuridad, sufrimiento fetal, hipoxia, hipoglucemia o malformaciones). Interesa saber cómo ha sido el desarrollo madurativo psicomotor y social, si hubo fertilización in vitro, si el niño fue adoptado y su nacionalidad. Se debe recoger información sobre la posible existencia de enfermedades médicas previas, como infecciones, traumatismo craneoencefálico, problemas neurológicos, trastornos del sueño y posible comorbilidad psiquiátrica. Se valorará el funcionamiento psicosocial del paciente en la familia, en la escuela y con los amigos.

En atención primaria es muy fácil realizar la detección precoz del TDAH en los exámenes periódicos de salud. Para ello se pueden realizar ciertas preguntas, como ¿qué tal le va en el colegio?, ¿va contento?, ¿han detectado problemas de aprendizaje?, ¿cómo es el comportamiento en el colegio, en casa y con los amigos?, ¿tiene problemas para terminar las tareas escolares? Además, dado el fuerte componente genético, se investigarán los antecedentes familiares en los padres sobre enfermedades médicas o psiquiátricas, así como el funcionamiento familiar y la posible presencia de maltrato, trauma o abandono. Es conveniente entrevistar al propio paciente, además de con la familia, de forma individual, valorando los apoyos del entorno y cómo percibe y explica sus síntomas.

Las GPC resaltan las recomendaciones para la evaluación, generalmente entre los 6 y los 12 años; sin embargo, los síntomas clínicos varían su expresión desde la lactancia hasta la adolescencia y la edad adulta:

  • En los niños pequeños, de 1-3 años de edad, el diagnóstico es muy difícil. Suelen ser lactantes irritables con variación temperamental, que tienen problemas para dormir, gases o cólicos; posteriormente, se observa una marcada impulsividad, con una adaptación social limitada, en la interacción de estos niños con la familia y el entorno. No obedecen, no respetan las normas y molestan. Suelen presentar alteraciones del sueño, del lenguaje y del desarrollo motor.
  • En los preescolares, de 3-6 años de edad, puede observarse una menor intensidad y duración en el juego; prefieren los juegos deportivos, desmontar y destrozar juguetes; presentan inmadurez emocional, gran inquietud motora, déficit en el desarrollo, conducta desafiante, problemas de adaptación social, accidentes y dificultades en la coordinación motora, con problemas de aprendizaje (con los colores, números y letras, así como en la comprensión de la figura humana en el dibujo). El diagnóstico sigue siendo difícil, ya que la hiperactividad, la impulsividad y el déficit de atención pueden ser propios de la edad. Es importante valorar si se afectan la socialización, el aprendizaje y la interacción padres-hijos.
  • En la etapa escolar (6-12 años) suele ser cuando aumentan las consultas a los profesionales de la salud. Éste es el grupo de edad para el que se dispone de la mejor evidencia científica, tanto para el diagnóstico como para el tratamiento. Los síntomas nucleares se manifiestan de forma más clara. Los niños son rechazados por sus compañeros y hermanos, y sufren las reprimendas de padres y profesores, por lo que se lesiona su autoestima. Todo ello contribuye a exacerbar la sintomatología.
  • En la adolescencia disminuye la hiperactividad y se mantiene cierto grado de inquietud interna e impaciencia, mientras que la inatención suele ser más notoria. Son frecuentes los problemas académicos, la baja autoestima, el aumento de la comorbilidad, los problemas de comportamiento con la familia y el entorno y un aumento de las conductas de riesgo: consumo de drogas, sexo arriesgado, accidentes, violencia, delincuencia, riesgo de suicidio… En esta época se superponen las manifestaciones propias de la adolescencia (inseguridad, presentismo, predominio de la acción sobre la reflexión, invulnerabilidad, rechazo de las normas adultas…) con las manifestaciones de un posible TDAH y el incremento de la comorbilidad. Además, los pacientes pueden referir menos afectación de los síntomas nucleares (se acostumbran), y la información de padres y profesores es menos fiable (menos tiempo en casa y mayor número de profesores). Por ello, reconocer durante esta etapa el TDAH es más complicado y puede requerir la ayuda de otros profesionales.
  • El 40-60% de los pacientes mantendrá en la edad adulta cierta inestabilidad emocional, un mayor riesgo de problemas familiares y laborales, un menor nivel socioeconómico del previsto por su potencial y diversas patologías psiquiátricas que ocultan el TDAH de base (abuso de drogas, ansiedad, depresión, trastorno bipolar, antisocial o límite de la personalidad).

Exploración física

En ella se incluirán la medición del peso, la talla, la presión arterial, el pulso, la visión y la audición, así como una evaluación de signos dismórficos y anomalías cutáneas, y una exploración neurológica. Se pueden observar signos que orientan a determinados síndromes que cursan con TDAH, como el síndrome de X frágil o el de alcoholismo fetal. También es preciso conocer el estado del paciente antes del posible inicio de un tratamiento farmacológico y valorar posteriormente si aparecen efectos secundarios.

Observación del paciente en diferentes contextos (casa, colegio, actividades de ocio)

Los síntomas pueden no aparecer en una entrevista rutinaria, y pueden ser necesarias varias consultas para una adecuada evaluación. Hay que tener presente que los síntomas varían según el contexto. Es de gran ayuda obtener información de diferentes ámbitos, y también si hay discrepancias entre padres y profesores (diferentes expectativas, estructuras o estrategias de conducta).

Escalas y cuestionarios

El uso de escalas y cuestionarios autoaplicados para padres, profesores y el propio evaluador ayudan, junto con la entrevista, en la evaluación del paciente. Nunca se realizará el diagnóstico exclusivamente mediante la evaluación de cuestionarios. Se dispone de 2 tipos de instrumentos: unos dirigidos específicamente hacia el TDAH (derivados de los criterios del DSM), y otros más amplios e inespecíficos para realizar una evaluación más general del paciente. Entre los primeros, se dispone del cuestionario de evaluación del TDAH de Du Paul (1998) para niños de 5-17 años, que cuenta con una versión para padres y profesores, y fue validado en nuestro país por Servera y Cardo en 2008. El test de Conners y el SNAP-IV están igualmente validados para la población española. Entre los segundos se incluyen el SDQ (Strengths and Difficulties Questionnaire) de Goodman (disponible gratuitamente en: https://www.sdqinfo.org) y el CBCL (Child Behavior Checklist) de Achenbach, que explora las dificultades en diversos ámbitos. Puede ser necesario utilizar cuestionarios específicos de depresión o ansiedad, entre otros.

Evaluación neuropsicológica

No puede usarse para confirmar o descartar el TDAH, sino que se utiliza para apoyar la evaluación clínica, dar información sobre la situación del paciente (capacidad cognitiva, lectura, escritura, atención, planificación, flexibilidad cognitiva…), realizar el diagnóstico diferencial y como apoyo terapéutico. Entre las posibles herramientas, destacan el Continuous Performance Test (CPT), el Stroop Color-Word Interference Test (SCWT), el Test de Copia y Reproducción de una Figura Compleja de Rey-Osterrieth, los dígitos directos e inversos, el Test de Caras, etc. En muchas ocasiones, será preciso realizar una evaluación psicométrica y determinar el coeficiente intelectual con la Escala Wechsler de Inteligencia para Niños (WISC). Actualmente, esta evaluación la realiza el equipo de orientación psicopedagógica escolar, que facilita su disposición para el pediatra. Se puede realizar una exploración cognitiva en la consulta:

  • Pedir al niño que nos relate un evento reciente: cumpleaños, actividad deportiva, libro, película… Así se valora si el lenguaje es fluido, coherente y organizado. Se le puede pedir que siga un orden de 3 pasos (secuencia); que nos repita 4 palabras, las recuerde y las repita de nuevo cuando se le pregunte en 5 o 10 minutos; que lea un texto y lo resuma, cálculo mental… (memoria, atención, concentración).
  • Observar al niño utilizando un lápiz para copiar símbolos y palabras (motricidad viso-perceptiva).
  • Evaluar los cuadernos escolares y las evaluaciones de los profesores.

Pruebas complementarias

Siempre que tras una adecuada historia clínica se demuestre su pertinencia para el diagnóstico, se pueden realizar diversas pruebas: hemograma, metabolismo del hierro, perfil hepático, estudio hormonal tiroideo, electrocardiograma (ECG), polisomnografía, electroencefalograma (EEG), análisis genético o pruebas de neuroimagen (estas 2 últimas se utilizan en investigación científica).

Comorbilidad

Se debe tener presente que la comorbilidad es la norma y no la excepción en el TDAH. El 70% de los pacientes con TDAH presenta, al menos, un trastorno psiquiátrico y el 40% dos, lo que condiciona la complicación del diagnóstico, la evolución del trastorno y una menor respuesta al tratamiento. Los trastornos asociados con más frecuencia, así como las manifestaciones similares o diferentes del TDAH y cuándo derivar al paciente, se recogen en la tabla 2.

Diagnóstico diferencial

Se tendrán en cuenta los procesos médicos, neurológicos, psiquiátricos, y otros recogidos en la tabla 3.

A veces, es difícil realizar el diagnóstico debido a la superposición de síntomas y a que, hasta en el 70% de los casos, el TDAH se asocia a uno de estos trastornos, que requieren un tratamiento simultáneo.

Tratamiento

El tratamiento del TDAH es multimodal, e incluye un abordaje farmacológico y no farmacológico (psicosocial) con diferentes modalidades terapéuticas basadas en la evidencia científica y realizada por diferentes profesionales. En el algoritmo 2 puede observarse la actuación del pediatra de atención primaria. El tratamiento comprende 3 pilares fundamentales: 1) psicoeducación y manejo conductual por parte de los padres; 2) apoyo académico, y 3) tratamiento farmacológico.

Psicoeducación y manejo conductual por parte de los padres

Consiste en que los padres y el propio chico comprendan en qué consiste el TDAH y cuáles son sus síntomas (tanto los nucleares como los secundarios que modulan la gravedad del cuadro) para ayudar en la resolución de éstos, así como evitar la aparición de la comorbilidad asociada. Se les proporcionará una información adecuada, se llevarán a cabo entrenamientos y se aclararán errores. Deberán colaborar con los profesores y los profesionales.

Las intervenciones conductuales que pueden realizar los padres son: refuerzos y castigos, extinción, economía de fichas, contrato de contingencias… Es importante contar con una estructura adecuada (organizar las tareas, rutinas, horarios regulares de comida, sueño, ejercicio-ocio, eliminar las interferencias…). Antes de aplicar las intervenciones se debe valorar la conducta anómala, así como su intensidad, frecuencia y evolución en el tiempo. Tales intervenciones deben aplicarse de forma continuada, coordinando los diferentes entornos y aclarando que es un aprendizaje y no un castigo. Se tendrán en cuenta los factores culturales y psicosociales, la madurez y el temperamento del niño.

El terapeuta también realizará intervenciones conductuales sobre el paciente según las dificultades identificadas: intervención cognitivo-conductual, habilidades sociales, técnicas de resolución de problemas o estrategias de autoayuda.

Apoyo académico

Está dirigido, en gran medida, al entrenamiento neuropsicológico en las funciones del sistema ejecutivo (motivación, organización, planificación, flexibilidad cognitiva, memoria de trabajo, autoevaluación, etc.), así como a los ajustes necesarios durante las clases y las evaluaciones, y al apoyo específico de los trastornos de aprendizaje asociados, todo ello con el fin de mejorar el rendimiento y el comportamiento del paciente.

Los profesores también recibirán información y entrenamiento para las intervenciones conductuales y la aplicación de normas y límites, así como pautas para el apoyo escolar y mejorar la atención, la comprensión…, en colaboración con las familias y los profesionales.

Tratamiento farmacológico

Es la medida más efectiva para la reducción de los síntomas nucleares. En España están aprobados para niños y adolescentes con TDAH los estimulantes metilfenidato (MTF) y lisdexanfetamina (LDX), y los no estimulantes atomoxetina (ATX) y guanfacina (GXR). En la tabla 4 se detallan las características de cada uno.

Estimulantes

Mecanismo de acción y efecto

El MTF inhibe la recaptación de los neurotransmisores en el espacio intersináptico. La LDX, además, favorece la liberación de neurotransmisores en las vesículas presinápticas aumentando la liberación de DA y NA al espacio intersináptico. Esta elevación de la DA disminuye el ruido y mejora la ratio señal/ruido.

Los estimulantes elevan la DA en el estriado, que media efectos motores, y también en el nuccleus accumbens, que media los posibles efectos de recompensa, y en el córtex prefrontal, que media los efectos terapéuticos beneficiosos sobre la atención y la memoria. El 60-75% de los casos de TDAH responde favorablemente al tratamiento con MTF; además de mejorar las características principales (hiperactividad, inatención e impulsividad), mejora la función social y cognitiva y la agresividad. El tamaño del efecto del MTF es de 0,9 a 1.

El MTF se presenta en forma de liberación inmediata (Rubifén® y Medicebrán®), cuyo efecto dura unas 4 horas, por lo que hay que dar 2-3 tomas al día; en cápsulas de liberación modificada en pellets 50:50 (Medikinet®) y 30:70 (Equasym®), cuyo efecto dura unas 8 horas (las cápsulas se pueden abrir y espolvorear en alimentos semisólidos); en forma de liberación prolongada por sistema osmótico OROS®-MTF 22:78 (Concerta® o Rubicrono®), y el genérico Metilfenidato Sandoz® en tabletas; estas formulaciones tienen un efecto que dura unas 12 horas, se deben tragar enteras y conllevan una mejor adherencia y menor estigmatización ya que se pueden tomar en casa. La dosis eficaz en niños suele estar entre 1 y 2 mg/kg/día, pero debe ajustarse de forma individual, subiendo gradualmente cada pocos días.

La LDX es una forma de dextroanfetamina conjugada con el aminoácido lisina, un profármaco. Tras administrarse, se absorbe en la sangre y, por acción de las enzimas en la pared del eritrocito, se separa la dexanfetamina de la lisina, activándose la medicación. LDX ofrece una mejor protección frente a una sobredosis de anfetamina y frente a un uso indebido de la medicación por otras personas. LDX está aprobada para el TDAH en niños a partir de los 6 años, cuando la respuesta al tratamiento previo con MTF se considera clínicamente inadecuada. Está disponible en cápsulas de 30, 50 y 70 mg/día, que se pueden abrir y disolver en agua para niños que no saben tragar cápsulas. Se recomienda empezar con 30 mg/día durante 1 semana, después 50 mg/día durante 1 semana, y posteriormente 70 mg/día valorando la respuesta. En niños pequeños, la dosis eficaz suele ser de 30 mg/día, en niños más mayores de 50 mg/día y en adolescentes de 70 mg/día.

Efectos adversos de los estimulantes

Un 10-15% de los niños presentan efectos adversos. Los más frecuentes son insomnio de conciliación, disminución del apetito, cefaleas y nerviosismo. Suelen ser leves y, generalmente, responden a cambios en la dosis o en el horario de toma. Si la disminución del apetito al mediodía produce una pérdida de peso, se reforzarán las otras comidas y se pueden añadir suplementos energéticos. El efecto rebote (empeoramiento brusco de los síntomas 3-5 h después de la última dosis) se tratará con dosis de liberación inmediata o con formulaciones de liberación prolongada.

  • Posible afectación leve del crecimiento por la disminución del apetito. El TDAH, aunque no esté tratado, puede asociarse a retrasos constitucionales del crecimiento que se normalizan al final de la adolescencia. En el estudio MTA, la afectación del peso y la talla se produjo únicamente en los primeros 3 años de tratamiento, con una repercusión de sólo 2 cm en detrimento de la talla final. El efecto sobre la talla tiende a ser mayor en niños más pequeños (<12 años) en los primeros 2 años de tratamiento, si pierden peso. Generalmente, la talla que se «deja de ganar» en esos años se recupera más adelante. Hay estudios que indican que la talla final es igual o muy similar en los niños no tratados que en los niños tratados y en los controles. Se debe monitorizar el peso y la talla; reforzar la merienda y la cena, que es cuando la medicación afecta menos al apetito; tomar batidos energéticos suplementarios; usar la mínima dosis que sea eficaz y, en los casos donde haya un déficit de crecimiento, estimar la edad ósea y referir a los pacientes a la consulta de endocrinología pediátrica. También es bueno calcular la talla diana familiar, para comprobar si el percentil de talla del niño es adecuado según la talla del padre y la madre biológicos. El tratamiento los fines de semana no mejora el apetito ni la talla, y quizás lo empeora, al no llegar a acostumbrarse nunca el niño a su dosis.
  • El 25-50% de los niños con TDAH presentan problemas de sueño previos al tratamiento. Si el paciente tiene insomnio secundario a la medicación, puede usarse melatonina.
  • La presencia de un trastorno por tics, o síndrome de Tourette, no contraindica el uso de estimulantes, aunque éstos pueden empeorar los tics en algunos pacientes. Los tics son más frecuentes en niños con TDAH que en los controles sanos, y el inicio del TDAH es anterior a los tics, que suelen remitir antes que el TDAH. Si aparecen tics relacionados con el tratamiento, hay que investigar si están realmente relacionados con el estimulante, disminuir su dosis y, si no ceden, interrumpir el tratamiento y valorar cambiar a ATX.
  • Seguridad cardiaca. Ningún estudio publicado ni la práctica clínica o los datos epidemiológicos han mostrado un riesgo superior al de la población general por el uso de estimulantes relacionados con problemas cardiovasculares, incluido el riesgo de muerte súbita. No es necesario realizar un ECG previo al tratamiento. En los niños con cardiopatías o arritmias conocidas se debe realizar una completa historia clínica y consultar al cardiólogo pediátrico.
  • Síntomas psicóticos. Excepcionalmente, y si hay predisposición genética, 1 de cada 1.000 pacientes en tratamiento con MTF pueden presentarlos (aumentan la actividad dopaminérgica cerebral).
  • Los estimulantes no aumentan el riesgo de abuso de sustancias, pero un paciente puede utilizarlos en dosis superiores a las prescritas para obtener un efecto euforizante. Se debe valorar el riesgo de abuso por parte del paciente o su familia antes de prescribirlos, y usar formas de liberación prolongada, que tienen un menor riesgo, al no poder triturarse ni tomarse por vía intravenosa o intranasal.

No estimulantes

La falta de respuesta o los efectos adversos de los estimulantes (en un 10-30% de los pacientes con TDAH), así como el potencial de abuso y el estigma de tomar una medicación controlada, son razones para considerar otras alternativas a estos fármacos.

Mecanismo de acción y eficacia de los no estimulantes

La ATX inhibe muy selectivamente el transportador presináptico de NA, y así inhibe la recaptación de NA. Eleva los niveles de NA y DA en el córtex prefrontal, por lo que tiene un efecto beneficioso sobre el TDAH, pero no afecta a los niveles de NA y DA en el nucleus accumbens (zona del cerebro que media la respuesta a sustancias de abuso) ni en el estriado (zona implicada en el control de movimientos y en los tics). Se ha demostrado la eficacia de la ATX en niños a partir de 6 años, adolescentes y adultos con TDAH. La dosis eficaz es de 1,2-1,8 mg/kg/día. Se recomienda empezar con 0,5 mg/kg/día y, tras 1-2 semanas, según tolerabilidad, subir a 1,2 mg/kg/día. Se administra 1 vez al día, por la mañana, pero si se tolera mal, puede darse por la noche, o en dosis divididas, mañana y noche, aunque puede ser algo menos eficaz sólo por la noche. Las comidas ricas en grasas mejoran la tolerabilidad. Las ventajas de la ATX son su acción homogénea y suave sin altibajos y sin sensación de «subida» durante el día, la posibilidad de administrarse en una sola toma, su ausencia de potencial de abuso, de efecto negativo sobre el sueño y producción de tics, además de un efecto beneficioso en los pacientes con comorbilidad con trastorno negativista desafiante y su perfil de tolerabilidad y seguridad. Entre las desventajas, cabría citar que puede tardar hasta 12 semanas en llegar a su efecto beneficioso máximo, y el porcentaje de pacientes que responden es algo menor que el del MTF, 0,7-0,8.

La GXR de acción prolongada es un agonista selectivo de los receptores adrenérgicos postsinápticos alfa-2A, favoreciendo la transmisión de NA (aumenta la señal y mejora la ratio señal/ruido). En el cerebro se une selectivamente a esos receptores y así fomenta la función cognitiva, refuerza los impulsos sinápticos y favorece la conectividad de las redes celulares prefrontales. Está indicada entre los 6 y los 17 años de edad en niños con comorbilidad cuando los estimulantes no son adecuados, no se toleran o son ineficaces. El tamaño de su efecto es de 0,8. Se administra 1 vez al día, por la mañana o por la noche, y tiene una duración de efecto de 24 horas. La dosis habitual es de 1-4 mg/día y aumenta su efecto con la comida grasa. No se debe masticar o triturar la cápsula, ya que ello aumenta su velocidad de liberación. Se produce una mejora significativa de su efecto en la tercera semana.

Efectos adversos de los no estimulantes

La ATX generalmente se tolera bien. Los efectos secundarios suelen ser leves, se presentan al principio del tratamiento y suelen mejorar a los pocos días/semanas. Inicialmente se asocia a una pérdida de peso leve, dolor abdominal, insomnio, irritabilidad, náuseas, vómitos, somnolencia diurna, tos y fatiga. No empeora los tics. Se ha descrito 1 caso (entre más de 4 millones de pacientes tratados) de elevación de las enzimas hepáticas, que se normalizaron al retirar el tratamiento (hepatitis tóxica). Puede producir una ligera elevación de la presión arterial diastólica. No alarga el intervalo QTc del ECG, aun en las dosis más altas, por lo que no es necesario realizar ECG de forma sistemática. Está contraindicada y no debe administrarse conjuntamente con los inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO); si se ha usado un IMAO, deben esperarse 2 semanas antes de empezar a tomar ATX, y viceversa. Se ha detectado que el 0,44% de los niños tratados con ATX tenían ideas suicidas, aunque no se ha descrito ningún caso de suicidio y la frecuencia es inferior a lo esperable en la población general (del 11-30%); en cualquier caso, este síntoma debe tenerse en cuenta.

La GXR puede producir hipotensión, bradicardia, síncope, sedación y somnolencia, que suelen ceder en la tercera semana, y también cefalea, fatiga y dolor abdominal. Asimismo, puede provocar un aumento de peso. No se debe utilizar con depresores del SNC (alcohol, barbitúricos, sedantes, hipnóticos…), pues favorece la sedación y la somnolencia, ni tampoco con inhibidores del citocromo CYP3A4/5 (ketoconazol, eritromicina) o inductores del mismo (rifampicina, barbitúricos). Su retirada debe realizarse paulatinamente para minimizar los efectos adversos (hipertensión). Su uso estará supervisado por un especialista.

Otras medicaciones

Otros fármacos, como el bupropión y los antidepresivos tricíclicos, tienen un nivel de evidencia sobre su eficacia y seguridad mucho menor y no han conseguido aprobación para tratar el TDAH. Los antipsicóticos y los antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) no son eficaces para los síntomas del TDAH.

En resumen, el tratamiento farmacológico es un pilar central del tratamiento del TDAH en la mayoría de los niños, excepto en casos leves. En el tratamiento farmacológico del TDAH la evidencia de eficacia apoya el uso, en primer lugar, de estimulantes (LDX o MTF, por este orden), y luego de no estimulantes (GXR o ATX, por este orden). La exigencia burocrática de visados para LDX y GXR conlleva que el orden de eficacia no sea el mismo que se usa en España, donde se exige fallo del tratamiento con MTF para poder probar LDX. Este requisito tenderá a desaparecer con el tiempo, como pasó con el visado de ATX, que fue obligatorio unos años nada más ser aprobada.

Generalmente, el tratamiento del TDAH se inicia con un estimulante; en España suele ser MTF, aunque la evidencia de eficacia apoyaría más la LDX, pero también puede que se tolere algo peor y su precio es más alto. Las formas de MTF de liberación prolongada, acción media y larga, aunque con un coste económico mayor, ofrecen ventajas sobre las formas de acción corta: mayor adherencia, efecto más suave, gradual y estable a lo largo del día, menor estigmatización y menor riesgo de uso inadecuado o abuso de la medicación. Los efectos adversos de las medicaciones generalmente son leves y transitorios, y aparecen al inicio y en los aumentos de dosis del tratamiento. Deben monitorizarse el peso, la talla, la presión arterial y la frecuencia cardiaca. Se debe evaluar periódicamente la necesidad de continuar el tratamiento tras un periodo largo de remisión completa de los síntomas. No debe suspenderse el tratamiento los fines de semana o en vacaciones, porque puede aumentar el riesgo de accidentes, impulsividad sexual (embarazos, enfermedades de transmisión sexual), irritabilidad, falta de eficacia y peor tolerabilidad al reiniciarlo. Aunque generalmente se usan primero los estimulantes (por su mayor tamaño de efecto y su inicio de acción más rápido), también pueden iniciarse primero los no estimulantes, según las características del paciente.

Los factores que influyen en la elección del fármaco son los siguientes: comorbilidad, potenciales efectos adversos (bajo apetito, insomnio, tics y potencial de abuso de la medicación), preferencia de los padres y del paciente, necesidad de acción a lo largo del día o en momentos concretos, necesidad de inicio rápido de acción, precio y necesidad de visado de la medicación.

Si con MTF (o LDX) no se obtiene una buena respuesta, el siguiente paso es cambiar de estimulante (usar LDX en los pacientes que no responden a MTF, y viceversa). En el caso de que la medicación estimulante se tolere mal, se puede cambiar a otro estimulante (LDX en los pacientes que no toleran MTF, y viceversa), o pasar a un no estimulante (ATX o GXR). La evidencia de eficacia es algo superior con GXR, y la tolerabilidad algo mejor con ATX.

El pediatra de atención primaria tiene un papel fundamental en la atención al niño y adolescente con TDAH. Debe conocer el trastorno para poder realizar una detección precoz e iniciar el tratamiento multimodal del TDAH sin comorbilidad y/o derivar al paciente al especialista (neuropediatra/psiquiatra de niños y adolescentes), según la comorbilidad presente o si el proceso no evoluciona bien (algoritmos 1 y 2). También actuará de coordinador del tratamiento con otros profesionales y realizará el seguimiento apoyando al paciente, la familia y la escuela.

Evolución y pronóstico

En un estudio longitudinal realizado en 2013, basado en el seguimiento de 5.718 niños, de los cuales 367 tenían diagnóstico de TDAH, se observaron los siguientes aspectos:

  • Un 29% de los niños con TDAH mantenían este trastorno en la edad adulta. El 81% presentaba, al menos, un trastorno psiquiátrico.
  • Entre los trastornos psiquiátricos encontrados en la edad adulta, destacaban el abuso y/o dependencia de sustancias, el trastorno de personalidad antisocial, los episodios hipomaniacos, la ansiedad generalizada y la depresión mayor.
  • La mortalidad era mayor en el grupo de TDAH (el 1,9 frente al 0,74% en el grupo control), así como las tasas de fallecimiento por suicidio.

El pronóstico de estos pacientes es mejor cuando predomina la inatención, más que la hiperactividad-impulsividad, si no se desarrolla una conducta negativista o antisocial, en ausencia de psicopatología familiar, tras la instauración de un diagnóstico y un tratamiento precoces, y si las relaciones con los familiares y el entorno son adecuadas.

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MÓDULO 11

Tema 22. Derechos de los menores en el ámbito del tratamiento psiquiátrico

F. de Montalvo Jääskeläinen

Resumen

La regulación de la capacidad de obrar del menor en relación con el tratamiento médico se ha mostrado siempre como un ámbito ética y legalmente muy complejo. Sin embargo, a partir de 2002 contamos ya en nuestro sistema legal con una regulación completa de dicho régimen, que se ha visto mejorada en la reciente reforma de 2015. Se mantienen algunas cuestiones dudosas y sigue sin regularse el derecho a la confidencialidad del menor en relación con sus datos clínicos respecto al acceso por parte de sus padres.


¿Por qué cambia la relación médico-paciente, pasándose del paternalismo a la prevalencia de la autonomía?

Para entender cuál es la posición actual que ocupa el menor en relación con un ámbito tan sensible como la decisión acerca de los tratamientos médicos, hay que analizar previamente cómo ha evolucionado en las últimas décadas la relación médico-paciente.

La capacidad de decidir de los pacientes respecto al tratamiento médico ha supuesto un cambio sustancial en la relación médico-paciente. Dicho cambio determina que se haya pasado de una relación tradicionalmente basada en el paternalismo médico (todo para el paciente pero sin el paciente) a una relación basada casi absolutamente en la autonomía del paciente. Este cambio no responde a un hecho concreto, sino a una sucesión de hechos con diferentes consecuencias.

Los hechos que han motivado especialmente dicho cambio son los siguientes:

Excesos de la investigación médica con seres humanos

Tales excesos no sólo se producen en la etapa del régimen nacionalsocialista, sino también posteriormente, sobre todo en las décadas de 1950 y 1960, y determinaron que por parte de la propia sociedad científica se proclamara la autonomía del paciente como salvaguarda frente a tales abusos por los que se había investigado en sujetos que ni habían prestado su autorización ni, en muchos casos, tenían capacidad para ello (experimentos con menores en orfanatos, deficientes mentales, vagabundos, personas de color…).

El horror que trascendió temporalmente, como decimos, a la experiencia nacionalsocialista tuvo como reacción en la ética y el derecho la proclamación del principio de autonomía de voluntad del paciente y la aparición de la figura que vendrá a garantizar dicha autonomía: el consentimiento informado. A partir de ese momento se tuvo la convicción de que ninguna investigación podía ya llevarse a cabo en un sujeto sin haber recabado de él, previa información completa, su autorización expresa y por escrito. El consentimiento informado aparece, pues, inicialmente, no en la relación médico-paciente sino en la relación investigador-sujeto.

Más adelante, como consecuencia del segundo hecho que vamos a exponer de inmediato, se extiende aquella relación.

Judicialización de la medicina y su consecuencia inmediata, la denominada medicina defensiva

El consentimiento informado constituye una respuesta al fenómeno emergente de los procesos judiciales contra los médicos por errores en la asistencia a los pacientes. No nace como mero instrumento de garantía de los derechos de los pacientes, sino también como garantía del médico para el ejercicio de su profesión con menos riesgos legales. Es una respuesta más a la judicialización que empieza a imperar en todas las sociedades del primer mundo a finales del siglo XX.

Una mirada retrospectiva a la génesis del consentimiento informado nos lleva a plantearnos si su origen ha sido realmente el privilegio del enfermo frente a la decisión sobre el acto médico o, por el contrario, fruto del interés de la comunidad médica de tener a su favor un instrumento de ayuda ante reclamaciones por mala praxis. Así, surge como instrumento de legitimación de las prácticas médicas, para defender a los profesionales de la medicina de un creciente número de reclamaciones.

A medida que las reclamaciones por responsabilidad médica aumentan, los médicos comienzan a reclamar procedimientos jurídicos que aseguren sus actuaciones. La relación entre el consentimiento informado y la responsabilidad médica es evidente. El consentimiento informado sirve, prioritariamente, para desestimar las demandas por responsabilidad civil profesional presentadas contra los médicos y hospitales.

Una vez proclamado el consentimiento informado al amparo, en primer lugar, de los procesos judiciales contra médicos, y después a través de normas aprobadas por el Parlamento, ha ido extendiéndose a todas las esferas de la relación médico-paciente y, entre éstas, recientemente, a la relación médico-menor. Incluso dentro de esta relación se ha creado el concepto de «menor maduro» en el ámbito sanitario, que, como recuerda algún autor, es también fruto de la medicina defensiva. El término «menor maduro» aparece en Estados Unidos durante la década de 1970 como reacción a las demandas de los padres frente a los médicos que atendían a sus hijos sin su consentimiento.

En todo caso, los singulares motivos que han propiciado el cambio de una relación basada en el paternalismo médico a una relación basada en la autonomía del paciente no impiden afirmar que la posición que ocupa el paciente en la actualidad supone reconocer que éste goza de una mayor capacidad de decisión sobre algo que principalmente le atañe a él, como es decidir sobre su salud.

¿Cuándo comienza a cobrar protagonismo el menor en la relación médico-paciente?

La primera regulación de los derechos de los pacientes con carácter general es la recogida en el artículo 10 de la Ley General de Sanidad de 1986 (Ley 14/1986). En su apartado 6 se dispone que los pacientes tienen derecho «a la libre elección entre las opciones que les presente el responsable médico de su caso, siendo preciso el previo consentimiento escrito del usuario para la realización de cualquier intervención». En el apartado 9 se reconoce el derecho «a negarse al tratamiento».

Sin embargo, dicho artículo 10 nada dispone respecto de los menores en el ámbito sanitario. La única previsión contenida en dicho artículo que pudiera resultar de aplicación a la posición jurídica del menor aparecía en su apartado 6, al establecer que «cuando no esté capacitado para tomar decisiones, en cuyo caso el derecho corresponderá a sus familiares o personas a él allegadas». Es decir, la posición del menor quedaría enmarcada dentro de las excepciones al principio general de libre elección del tratamiento y sometida al consentimiento por representación o, lo que es lo mismo, consentimiento y, por tanto, autorización del tratamiento por parte de los representantes del menor, habitualmente sus padres.

La primera norma que curiosamente recoge una previsión específica sobre la posición del menor en el ámbito sanitario será una norma sobre investigación clínica. Así, el Real Decreto 561/1993, de 16 de abril, por el que se establecen los requisitos para la realización de ensayos clínicos con medicamentos, recoge por primera vez el estatus jurídico del menor en el ámbito sanitario. Dicho Real Decreto, ya derogado por el posterior Real Decreto 223/2004, sobre la misma materia de ensayos clínicos, dispone a este respecto en su artículo 12.5 que «en los casos de sujetos menores de edad e incapaces, el consentimiento lo otorgará siempre por escrito su representante legal, tras haber recibido y comprendido la información mencionada. Cuando las condiciones del sujeto lo permitan y, en todo caso, cuando el menor tenga 12 o más años, deberá prestar además su consentimiento para participar en el ensayo, después de haberle dado toda la información pertinente adaptada a su nivel de entendimiento».

Así pues, dicha norma recoge por primera vez un derecho del menor en el ámbito sanitario: el derecho del menor de 12 o más años a ser informado acerca del ensayo clínico y a prestar su consentimiento conjuntamente con sus representantes legales. Se consagra, por tanto, el derecho del menor a ser escuchado.

También debemos citar como precedente, aunque carezca de verdadero valor normativo, el Acuerdo del Consejo Interterritorial sobre Consentimiento Informado, adoptado en su sesión plenaria del 6 de noviembre de 1995. En el apartado 3.4 (último párrafo) de dicho documento se dispone que «el consentimiento informado debe ser firmado por los menores cuando, a juicio facultativo, reúnan las condiciones de madurez suficientes para otorgarlo, de conformidad con lo previsto en el artículo 162.1 del Código Civil».

El Código de Ética y Deontología Médica, aprobado por la Organización Médica Colegial en 1999 (ya sustituido por el actual Código de 2011), contenía algunas previsiones acerca del menor. Así, en su artículo 10.6 disponía que «la opinión del menor será tomada en consideración como un factor que será tanto más determinante en función de su edad y de su grado de madurez», añadiendo en el artículo 10.5 que «si el enfermo no estuviera en condiciones de dar su consentimiento por ser menor de edad [] y resultase imposible obtenerlo de su familia o representante legal, el médico deberá prestar los cuidados que le dicte su conciencia profesional».

Por último, debemos mencionar el Convenio sobre Derechos Humanos y Biomedicina, aprobado por el Comité de Ministros del Consejo de Europa en 1996, más conocido como Convenio de Oviedo, el cual recoge una previsión acerca del menor. El artículo 6.2 dispone que «cuando, según la ley, un menor no tenga capacidad para expresar su consentimiento para una intervención, ésta sólo podrá efectuarse con autorización de su representante, de una autoridad o institución designada por la ley». Sin embargo, a continuación añade lo siguiente: «La opinión del menor será tomada en consideración como un factor que será tanto más determinante en función de su edad y su grado de madurez».

En definitiva, a partir de la década de 1990 se produce ya una tímida regulación en nuestro ordenamiento jurídico de los derechos del menor en el ámbito sanitario, proclamándose, aunque de manera restringida inicialmente al ámbito de la investigación clínica, el derecho del menor de 12 o más años a ser escuchado y a completar el consentimiento informado que han de prestar sus representantes legales. Y, a partir de la incorporación mediante su ratificación del Convenio de Oviedo al ordenamiento interno, había que entender que el menor debiera ya de tener un estatus específico en el ámbito de las decisiones sanitarias.

¿Cuándo surge la figura del menor maduro en relación con las decisiones sobre el tratamiento médico?

No será hasta la actual Ley 41/2002, Reguladora de la Autonomía del Paciente, cuando encontremos una regulación completa de la posición y capacidad del menor en relación con la autorización o rechazo del tratamiento médico. La Ley aborda por primera vez los problemas que presenta la autonomía de voluntad del paciente menor de edad, señalando en el artículo 9 lo siguiente: «Cuando el paciente menor de edad no sea capaz intelectual ni emocionalmente de comprender el alcance de la intervención. En este caso el consentimiento lo dará el representante legal del menor después de haber escuchado su opinión si tiene 12 años cumplidos. Cuando se trate de menores no incapaces ni incapacitados, pero emancipados o con 16 años cumplidos, no cabe prestar el consentimiento por representación».

En 2015, la Ley 41/2002 fue reformada en aras de aclarar el régimen legal de la capacidad del menor en relación con el tratamiento médico. La nueva redacción del artículo 9.3 es la siguiente:

«3. Se otorgará el consentimiento por representación en los siguientes supuestos: a) Cuando el paciente no sea capaz de tomar decisiones, a criterio del médico responsable de la asistencia, o su estado físico o psíquico no le permita hacerse cargo de su situación. Si el paciente carece de representante legal, el consentimiento lo prestarán las personas vinculadas a él por razones familiares o de hecho. b) Cuando el paciente tenga la capacidad modificada judicialmente y así conste en la sentencia. c) Cuando el paciente menor de edad no sea capaz intelectual ni emocionalmente de comprender el alcance de la intervención. En este caso, el consentimiento lo dará el representante legal del menor, después de haber escuchado su opinión, conforme a lo dispuesto en el artículo 9 de la Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero, de Protección Jurídica del Menor.

4. Cuando se trate de menores emancipados o mayores de 16 años que no se encuentren en los supuestos b) y c) del apartado anterior, no cabe prestar el consentimiento por representación.

No obstante lo dispuesto en el párrafo anterior, cuando se trate de una actuación de grave riesgo para la vida o salud del menor, según el criterio del facultativo, el consentimiento lo prestará el representante legal del menor, una vez oída y tenida en cuenta la opinión del mismo.»

Por su lado, el artículo 9 de la Ley Orgánica 1/1996, al que se remite el mencionado artículo 9.3 en relación con el derecho a ser escuchado, dispone, literalmente, que: «1. El menor tiene derecho a ser oído y escuchado sin discriminación alguna por edad, discapacidad o cualquier otra circunstancia, tanto en el ámbito familiar como en cualquier procedimiento administrativo, judicial o de mediación en que esté afectado y que conduzca a una decisión que incida en su esfera personal, familiar o social, teniéndose debidamente en cuenta sus opiniones, en función de su edad y madurez. Para ello, el menor deberá recibir la información que le permita el ejercicio de este derecho en un lenguaje comprensible, en formatos accesibles y adaptados a sus circunstancias [] 2. Se garantizará que el menor, cuando tenga suficiente madurez, pueda ejercitar este derecho por sí mismo o a través de la persona que designe para que le represente. La madurez habrá de valorarse por personal especializado, teniendo en cuenta tanto el desarrollo evolutivo del menor como su capacidad para comprender y evaluar el asunto concreto a tratar en cada caso. Se considera, en todo caso, que tiene suficiente madurez cuando tenga 12 años cumplidos».

Así pues, aunque el vigente artículo 9.3 suprime la referencia a una edad concreta, la remisión al artículo 9 de la Ley Orgánica 1/1996 mantiene como regla general la edad de 12 o más años.

Por tanto, el menor dispondrá de dos derechos en relación con el tratamiento médico: el derecho a ser escuchado, que a partir de la reforma de 2015 puede ser ejercido cuando tenga madurez suficiente y, en todo caso, a partir de los 12 años de edad, y el derecho a decidir acerca del tratamiento médico a partir de los 16 años de edad.

¿Qué supone el derecho del menor de 12 o más años a ser escuchado?

En los términos en que se expresa la Ley, el menor, a partir de los 12 años de edad, debe ser escuchado antes de decidir el tratamiento médico, es decir, quienes deciden son sus padres o tutores, pero él mismo debe poder manifestar su opinión. En todo caso, la capacidad de decisión de los representantes legales o tutores del menor de 12 o más años se encuentra limitada, ya que únicamente podrán decidir en beneficio o interés de su representado. El denominado consentimiento por representación o, en los términos empleados por algunas normas autonómicas, por sustitución, posee una eficacia limitada. El artículo 9.6 de la Ley de Autonomía del Paciente dispone que «En los casos en los que el consentimiento haya de otorgarlo el representante legal o las personas vinculadas por razones familiares o de hecho en cualquiera de los supuestos descritos en los apartados 3 a 5, la decisión deberá adoptarse atendiendo siempre al mayor beneficio para la vida o salud del paciente. Las decisiones contrarias a dichos intereses deberán ponerse en conocimiento de la autoridad judicial, directamente o a través del Ministerio Fiscal, para que adopte la resolución correspondiente, salvo que, por razones de urgencia, no fuera posible recabar la autorización judicial, en cuyo caso los profesionales sanitarios adoptarán las medidas necesarias en salvaguarda de la vida o salud del paciente, amparados por las causas de justificación de cumplimiento de un deber y de estado de necesidad».

Sin embargo, tampoco podemos pensar que los representantes carezcan de todo derecho respecto a su posición sobre el menor, sobre todo cuando se trata de los progenitores. No debemos olvidar que la patria potestad, que opera en beneficio del menor, no se configura como una institución de la que emanan solamente deberes para los progenitores, sino también determinados derechos con un fundamento metajurídico que les permite proyectar en sus hijos sus propios valores, creencias y culturas.

Así, atendiendo a la dimensión que tiene la institución de la patria potestad como fuente no sólo de deberes para los progenitores, sino también como fuente de derechos, debemos tener en cuenta que la condición de progenitor del representante determina que la solución ha de ser necesariamente diferente que en aquellos otros casos en que el representante no posee la condición de progenitor (véanse las figuras de la guarda y del acogimiento familiar). Los propios principios clásicos de la bioética nos ofrecen una solución que encaja plenamente con lo que dispone el artículo 9.6.

A este respecto, el profesor Gracia Guillén propone una máxima que, haciéndose eco de dos principios de los cuatro que nos ofrece la bioética para afrontar la resolución de los casos, los de beneficencia y no maleficencia, puede ayudarnos en tan difícil y muchas veces dolorosa labor. Así, se ha apuntado con acierto que la familia y, por tanto, los padres del menor, constituye una institución de beneficencia, mientras que el Estado, en el ejercicio de sus potestades de salvaguarda del mejor interés del menor, actuaría como una institución de no maleficencia. Ello se traduce, en términos sencillos, en que nadie mejor que los padres puede determinar cuál es el mejor interés del menor (recuérdese que en algunas ocasiones la voluntad de ambos progenitores no es coincidente, lo que dificulta el conflicto). Sin embargo, tal regla encuentra un límite: primero no causar daño. De este modo, cuando la decisión de los padres es claramente maleficente, ya sea por acción o por omisión, el Estado debe suplir la resolución del conflicto, adoptando la solución que prime el mejor interés. ¿Qué ocurre, sin embargo, cuando, como suele pasar en muchos casos, nos movemos en la esfera de los «grises», cuando la decisión no resulta tan clara? En tales casos, el Estado no puede suplir las facultades que tienen los padres, por lo que la función de aquél es exclusivamente la de vigilar que éstos no traspasen sus límites y, so pretexto de promover la beneficencia de sus hijos, tomen decisiones que infrinjan el principio de no maleficencia.

Como dispone el artículo 9.6, en los supuestos de discrepancia entre el menor de 12 o más años y sus padres se exige al médico acudir a la autoridad judicial, salvo que, por razones de urgencia, no fuera posible recabar la autorización judicial, en cuyo caso los profesionales sanitarios adoptarán las medidas necesarias en salvaguarda de la vida o salud del paciente, amparados por las causas de justificación de cumplimiento de un deber y de estado de necesidad.

¿Crea la Ley una nueva mayoría de edad sanitaria a los 16 años?

Como hemos visto, según dispone también el mismo artículo 9, el menor de 16 o más años será el titular, y no sus representantes legales o tutores, del derecho a decidir el tratamiento médico. El menor de 16 años es el titular del derecho a autorizar o rechazar el tratamiento médico. Sin embargo, esta regla general queda bastante matizada, ya que el mismo artículo 9 recoge diferentes excepciones, de manera que podemos afirmar que se trata de una mayoría de edad sanitaria muy relativa o, dicho de otro modo, la mayoría de edad sanitaria se define respecto a los menores de 18 años de manera negativa, no estableciendo qué derechos les corresponden al amparo del reconocimiento de la mayoría de edad sanitaria, sino, negativamente, recogiendo los límites a dicho principio general.

Las cuatro excepciones que completan el régimen de capacidad de obrar del menor maduro se fundamentan en el riesgo o trascendencia que la intervención supone para la vida o integridad física, atendiendo a un doble criterio: por un lado cualitativo (gravedad y riesgo del acto médico) y, por otro, meramente sectorial; es decir, ámbitos concretos de la actuación médica en los que se presume el citado riesgo, fuera de los cuales no resultarían de aplicación (figura 1).

 

El artículo 9.3 c), tras proclamar que el menor de 16 o más años es el titular del derecho a autorizar o rechazar el tratamiento, señala en el apartado 4 que cuando se trate de una actuación de grave riesgo para la vida o salud del menor, según el criterio del facultativo, el consentimiento lo prestará el representante legal del menor, una vez oída y tenida en cuenta la opinión de éste.

Dicha excepción parece provocar que la capacidad de obrar del menor de 16 o más años cese en los casos de grave riesgo, en los que habrá de actuar de conformidad con el principio de beneficencia, aunque siempre escuchando la voluntad del menor y sus padres. Ésta, además, es la solución que explícitamente recoge una de las normas autonómicas que regula el problema (véanse la Ley 1/1998, de 20 de abril, de los derechos y la atención al menor de Andalucía, artículo 10, y también la Sentencia del Tribunal Superior de Justicia [Sala de lo contencioso-administrativo] de Cataluña de 7-IV-2010 [núm. 330/2010], en la que resuelve el conflicto planteado en relación con dos artículos, 33 y 59, del Código Deontológico del Consejo de Colegios de Médicos de Cataluña, en virtud de los cuales se venía a establecer, en resumen, que en el caso de que el médico apreciara en el menor suficiente madurez, habrá de primar la voluntad de éste frente a la de sus padres).

¿Es correcto adoptar un criterio esencialmente objetivo en la graduación de la capacidad del menor?

La determinación de la mayor o menor capacidad de obrar se ha venido estableciendo sobre la base de dos criterios diferentes. Por un lado, el criterio objetivo, en virtud del cual la capacidad de obrar del menor vendrá determinada por haber alcanzado o no cierta edad (12, 16 años). Se trata de un criterio de determinación puramente objetiva, ya que sólo atiende a la edad del sujeto, pero no a su capacidad o madurez real.

Por otro lado, podría manejarse un criterio subjetivo, en virtud del cual el menor tendría en el tráfico jurídico mayor o menor capacidad en función de su madurez real y con independencia de su edad. Este criterio atiende a las condiciones reales de madurez.

La doctrina se ha mostrado dividida acerca de cuál de los dos criterios ha de acogerse, ya que tanto uno como otro presentan ciertos problemas. Así, si bien el criterio objetivo ofrece mayor seguridad jurídica, también es cierto que no encaja bien con el hecho de que lo relevante, conforme se deduce de la propia Ley Orgánica de protección jurídica del menor, no es tanto la edad, sino la verdadera madurez del menor. A este respecto, además, debemos recordar que el propio saber científico nos informa que, si bien el proceso que se observa en todo menor tiene caracteres de universalidad, ello no significa que sea plenamente equiparable en todos los menores a las diferentes edades. De este modo, parece que los estudios muestran que lo relevante, más que las edades, pudieran ser los tramos de edad (figura 2).

 

La Ley de Autonomía del Paciente sigue una concepción objetiva de la capacidad de obrar del menor en el ámbito sanitario, de manera que se distinguen grados de menor a mayor capacidad en función de la edad, estableciéndose una doble graduación de 12 y 16 años.

Esta posición del legislador es congruente con la posición que sobre el estatus jurídico del menor con carácter general ha recogido nuestro ordenamiento jurídico, en especial el Código Civil y la propia Constitución.

Sin embargo, el problema es que dicho criterio no parece responder a la realidad que se desenvuelve en el ámbito sanitario. Esta posición puramente objetiva de la Ley olvida que la casuística nos enfrentará a supuestos en los que la mera graduación de facultades del menor, atendiendo sólo al criterio de la edad, va a ser muy insatisfactoria.

A este respecto, podría afirmarse que la Ley de Autonomía del Paciente olvida que existen diferentes tipos de menores y que no todos ellos, en función de sus experiencias personales, familiares o culturales, responden a un patrón claro en el que determinada edad haya de provocar necesariamente el reconocimiento o no de facultades de decisión sobre el acto médico. No se trata sólo de que exista en la doctrina cierta discrepancia acerca de las edades acogidas por la Ley para establecer la correspondiente graduación, sino que en muchos casos la mera graduación hipotética no responde a la verdadera capacidad volitiva y cognitiva del menor.

Los diferentes estudios empíricos sobre esta materia nos informan en contra de establecer meros criterios por edad a la hora de otorgar al menor capacidad para decidir sobre el tratamiento médico. Las conclusiones que resultan de la evidencia científica actual sobre la capacidad de obrar de los menores de edad pueden resumirse en las siguientes:

No todos los menores de 16 años tienen la misma madurez (es un proceso universal pero con diferencias individuales).

  • Tan importante como el elemento volitivo es el elemento moral y los factores psicosociales (elemento afectivo).
  • El adolescente habitualmente rechaza las figuras de autoridad (padres, profesor, médico, etc.).
  • Los menores asumen más fácilmente los riesgos.
  • Se parte de una evidencia fundamentada en estudios antiguos y respecto de la capacidad de obrar de los adolescentes de sexo masculino y no de sexo femenino.

Además, la psicología evolutiva también nos informa de que los menores sí tienen plena capacidad de decisión respecto de aquello que tiene consecuencias a corto plazo, pero no respecto de lo que produce consecuencias a medio o largo plazo. El menor conoce el acto que realiza, pero no tanto las consecuencias de éste, sobre todo cuando dichas consecuencias no son inmediatas, sino a medio o largo plazo.

También resulta interesante atender a cuál es la evolución del lóbulo frontal en los adolescentes. La neurociencia ha demostrado en los últimos años que en los adolescentes este lóbulo no está totalmente desarrollado, lo que los hace más vulnerables a fallos en el proceso cognitivo de planificación y formulación de estrategias.

Ello explicaría varios de los comportamientos que pueden observarse en ellos:

  • Dificultad para controlar sus emociones.
  • Pobre capacidad de planificación y anticipación de las consecuencias negativas de sus actos.
  • Tendencia a tener gratificaciones inmediatas, sin demora de respuesta.

De todo ello se deduce que la determinación de la capacidad del menor en el ámbito sanitario ha de atender a los siguientes elementos:

La capacidad de prever las consecuencias a medio y largo plazo es, en principio, inferior en los adolescentes.

  • El lóbulo frontal no está desarrollado plenamente en los adolescentes (control de las emociones).
  • El marco de la enfermedad supone un contexto de decisiones especial y distinto de muchos otros ámbitos (familiar, escolar, etc.). A este respecto, es importante aclarar que, más que el lugar (ámbito sanitario), lo relevante es el hecho en sí mismo de la enfermedad. El ámbito sanitario no es extraño al adolescente (controles rutinarios de pediatría, vacunas, ingresos en urgencias). Sin embargo, la enfermedad y la alteración de la vida cotidiana o de determinadas expectativas sí suponen un contexto especialmente complejo para el menor.

Si trasladamos todos estos elementos al mundo del Derecho, se alcanzarían las siguientes conclusiones sobre la regulación de la capacidad de obrar del menor en el ámbito sanitario:

En primer lugar, parece que hubiera sido preferible haber optado por una doble regla en la que junto al criterio objetivo se recogiera una cláusula general que previera la posible existencia de menores que, por su madurez, no responden a los criterios que establece la propia Ley; una doble cláusula que combine el criterio objetivo y el subjetivo.

Cierto es que el propio tenor literal del artículo 9 interpretado en sentido contrario podría permitir alcanzar la conclusión de que nuestro legislador ha querido también incluir un criterio más subjetivo, atendiendo no tanto a la edad del paciente como a su verdadera capacidad de obrar, a su verdadera madurez. Téngase en cuenta que el artículo 9 comienza la regulación del estatus jurídico del menor proclamando, literalmente, que el consentimiento por representación «se otorgará cuando el paciente menor de edad no sea capaz intelectual ni emocionalmente de comprender el alcance de la intervención».

En segundo lugar, la determinación de la capacidad de obrar del menor en el ámbito sanitario habría de atender también a qué efectos, a corto, medio o largo plazo, tienen las decisiones de aceptación o rechazo del tratamiento médico que el menor pueda tomar. Así, puede mantenerse que, si bien el menor estaría capacitado para tomar determinadas decisiones cuyos efectos sean inmediatos, no lo estaría tanto o, al menos, habría que subir la escala de edad para adoptar otras cuyas consecuencias sean a largo plazo y no inmediatas.

Cuando las consecuencias de la decisión sobre el acto médico son más o menos inmediatas, la capacidad de un menor de 15, 16 o 17 años no muestra muchas diferencias con las de uno de mayor edad. Sin embargo, cuando tal decisión produce consecuencias a medio o largo plazo, la psicología evolutiva nos informa de que la capacidad de aquél no es, con carácter general, la misma. Un ejemplo de ello serían los tratamientos que se prescriben para prevenir o mitigar un problema de salud futuro, tanto individual como colectivo. Véase el caso de las vacunas o de determinados tratamientos farmacológicos que se prescriben ante un diagnóstico temprano de la posibilidad futura de desarrollar una determinada enfermedad.

Los problemas que plantea el criterio objetivo han tratado de resolverse en la reforma de 2015 incorporando, aunque de forma confusa, un criterio mixto (objetivo y subjetivo). El artículo 9.3 dispone, literalmente, que «Cuando el paciente menor de edad no sea capaz intelectual ni emocionalmente de comprender el alcance de la intervención», lo que informa a favor de un criterio de madurez real y no tanto de edad, pese a que a continuación el legislador opte por incluir una edad concreta de referencia, los 16 años.

Por otro lado, el preámbulo de la Ley dispone que «La Ley de la Autonomía del Paciente es reformada en la disposición final segunda incorporando los criterios recogidos en la Circular 1/2012 de la Fiscalía General del Estado sobre el tratamiento sustantivo y procesal de los conflictos ante transfusiones de sangre y otras intervenciones médicas sobre menores de edad en caso de riesgo grave. Esta Circular postula en sus conclusiones la necesaria introducción del criterio subjetivo de madurez del menor junto al objetivo, basado en la edad. Este criterio mixto es asumido en el texto legal».

Así pues, una interpretación in toto de la norma permitiría mantener que la reforma incorpore un criterio mixto, objetivo con una edad de referencia, los 16 años de edad, y un criterio subjetivo para aquellos casos en que se apreciara que el menor, pese a no haber cumplido los 16 años, es capaz intelectual y emocionalmente de comprender la intervención.

Un conflicto sin resolver legalmente: el acceso de los padres al historial clínico del menor

Junto a la regulación del derecho a autorizar y rechazar el tratamiento médico, la Ley de Autonomía del Paciente también regula el derecho de acceso a los datos sanitarios, y más concretamente al habitual continente de dichos datos: la historia clínica. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con aquel derecho, en el ámbito de la intimidad y protección de datos, la Ley no recoge un régimen específico de los menores, consagrando un mero régimen general aplicable al mayor de edad, sin precisar en qué medida puede ser aplicable y con qué precisiones a los menores, tengan 12 o más años o 16. No se recoge cláusula alguna, al igual que ocurre con el consentimiento informado, sobre la situación particular de los menores.

Ciertamente, al amparo de lo previsto respecto del derecho a autorizar y rechazar el tratamiento podría entenderse que el menor de 16 o más años tiene capacidad para exigir del médico la confidencialidad de sus datos respecto de terceros, e incluso respecto de sus padres, dado que tienen capacidad para decidir sobre el tratamiento. Sin embargo, tal capacidad encuentra excepciones, como el grave riesgo para la vida o integridad, de manera que en tales contextos habría que matizar el derecho a la intimidad del menor. Siendo los padres los que tendrían que autorizar el tratamiento de grave riesgo, ¿cómo puede excluírselos de una información clínica sustancial para valorar el caso concreto?

La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) afrontó esta cuestión en su Informe 409/2004. La Agencia recuerda que «El acceso a los datos de la historia clínica constituye una modalidad de ejercicio del derecho de acceso, regulado por el artículo 15 de la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal, siendo, como consagra la Sentencia del Tribunal Constitucional 292/2000, de 30 de noviembre, parte del contenido esencial del derecho fundamental a la protección de datos y, en consecuencia, parte esencial de un derecho de la personalidad del afectado cuyos datos son contenidos, en este caso, en la historia clínica, facilitándose copia de los mismos, como en el caso planteado en la consulta, consistente en una copia del informe de la analítica efectuada», y que «el artículo 162.1.º del Código Civil exceptúa de la representación legal del titular de la patria potestad los actos referidos a derechos de la personalidad u otros que el hijo, de acuerdo con las leyes y con sus condiciones de madurez, pueda realizar por sí mismo».

Para la Agencia debe distinguirse entre el supuesto de los mayores de 14 años, a los que la Ley atribuye capacidad para la realización de determinados negocios jurídicos, y los menores de dicha edad. Así, respecto de los mayores de 14 años, teniendo en cuenta lo establecido en el artículo 162.1.º del Código Civil, se plantea si ha de considerarse que el menor tiene condiciones suficientes de madurez para ejercer el derecho de acceso, debiendo, a juicio de la Agencia, ser afirmativa la respuesta, toda vez que nuestro ordenamiento jurídico viene, en diversos casos, a reconocer a los mayores de 14 años la suficiente capacidad de discernimiento y madurez para adoptar por sí solos determinados actos de la vida civil. La Agencia expone como ejemplo los supuestos de adquisición de la nacionalidad española por ejercicio del derecho de opción o por residencia, que se efectuará por el mayor de 14 años, asistido de su representante legal, o la capacidad para testar (con la única excepción del testamento ológrafo) prevista en el artículo 662.1 para los mayores de 14 años.

Por lo tanto, para la Agencia cabe considerar que los mayores de 14 años disponen de las condiciones de madurez precisas para ejercitar, por sí mismos, el derecho de acceso a sus datos de carácter personal, sin que pueda admitirse la existencia de una representación legal (y, en consecuencia, no acreditada) del titular de la patria potestad, dado que precisamente estos actos se encuentran excluidos de la mencionada representación por el tan citado artículo 162.1.º del Código Civil. De este modo, si el padre o madre de un mayor de 14 años acude a un centro sanitario solicitando un informe de analítica o cualquier dato incorporado a la historia clínica de su hijo, sin constar autorización alguna de éste, no sería aplicable lo establecido en el artículo 18.2 de la Ley de Autonomía del Paciente, por lo que no debería procederse a la entrega de la información en tanto no conste la autorización fehaciente del hijo. Evidentemente, salvo en los supuestos en que el hijo haya sido previamente sujeto a incapacitación.

La posición de la Agencia se vio matizada en su posterior Informe 114/2008, que trataba sobre la obligación de comunicar a los padres los informes derivados de las revisiones médicas de sus hijos. En dicho Informe la Agencia considera que el conocimiento por parte de los padres de los datos médicos de sus hijos es «fundamental para poder velar adecuadamente por la salud» de los menores, y por ello concluye que «entendemos que el Código Civil habilita la cesión de la información sanitaria a quienes ostenten la patria potestad».

El criterio que la Agencia mantiene en 2008 frente al que se mantenía en su Informe de 2004 parece haberse ya consolidado en su Informe 222/2014, en el que se señala que «debe tenerse en cuenta que el artículo 9.3 c) de la Ley 41/2002 prevé que el menor tendrá conocimiento del acto médico respeto del que sus padres prestan el consentimiento para la realización. Siendo esto así, y estableciéndose como se indicó al comienzo de esta Agencia por el Reglamento una presunción legal de que el menor cuenta con condiciones suficientes de madurez para el ejercicio de sus derechos relacionados con la protección de datos a partir de los 14 años, sería posible diferenciar entre el derecho a prestar el consentimiento y los vinculados al acceso a la historia clínica». Sin embargo, añade que «si bien será precisa la prestación del consentimiento por los padres o tutores, sí cabría considerar que el menor de edad podría ejercer el derecho de acceso a partir de los 14 años, si bien este ejercicio no puede entenderse como limitación al derecho de los titulares de la patria potestad del menor no emancipado a acceder a su historia clínica en los términos que acaban de indicarse en el presente informe». De este modo, la Agencia concluye que «Los titulares de la patria potestad podrán también acceder a los datos del menor de edad sujeto a aquélla mientras esa situación persista, para el cumplimiento de las obligaciones previstas en el Código Civil».

En los mismos términos se expresa el Informe 339/2015. Este Informe reproduce las consideraciones vertidas en otro Informe anterior, de fecha 7 de agosto de 2014, para concluir afirmando que, si bien el menor de edad mayor de 14 años podrá, en general, ejercitar por sí solo el derecho de acceso a la historia clínica, en cambio no podría oponerse a que sus padres, titulares de la patria potestad, puedan acceder igualmente a los datos del menor de edad para el cumplimiento de las obligaciones previstas en el Código Civil.

Para ello la Agencia tiene en cuenta dos argumentos principales:

  • Art. 154 del Código Civil. Disponer de la información sanitaria de los hijos es fundamental para poder velar adecuadamente por la salud de ellos y, por tanto, el Código Civil habilitaría la cesión de la información sanitaria a quienes posean la patria potestad.
  • Art. 9.3 c) de la Ley de Autonomía del Paciente (en la redacción anterior a su última modificación por la Ley 26/2015, de 28 de julio), que según la interpretación realizada por la Agencia, prevé que el menor tendrá conocimiento del acto médico respecto del que sus padres prestan el consentimiento para la realización (página 2 del Informe).

Este nuevo criterio de la Agencia entendemos que se muestra congruente con el régimen del consentimiento informado del menor de edad que se recoge en el artículo 9 de la Ley 41/2002, en la medida en que los padres, con carácter general, deciden por representación hasta que se presume que el menor goza de capacidad de obrar en el ámbito del tratamiento médico; véase, con carácter general, los 16 años. No parece razonable privar a los padres del acceso al historial clínico del menor que no ha alcanzado los 16 años cuando son sus padres quienes han de adoptar la decisión, para lo que habrán de disponer de los datos clínicos precisos.

¿Qué especificidades presenta el menor en relación con el tratamiento psiquiátrico?

Como hemos señalado en los apartados anteriores, el menor ya es sujeto activo en relación con el tratamiento médico, disponiendo de la facultad de ser escuchado cuando tenga madurez suficiente y, en todo caso, a partir de los 12 años de edad, y del derecho a autorizar o rechazar el tratamiento médico a partir de los 16 años, o incluso antes (criterio subjetivo), cuando se aprecie en él madurez suficiente para tomar la decisión, aunque con una serie de límites importantes, sobre todo, cuando la correspondiente negativa a tratarse suponga un grave riesgo para su salud física o psíquica.

Así pues, el menor de 16 o más años está capacitado para rechazar un tratamiento médico salvo que opere la excepción que habrá que concretar en cada caso, evaluando los riesgos concretos de la falta de aplicación del tratamiento.

Tal planteamiento, que se recoge en la Ley, constituye una pauta aplicable en general a todos los tratamientos; pero, como ya avanzamos anteriormente, en el campo del tratamiento psiquiátrico el menor desarrollo de la capacidad del menor de 16 años de prever las consecuencias a medio o largo plazo de sus decisiones plantea en muchas ocasiones un conflicto. ¿Es capaz de decidir el paciente acerca del tratamiento cuando de su no aplicación puede derivarse no un daño o riesgo inmediato, sino más a largo plazo, como ocurre con algunas patologías que trata la psiquiatría?

Ante tales dilemas, algún autor ha propuesto desarrollar una escala móvil de capacidad que incluya como elementos para valorar tanto la edad como la gravedad de las consecuencias de la decisión y el impacto de éstas a corto, medio o largo plazo. Ello podría realizarse por parte de las sociedades científicas a través de guías o protocolos de actuación con menores, lo que no está prohibido por la Ley de Autonomía del Paciente siempre que las soluciones que se recojan no contradigan el estatuto jurídico que establece su artículo 9, sino limitándose a adaptarlo y matizarlo en diferentes áreas de la enfermedad.

Por otro lado, el tratamiento psiquiátrico del menor maduro ha venido planteando problemas en lo que se refiere al rechazo del tratamiento farmacológico y, en su caso, del ingreso voluntario en los casos en que el menor no se encuentra en una clara situación de incapacidad (véanse determinados trastornos bipolares). Si el menor no acepta esgrimiendo su «mayoría de edad sanitaria» seguir tomando el medicamento, y ello conlleva un riesgo de actuación violenta por parte del menor en su entorno, las soluciones que ofrece nuestro ordenamiento en la actualidad son insuficientes. Existe, pues, un vínculo entre delincuencia infantil-adolescente y enfermedad psiquiátrica. Si el menor no sigue el tratamiento médico adecuado, el problema persiste, por lo que el enfoque que se busca es más médico que coercitivo-punitivo. Hoy los jueces no pueden autorizar el ingreso involuntario del menor maduro cuando no concurre una causa de incapacidad legal.

El problema principal que plantea el manejo de estos pacientes se sitúa en el ámbito del tratamiento ambulatorio. Cuando ya no concurren las condiciones del ingreso no voluntario, la decisión acerca de la continuidad o no del tratamiento psiquiátrico queda en manos del menor maduro, de modo que es habitual que, una vez interrumpido voluntariamente el tratamiento, el menor vuelva en breve a incurrir en un nuevo acto delictivo y, lo que es más grave, persista su enfermedad psiquiátrica. Se produce habitualmente una espiral en la que se van sucediendo ingresos no voluntarios en los periodos de reagudización de la enfermedad y tras la comisión de un hecho delictivo con incumplimientos de posteriores tratamientos ambulatorios.

La Ley Orgánica 5/2000, de responsabilidad penal de los menores, es la que regula el internamiento de los menores en estos casos, y así dispone, entre otras medidas que pueden ser adoptadas por el juez, la siguiente: «d) Internamiento terapéutico en régimen cerrado, semiabierto o abierto. En los centros de esta naturaleza se realizará una atención educativa especializada o tratamiento específico dirigido a personas que padezcan anomalías o alteraciones psíquicas, un estado de dependencia de bebidas alcohólicas, drogas tóxicas o sustancias psicotrópicas, o alteraciones en la percepción que determinen una alteración grave de la conciencia de la realidad. Esta medida podrá aplicarse sola o como complemento de otra medida prevista en este artículo. Cuando el interesado rechace un tratamiento de deshabituación, el juez habrá de aplicarle otra medida adecuada a sus circunstancias».

A continuación añade una medida más: «e) Tratamiento ambulatorio. Las personas sometidas a esta medida habrán de asistir al centro designado con la periodicidad requerida por los facultativos que las atiendan y seguir las pautas fijadas para el adecuado tratamiento de la anomalía o alteración psíquica, adicción al consumo de bebidas alcohólicas, drogas tóxicas o sustancias psicotrópicas, o alteraciones en la percepción que padezcan. Esta medida podrá aplicarse sola o como complemento de otra medida prevista en este artículo. Cuando el interesado rechace un tratamiento de deshabituación, el juez habrá de aplicarle otra medida adecuada a sus circunstancias».

El problema, como puede verse, radica en que la citada Ley permitiría completar la medida de tratamiento ambulatorio con otra, como sería el ingreso involuntario si el menor rechaza el tratamiento con riesgo para su salud, pero lo ciñe a los casos de deshabituación, y no a los de anomalía o alteración psíquica, lo que no guarda congruencia con el resto del texto de la norma.

Por último, simplemente cabe recordar en el ámbito del tratamiento psiquiátrico del menor que, acerca de la decisión sobre el tratamiento, cuando ésta recae sobre sus representantes legales (habitualmente los padres), debe tomarse atendiendo al mejor interés del menor. Una decisión adoptada por dichos representantes que ponga en riesgo la salud del menor, o que vaya en contra del mejor interés, exige recabar el auxilio judicial, o incluso aplicar el tratamiento si se trata de una situación urgente en la que no puede recabarse dicho auxilio sin menoscabo de la salud del menor.

En cuanto a la posición de los padres del menor en los casos de progenitores separados o divorciados, hay que distinguir entre la custodia y la patria potestad. Habitualmente el profesional se encontrará ante un menor respecto del cual uno de los padres ejerce la custodia, manteniendo ambos la patria potestad. La patria potestad es normalmente compartida (la privación de la patria potestad respecto de uno de los progenitores es muy excepcional), atribuyéndose a uno de ellos (aunque también en ocasiones a ambos, en la compartida) la custodia. ¿Qué supone que ambos padres ejerzan la patria potestad, pero sólo uno de ellos la custodia desde la perspectiva de la toma de decisiones sobre el tratamiento psiquiátrico del menor?

El ejercicio conjunto de la patria potestad implica la participación de ambos progenitores en cuantas decisiones relevantes afecten a su hijo, especialmente en el ámbito educativo, sanitario, religioso y social. Por ello, ambos deberán intervenir necesariamente en la elección o cambio de centro o modelo educativo o actividades extraescolares a realizar; en la autorización de cualquier intervención quirúrgica, tratamiento médico no banal o tratamiento psicológico, tanto si entraña algún gasto como si está cubierto por el sistema público de sanidad o por algún seguro privado, siempre que no sea suficiente el mero consentimiento del menor; en la decisión sobre la realización o no de un acto religioso o social relevante, así como en el modo de llevarlo a cabo, sin que al respecto tenga prioridad el progenitor con quien se encontrara el menor en el momento de ser realizado; en el cambio de domicilio, siempre que éste sea relevante, en el sentido de dificultar o impedir el cumplimiento del régimen de visitas vigente, y en la autorización para la salida del territorio nacional. En defecto de acuerdo, deberá someterse la decisión a la autoridad judicial correspondiente. Los progenitores tienen el deber de informarse mutuamente de todas las cuestiones relevantes que afecten a su hijo, siempre que el conocimiento de éstas no lo pueda obtener por sí mismo el progenitor que no esté en compañía del menor en el momento en que éstas se produzcan (p. ej., enfermedad), lo que no sucede en el caso de cuestiones escolares, extraescolares o médicas ordinarias, entre otras, en las que los profesionales que se ocupan de los menores tienen la obligación de suministrar, tanto al padre como a la madre, cualquier información que les soliciten sobre sus hijos, por ser ambos titulares de la patria potestad.

Por tanto, el progenitor que se encuentre en compañía de los hijos podrá adoptar decisiones respecto a ellos, sin previa consulta al otro progenitor, en los casos en que exista una situación de urgencia o se trate de cuestiones poco trascendentes o rutinarias que puedan producirse en el normal transcurrir de la vida con un menor.

Simplemente cabe mencionar que ambos progenitores ejercerán las funciones parentales de una forma compartida, por lo que adoptarán de forma conjunta las decisiones más importantes que afecten al menor (elección de colegios, actividades extraescolares, médicos, etc.), mientras que las menos relevantes las decidirá cada progenitor mientras el menor esté bajo su guarda.

Conclusiones

  • La nueva regulación de los derechos de los pacientes aprobada en nuestro país a partir del siglo XXI ha tenido como protagonista singular al menor de edad. Así, de una situación previa de falta de regulación de la capacidad de obrar del menor en el ámbito sanitario hemos pasado a un marco en el que existe ya un régimen jurídico específico de dicha capacidad de obrar, que se contiene principalmente en la Ley de Autonomía del Paciente y la legislación autonómica de desarrollo de ésta.
  • Este nuevo régimen jurídico que se aprobó hace menos de una década sigue fundamentalmente un criterio objetivo, de manera que el factor que determina que se atribuya o no capacidad de obrar al menor es la edad. Los menores de 12 o más años deberán ser escuchados a la hora de adoptar una decisión médica que los afecte, mientras que los de 16 o más años son ya, en principio, titulares del derecho a aceptar o rechazar el tratamiento médico. Sin embargo, a partir de la reforma de 2015 puede admitirse, aunque de forma algo confusa, que la Ley incorpora ya un criterio mixto (objetivo y subjetivo) basado tanto en una edad de referencia como en la madurez real del menor.
  • Este régimen general queda matizado con una serie de excepciones en las que se seguirá el criterio general de mayoría de edad (18 años) y que atienden a la naturaleza y/o gravedad del acto médico.
  • La Ley de Autonomía no regula la confidencialidad de los datos clínicos del adolescente, aunque para la AEPD a partir de los 14 años el menor puede exigir dicha confidencialidad.
  • Existe un déficit en nuestro ordenamiento en el contexto del posible fracaso del tratamiento ambulatorio del menor cuando éste, al amparo de la edad o madurez, rechaza el tratamiento farmacológico.
  • Es importante diferenciar entre patria potestad y custodia, de manera que en el ámbito de la toma de decisiones sobre el tratamiento psiquiátrico deberán participar ambos progenitores y no sólo el que tiene la custodia del hijo, salvo en el caso muy excepcional de que a uno de los padres se le haya privado de la patria potestad.

Bibliografía

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De Montalvo Jääskeläinen F. La autonomía de voluntad del menor en el ámbito sanitario. En: Gascón Abellán M, et al., eds. Derecho sanitario y bioética. Valencia: Tirant lo Blanch, 2011.

Parra Lucán MA. La capacidad del paciente para prestar válido consentimiento informado. El confuso panorama legislativo español. Aranzadi civil. 2003; 1: 1.901-1.930.

Simón Lorda P, Barrio Cantalejo IM. La capacidad de los menores para tomar decisiones sanitarias: un problema ético y jurídico. Rev Esp Pediatr. 1997; 53(2): 107-118.

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MÓDULO 11

Tema 21. Aspectos bioéticos en psiquiatría infantojuvenil

M. Esquerda Aresté

Resumen

En la salud mental infantojuvenil convergen dos ámbitos con problemáticas éticas asociadas: conflictos éticos derivados de la atención a menores (protección, parentalidad, menor maduro, confidencialidad) y conflictos éticos en salud mental (competencia, estigma, tratamiento involuntario, contención…). Todo ello se enmarca en un contexto social complejo, con un cambio importante en la relación profesional-familia-paciente y un importante cambio en la consideración del menor. En las últimas décadas, la demanda en salud mental infanto-juvenil se va incrementando de forma progresiva; en la sociedad y contexto actual ha aumentado su complejidad. La bioética nace como nueva disciplina que ayuda a tomar mejores decisiones en contextos de alta complejidad e incertidumbre.


Introducción

En el contexto de la salud mental infantojuvenil confluyen dos factores altamente sensibles: por una parte, los aspectos éticos relacionados con el mundo de la infancia y la adolescencia y, por otra, los problemas éticos relacionados con el ámbito de la salud mental.

Como consideración previa, cabe hacer una reflexión sobre las dificultades de aproximación de la pediatría a la salud mental, a pesar de ser un ámbito que ha experimentado un incremento progresivo de la demanda.

La formación del pediatra en salud mental solía ser escasa o irregular. No se habían establecido las competencias de los pediatras en este ámbito y, por tanto, no se disponía de una formación reglada estándar. Algunos profesionales han realizado formaciones estructuradas, pero, en general, de forma irregular.

Otra dificultad es que el abordaje en salud mental suele requerir un tiempo mayor del que se dispone habitualmente en la consulta, pero esta limitación podría estar subsanada por el alto grado de conocimiento que el pediatra tiene del niño, de las dinámicas familiares o de los estilos parentales. Normalmente el pediatra conoce a los niños que atiende desde su nacimiento, y los va acompañando durante un largo periodo; muchas veces también conoce a los hermanos e incluso a gran parte de la familia extensa (abuelos…). A pesar de disponer de poco tiempo, el pediatra tiene una perspectiva longitudinal y muy amplia para poder analizar la situación.

Por último, una de las mayores dificultades de la salud mental es que ésta enlaza con otro de los grandes temas también pendientes, como es la pediatría social. El abordaje biológico tiene poco recorrido en salud mental, por lo que es preciso adoptar una visión holística e integral para realizar un buen abordaje en salud mental.

La bioética puede ayudar a establecer algunos criterios ante ciertas situaciones de salud mental infantil, pues surge a finales del siglo XX para intentar dar respuestas o criterios ante los retos que se plantean las profesiones sanitarias en el contexto social actual. De hecho, la palabra «bioética» es un neologismo utilizado por Van Rensselaer Potter, bioquímico dedicado a la investigación oncológica, quien en su libro Bioética: puente hacia el futuro (1971) se plantea la necesidad de una nueva disciplina que haga de puente entre los conocimientos biotecnológicos-científicos y los sistemas de valores humanos.

No puede entenderse el desarrollo de la bioética sin conocer los profundos y vertiginosos cambios producidos a partir de la segunda mitad del siglo XX. Diego Gracia, uno de los grandes bioeticistas españoles, lo resume en una frase: «la medicina ha cambiado más en 25 años que en los 25 siglos anteriores». Estos cambios han impactado de forma directa en la manera de practicar y entender la medicina y, por tanto, la pediatría, pero también han conllevado la necesidad de una adaptación a las nuevas familias o a la demanda de nuevas formas de relación profesional-familia:

  • Cambios sociales. Se ha pasado de una sociedad de código único, con valores y preferencias que se podían presuponer compartidos, a una sociedad de código múltiple, pluricultural, con diversidad de valores coexistentes y en la que conviven diversas identidades morales, que van a influir en cuestiones tan relevantes como la paternidad o la toma de decisiones en salud. Además de pluricultural, es una sociedad hiperinformada e hipertecnificada. Los cambios en el modelo de familia han impactado mucho en la salud mental infantojuvenil.
  • Cambios en el desarrollo de la profesión. El desarrollo de conocimientos científicos y tecnológicos ha ampliado la disponibilidad de opciones tanto diagnósticas como terapéuticas. En salud mental quizás el impacto biotecnológico no ha sido tan elevado, pero la subespecialidad ha experimentado también un gran desarrollo y ha ampliado la aceptación social, quizás en este caso con el riesgo de «psicologizar» la vida diaria.
  • Cambios en la relación profesional-persona o familia atendida. El modelo basado en el paternalismo se ha ido desplazando más hacia un modelo de autonomía de las familias, o al que se intenta promover ahora de «toma de decisiones compartidas». Para poder llevar este modelo a la práctica ha sido necesaria la adquisición por parte de los profesionales de nuevas habilidades comunicativas y de registros comunicacionales. El reconocimiento de la autonomía no es sólo un tema de conocimientos, sino también de habilidades y actitudes.
  • Cambios en la consideración del menor. Se ha ido consolidando un profundo cambio en el paradigma de la atención a los niños y adolescentes, pasando de un modelo basado en la protección absoluta, en que todos los derechos relacionados con el menor pertenecían a los padres o tutores, a un nuevo modelo en que existe un progresivo reconocimiento de los derechos de los menores, proporcional a su grado de madurez y de desarrollo.

Desde la descripción inicial de la bioética por parte de Potter, su desarrollo ha sido vertiginoso y se van estructurando rápidamente las bases de la nueva disciplina. Este desarrollo inicial de la bioética ha estado muy marcado por el principalismo.

Intentando evitar reduccionismos, los principios bioéticos pueden ayudar a establecer criterios concretos. La bioética principalista toma como punto de partida 4 principios fundamentales para la deliberación y el análisis de los problemas éticos. Estos principios emanarían del respeto a la dignidad humana y su aplicación en el ámbito de atención sanitaria a la persona:

  • Beneficencia: deber actuar en beneficio del paciente.
  • No maleficencia: obligación moral de evitar hacer daño o perjuicio al paciente (primum non nocere).
  • Autonomía: obligación moral de permitir a la persona gobernarse a sí misma, lo que le permite tomar decisiones relacionadas con su salud.
  • Justicia: obligación moral de dar a cada uno según le corresponda, distribuir justamente los recursos y evitar la discriminación.

Un texto imprescindible en el ámbito de la bioética pediátrica es el libro Bioética y pediatría: proyectos de vida plena, de Manuel de los Reyes López y Marta Sánchez Jacob. De forma exhaustiva y rigurosa, estos autores realizan un recorrido por los conflictos éticos de los niños y adolescentes.

En el contexto de la salud mental infantojuvenil podemos identificar algunos ámbitos concretos:

  • Parentalidad y ética.
  • Menor maduro y participación del menor: competencia, información, intimidad, confidencialidad y secreto profesional.
  • Aspectos concretos relacionados con la salud mental:
  • Investigación en salud mental infantojuvenil. Utilización de fármacos off-label.
  • Restricción de la libertad: hospitalización no voluntaria, aislamiento/contención física, videovigilancia.
  • Diagnóstico en salud mental.

Parentalidad y ética

A diferencia de otros ámbitos de la pediatría, una de las primeras dificultades en el abordaje en salud mental es la íntima interacción de la familia y el entorno con la sintomatología que pueda mostrar el niño, o con la respuesta que se da a los síntomas que muestra. Y el primer deber ético del pediatra es proteger a los niños.

Tal como señala la Academia Americana de Pediatría (2003), «los resultados de los niños, la salud física y mental, así como el funcionamiento cognitivo y mental, están fuertemente relacionados con el modo en que funcionan sus familias y su entorno».

Es importante remarcar que la interacción y la cualidad de esta interacción familiar tienen repercusiones en la salud mental del niño, con su propio desarrollo emocional y cognitivo, y también en su salud física. En el ámbito de la salud mental es importante conocer la influencia de la dinámica familiar, el estilo parental o el modelo educativo en la sintomatología indicada.

El modelo nature-nurture muestra la interacción entre la naturaleza (riesgo genético, riesgo perinatal…) y la crianza. En este modelo, la interacción familiar puede ser un factor precipitante o, al contrario, un factor protector ante un niño con una predisposición psicopatológica concreta o unos rasgos determinados.

Numerosos estudios han demostrado esta relación nature-nurture. Por ejemplo, un amplio estudio de cohortes finlandés ha mostrado que el estilo parental (afecto, control conductual y control psicológico) puede ser un factor predictor muy bueno tanto de los trastornos internalizantes como de los externalizantes.

La gran cuestión ética en este apartado es no sólo detectar y evaluar los posibles «malos tratos» o «malas prácticas» que puedan subyacer a una sintomatología psicopatológica, sino además poner el énfasis actual en fomentar «buenos tratos» a los niños, es decir, el conjunto de prácticas, estilos de parentalidad e interacción que promuevan su desarrollo físico y mental. Se trata, pues, de una doble pregunta ética:

  • ¿Qué es lo mejor para cada niño en concreto?
  • ¿Qué es dañino para el niño? O formulado de forma más concreta, ¿qué le puede provocar daño al niño por sus características concretas y situación vital?

Son 2 preguntas diferenciadas pero complementarias, que, traducidas al ámbito de los principios bioéticos, se formularían como qué es lo más beneficente y qué es maleficente o puede llegar a serlo.

Estas preguntas son relativamente recientes en el ámbito de la medicina y de la pediatría. Hasta hace muy poco (mediados del siglo XX) no se había empezado a hablar del síndrome del «niño maltratado». Un hito importante al respecto fue la descripción en una publicación científica, por parte del pediatra H. Kempe, de la entidad clínica denominada battered child syndrome (síndrome del niño golpeado), que comprendía lesiones óseas en forma de fracturas, hematoma subdural y lesiones cutáneas, así como retraso pondoestatural, con repercusiones psicológicas en los niños.

A partir de entonces empezaron a aparecer publicaciones sobre las repercusiones del maltrato físico en la salud infantil. Paralelamente a esta «toma de conciencia», comenzó a observarse una tendencia legislativa de protección del menor.

No obstante, es en la década de 1970 cuando el concepto de maltrato infantil se aplica no sólo a la agresión física, sino también al maltrato emocional, la negligencia y el abandono.

En el ámbito legal, con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial se creó UNICEF, un organismo dependiente de la ONU encargado de velar por los derechos de los niños. En 1989, la Asamblea General de la ONU firmó la Convención sobre los Derechos del Niño, en la que se reconocía al niño como sujeto de derechos y a los adultos, sujetos de responsabilidades.

Paralelamente a la preocupación sobre la salud de los niños maltratados y el desarrollo de mecanismos para garantizar su protección, surge un creciente interés por los cuidados del niño y su bienestar, en especial en las etapas iniciales de la vida, y su repercusión en su futura salud.

En una sociedad pluricultural como la nuestra, uno de los grandes retos en salud mental es intentar definir la parentalidad adecuada para cada niño y, al contrario, qué es perjudicial para cada uno, con sus características y situaciones específicas.

Desde la pediatría se observan muchas veces estilos parentales de riesgo: uso de estrategias muy rígidas, que llegan incluso a la agresividad, alta exigencia o, al contrario, mucha permisividad por parte de los padres, que establecen poco control sobre la conducta de sus hijos, los sobreprotegen, sin dejar que desarrollen algunas capacidades, o se muestran extremadamente temerosos.

La mirada ética en este caso va más allá del trastorno mental y entraría en un ámbito que, desafortunadamente, está aún muy poco desarrollado, esto es, la prevención en salud mental, no sólo la general sino también la que permite detectar desde las primeras visitas del recién nacido las situaciones de riesgo para desarrollar modelos de protección.

La prevención psicoemocional es una de las grandes asignaturas pendientes, junto con el desarrollo, tanto asistencial como de investigación, de modelos preventivos en salud mental individualizados para el niño, la familia o la dinámica familiar.

La pregunta ética para el pediatra sería: ¿qué necesidades tiene cada niño para alcanzar su mejor desarrollo? La pregunta no es general, sino particular, pues cada niño tiene sus propias necesidades y situaciones.

De hecho, las preguntas sobre las «buenas prácticas» que deberían fomentarse en el plano psicosocioemocional se realizaron, de manera institucional, en Estados Unidos, donde se encargó un estudio a dos de los más grandes expertos del país: el Dr. Brazelton, pediatra con numerosos y pioneros estudios sobre el desarrollo de los bebés, y el Dr. Greenspan, eminente psiquiatra infantil. De esta reflexión surgió un texto que sorprende por la sencillez de sus aportaciones y resume muy bien las necesidades irreductibles del niño: «Las necesidades básicas de los niños: todo aquello que cada niño precisa para crecer, aprender y vivir». Los autores identifican 7 necesidades básicas de la infancia (tabla 1). Si estas necesidades están suplidas, proporcionan al niño la base sobre la que construir sus capacidades intelectuales, sociales y emocionales, que le permitirán alcanzar el máximo de su potencialidad. A continuación se detalla cada una de ellas:

 

Relaciones constantes de cuidado

Los autores consideran que el establecimiento de relaciones afectivas estables, el hecho de sentirse amado y cuidado de forma constante y especial es lo más importante para el desarrollo emocional e intelectual de las personas.

Como comenta Brazelton, «no podemos experimentar emociones que nunca hemos tenido, no conoceremos la experiencia de consistencia e intimidad del amor estable a menos que hayamos tenido esta experiencia con alguien de nuestra vida». El niño que ha sido entendido y amado será capaz, a su vez, de comprender y amar.

Cada bebé necesita una relación cálida con unos cuidadores principales durante un periodo de años (no sólo meses ni semanas). La afectividad es la base del desarrollo sano del niño, por lo que es fundamental intentar garantizarla antes que la formación cognitiva temprana o los juegos educativos. Si no está presente o si se interrumpe, el niño puede sufrir trastornos emocionales, de razonamiento, motivación o relación con los otros.

Los bebés, los niños pequeños y los niños en edad preescolar necesitan interacciones de cuidado durante la mayor parte del tiempo en que están despiertos. Para su desarrollo, el niño requiere vínculos seguros y estables, que le aporten amor, pero también pautas, rutinas, estímulos y hábitos, proporcionados con coherencia y consistencia.

Protección física, seguridad y reglamentación

Desde la gestación hasta el fin de la infancia, los niños precisan un entorno que les proporcione protección frente al daño físico y psicológico, o que les evite la exposición a la violencia, tóxicos, agresiones sexuales…

Aunque parezca un ítem fácil de conseguir, algunos niños conviven en ámbitos con violencia doméstica de la que quizás no sean víctimas, pero pueden ser testigos.

Otro tipo de violencia, más pasiva, a la que están expuestos los niños actualmente es la percibida en los medios de comunicación (televisión, videojuegos…). Aunque de momento no existen estudios concluyentes sobre el tema, se ha establecido una clara relación entre los estilos de comportamiento agresivo y las horas de violencia televisada o percibida, o una posible relación entre los problemas atencionales y la exposición temprana y continuada a las pantallas.

Experiencias acordes con las diferencias individuales

Cada niño tiene un temperamento único. El temperamento podría definirse como un patrón de reactividad y autorregulación, con estabilidad temporal y de desarrollo, propio de cada persona. Por tanto, es innato, como el color de los ojos o el tono de la piel.

Desde la primera infancia, e incluso intraútero, se expresa el temperamento de cada sujeto. El temperamento implica la habilidad de adaptarse, el estado de ánimo, la intensidad de reacción, el nivel de activación o la regularidad.

Los psicólogos Thomas y Chess estudiaron a una serie de bebés a quienes realizaron un seguimiento hasta la época de adultos. Ya desde los primeros días de vida los bebés expresan una serie de características: son regulares o impredecibles, fáciles o no de calmar, tienen tendencia a reaccionar de forma leve o intensa, se adaptan o no a nuevos estímulos, son inhibidos o extrovertidos, sociables o tímidos. Estos autores definían a los niños según dichas características, y podían prever las dificultades de ajuste y de conducta en los niños en edad escolar, en adolescentes y también en adultos.

El temperamento es un factor muy estable e influye en la forma de seleccionar las actividades, configurar las respuestas y modificar el impacto del ambiente.

A los padres a veces les cuesta aceptar el temperamento propio de cada niño y adaptarse a él: hay niños más movidos (sin ser hiperactivos), niños más inhibidos y temerosos… Adecuar las experiencias a la naturaleza individual del niño evita la aparición de problemas de aprendizaje y conducta, y mejora su evolución.

Experiencias adecuadas al nivel de desarrollo

Más allá del temperamento propio y de la edad, cada niño tiene un ritmo propio de evolución y aprendizaje. Los niños necesitan cuidados adaptados a la etapa de desarrollo en la que se encuentran, independientemente de la edad cronológica.

También es importante adecuar las expectativas al nivel del niño, valorando si presenta dificultades o algún tipo de discapacidad. Las expectativas poco realistas sobre lo que pueden hacer los niños en general, o alguno en particular, pueden obstaculizar su desarrollo.

Fijar límites, estructuras y expectativas

Los niños requieren una estructura y cierta disciplina que los conduzca a fijar interiormente sus propios límites, canalizar su agresividad y buscar la solución pacífica de los problemas. La tarea del adulto es ayudarlos en este objetivo. Como comentaba Brazelton, «La disciplina es la segunda cosa más importante que los padres pueden dar a sus hijos; la primera por supuesto es el amor».

Una curiosa polémica suscitada hace unos años, sobre todo fomentada en las redes sociales, contraponía el modelo de la «mamá tigre» al de las «mamás osos». Esta polémica se inició con el libro de Amy Chua El himno de batalla de la mamá tigre, en el que se criticaba la educación occidental, demasiado laxa y permisiva, en relación con el estilo educativo oriental, basado en una estricta disciplina y altas exigencias. Ante este estilo surgió «el canto de las mamás osos», otro estilo que defiende que los niños sólo necesitan estima y abrazos para desarrollarse sanos.

Ni mamás osos ni mamás tigres: Brazelton recuerda la necesidad de establecer límites y estructuras, además de la estima.

Asimismo, las expectativas muy poco realistas sobre lo que puede esperarse de un niño, o en casos concretos con algún tipo de diversidad o peculiaridad, pueden ser dañinas para su desarrollo.

Comunidades y cultura estables de apoyo

Reza un refrán africano «Para educar a un niño hace falta toda una tribu»; pues bien, para proteger a un niño hace falta toda una sociedad.

Nuestra sociedad es muy ambivalente. Por una parte, ha avanzado mucho en la consideración del niño y su protección, rayando quizás en la sobreprotección. Pero, por otra parte, hay ámbitos que precisan una clara mejoría, como los hábitos de vida saludables (epidemia de obesidad, alimentación procesada, sedentarismo, horas de TV, videojuegos, internet en sustitución al juego y espacios de ocio activo…), los hábitos de convivencia (bulling, niños con elevada presión escolar, extraescolares) y la convivencia familiar (tiempo compartido, comunicación intrafamiliar, tolerancia a la frustración).

Otro de los grandes retos en este apartado es el tema de la interculturalidad y la integración de valores. Para sentirse completos e integrados, los niños necesitan crecer en una comunidad estable, no sólo con un entorno familiar sino también con un entorno social ampliado. Esto representa una continuidad de valores entre la familia, el grupo de amigos, la religión y la cultura, así como una exposición de respeto a la diversidad, cuando los valores familiares y sociales están muy diferenciados.

El gran reto de la interculturalidad es poder encontrar espacios de continuidad entre valores culturales muy diferenciados, huyendo de reduccionismos, según los cuales «cualquier valor cultural es bueno».

Existen diferencias culturales remarcables respecto a algunos temas, como la consideración de la mujer, que, cuando se ignoran, pueden desproteger a los más vulnerables. Sólo podemos proteger tras clarificar los valores culturalmente compartidos y mínimos.

Protección del futuro

El niño necesita sociedades con perspectivas de futuro. Este punto estaría relacionado con la protección del entorno, de la naturaleza y de los recursos del planeta. Nakajima, cuando fue director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), afirmaba: «Nunca hemos sido tan interdependientes como ahora. Es necesario movilizar colectivamente nuestras energías y nuestros recursos para afrontar los nuevos problemas del planeta que ponen en peligro nuestra supervivencia».

La protección a la infancia también implicaría, por tanto, la protección del entorno en el que se desarrollan los niños. Este punto enlazaría con la llamada «bioética global», o los aspectos éticos relacionados con el medioambiente.

La propuesta de Brazelton y Greenspan podría ayudar a delimitar las conductas claramente «maleficentes» para el desarrollo del niño, e incluso intentar implementar las más «beneficentes» para cada niño. No siempre está clara esta distinción, y en sociedades plurales, como la nuestra, algunas conductas pueden estar avaladas de forma grupal.

En los casos en que la conducta de los padres es claramente maleficente y afecta al desarrollo psicológico del niño, el pediatra debe actuar en consecuencia; no puede inhibirse de realizarlo, por lo que debe proteger al niño y notificarlo.

Sin embargo, hay casos no tan claros, principalmente en entornos con una diversidad cultural y de valores, en que se debe ponderar el riesgo/beneficio de las intervenciones frente a la no intervención, así como la posibilidad de implementar cursos de acción intermedios.

Puntos clave para la deliberación

  • El principal deber del profesional es proteger al menor. En los casos en que la conducta de los padres es claramente maleficente, el pediatra debe actuar en consecuencia.
  • En casos de conductas parentales que supongan cierto riesgo, es necesario ponderar y actuar de forma proporcional y prudente, valorando individualmente el riesgo real o potencial frente al posible beneficio de la actuación del pediatra, así como sus consecuencias.
  • Proporcionalidad, prudencia, diálogo y educación sanitaria son las palabras clave.

El menor maduro: competencia, información, consentimiento, confidencialidad

El segundo gran bloque en ética y salud mental infantil está en relación con el menor maduro y su participación en la toma de decisiones.

En el ámbito de la salud, la meta que pretendemos alcanzar en la madurez del menor es que pueda convertirse en una persona «autónoma», es decir, con capacidad para tomar sus propias decisiones basadas en juicios internos y de actuar de acuerdo con ellos, fundamentados en sus creencias y en concordancia con su plan vital.

La competencia para la toma de decisiones se enmarca en el desarrollo de un nuevo paradigma, el respeto a la autonomía de los pacientes, que constituye uno de los pilares del desarrollo de la bioética actual. Mientras que la gran mayoría de los principios bioéticos ya estaban presentes en la tradición médica hipocrática (como el principio de beneficencia o de no maleficencia), el principio de autonomía se ha vivido de forma muy ambivalente en el ejercicio de las profesiones sanitarias.

Este concepto de madurez implica el desarrollo de diferentes capacidades, ya sean cognitivas, emocionales o ético-morales, y debe tenerse en cuenta la variabilidad interindividual, la gravedad de la decisión y las circunstancias de cada situación y contexto que influyen en la decisión.

La adquisición de la madurez del menor es un proceso, y como tal es dinámico, evolutivo e individual. Pero es necesario tener en cuenta que en la persona, el desarrollo de las capacidades humanas es un proceso no garantizado sólo por la herencia genética, sino que depende de la interacción con el ambiente y la sociedad. Es decir, la madurez no es un hito que de modo espontáneo se alcanza a una edad determinada genéticamente, sino que depende de múltiples y complejos factores, por lo que implica un aprendizaje.

Como comenta el legalista Ruther, «a menudo tenemos el deseo, por parte de tribunales e investigadores, de que aparezca una medida simple o un criterio sencillo para medir la competencia de un menor. Desgraciadamente, no disponemos de ningún test ni parece que pueda crearse. La cuestión es si un chico en particular es competente, en un contexto concreto, en un tipo de decisión dada en unas circunstancias particulares».

La valoración es compleja pero no imposible de realizar. Como bien comenta Ruther, debemos tener en cuenta cada menor en particular, en qué contexto toma la decisión y qué tipo de decisión es la que está en juego. La dificultad de la valoración y la falta de procedimientos estandarizados dificultan esta aproximación, así como las respuestas de los profesionales en algunos temas, que resultan polares y muchas veces apriorísticas. Como bien resume Diego Gracia, «La madurez de una persona, sea ésta mayor o menor de edad, debe medirse por sus capacidades formales de juzgar y valorar las situaciones, no por el contenido de los valores que asuma o maneje. El error clásico ha sido considerar inmaduro o incapaz a todo el que tenía un sistema de valores distinto del nuestro».

Como premisas previas al desarrollo de la aproximación a la valoración de la competencia del menor, se deberían tener en cuenta las siguientes puntualizaciones:

  • Existe variabilidad interindividual. No podemos generalizar a los menores por edad ni por grupos de pertenencia, sino que debe realizarse una valoración individualizada en cada caso. Por ello, debemos conocer no sólo el concepto de «menor maduro», sino también las posibilidades de medida de dicha madurez.
  • Hay variabilidad circunstancial. No todas las decisiones precisan el mismo grado de madurez para ejercerlas. La madurez exigida debe ser proporcional a la gravedad de la decisión, por lo que debe plantearse el grado de riesgo que se asume con una decisión sanitaria concreta, independientemente que la tome un menor o un adulto.
  • No hay que olvidar la variabilidad intrasujeto. En el ejercicio de la competencia, una misma persona, según las circunstancias añadidas en las que toma la decisión, puede variar su capacidad, principalmente cuando existen factores externos, como ansiedad, miedo, dolor, estrés o presión grupal.

Una aproximación a la evaluación de la madurez podría basarse en el modelo adulto, a partir de los criterios de Appelbaum y Grisso y de la entrevista semiestructurada diseñada a tal efecto, el MacArthur Competence Assessment Test, un estándar de referencia para la valoración de la competencia en adultos. Sin embargo, existe poca evidencia empírica sobre el uso de estos instrumentos en menores. Los criterios son los siguientes:

  • Comprensión de la información relevante para la decisión a tomar. Requiere una memoria suficiente para almacenar palabras, frases y secuencias de información, reteniéndose así los datos fundamentales sobre la situación. Exige, asimismo, un nivel adecuado de atención y participación de los procesos intelectuales.
  • Apreciación de la situación (enfermedad, elección) y sus consecuencias. Este criterio se refiere al significado que tienen los datos y las situaciones (estar enfermo, tener que tomar una decisión, consecuencias) para el paciente. No se relaciona con lo razonable o no razonable de la opción del paciente, sino con la necesaria aprehensión de la situación para poder tomar una decisión.
  • Manipulación racional de la información. Supone la capacidad de utilizar procesos lógicos para comparar beneficios o riesgos, sopesándolos y considerándolos para llegar a una decisión. Implica una capacidad para alcanzar conclusiones lógicamente consistentes con las premisas, de modo que se refleje el valor o el peso que previamente se les asignó.
  • Capacidad de comunicar una elección, que exige una capacidad para mantener y comunicar elecciones estables durante un tiempo lo suficientemente dilatado para poder llevarlas a cabo.

Otro de los posibles enfoques respecto a la valoración de la competencia es la medida del desarrollo moral. De hecho, los estudios de Piaget, Kohlberg y otros autores sobre el desarrollo de la autonomía y del desarrollo ético y moral son los que fundamentan la teoría del «menor maduro», pues demuestran que la mayor parte de los adolescentes alcanzan su madurez moral entre los 13 y los 15 años de edad.

No debe valorarse sólo la madurez del menor ante una decisión concreta, sino también el riesgo de tomar tal decisión. Según la escala móvil de la competencia de Drane, se debería ajustar el grado de madurez requerido al riesgo de la decisión: cuanto mayor es el riesgo, mayor será la madurez exigida, mientras que en las decisiones de bajo riesgo la madurez exigida sería baja.

Deben tenerse en cuenta otros factores que pueden influir en la toma de decisiones, facilitándola o impidiéndola. Algunos dependen del niño, otros de la familia, y otro tipo de variables dependen de la situación.

Respecto a los factores situacionales, deben tenerse en cuenta los aspectos emocionales que intervienen en un momento determinado. Un grado elevado de estrés, de ansiedad o un componente depresivo puede entorpecer el proceso de razonamiento, dificultando la capacidad de entender la situación, la memoria o la valoración de las posibilidades. En algunos casos, no en la mayoría, puede ser necesaria una exploración psicopatológica más completa del menor. Sin embargo, deben tenerse en cuenta estos factores, principalmente en situaciones que los hagan aflorar, y valorar adecuadamente el peso que puedan tener en la decisión final.

Los profesionales sanitarios no son sólo agentes pasivos en la valoración de la competencia, sino también agentes activos en el fomento del desarrollo de la competencia y la participación del menor en la toma de decisiones. En este papel activo sobre la participación del menor en la consulta clínica, el Real Colegio de Pediatras de Inglaterra ofrece una acertada pauta de continuidad:

  • Informar a todos los menores, de forma adecuada a su nivel de comprensión y proporcional a ella, ayudando a que se sientan protagonistas en las consultas relacionadas con su propia salud.
  • Escucharlos, a partir de la edad en que sea posible, fomentando su participación y opinión.
  • Incluir sus opiniones en la toma de todas las decisiones en que sea posible, asumiendo proporcionalmente su responsabilidad en ellas.
  • Considerar al menor competente como decisor principal.

Otros autores definen diversos niveles en el grado de participación. Weithorn establece 3 niveles de participación: a) información sobre la enfermedad, el tratamiento y los procedimientos médicos; b) decisión compartida con los padres/tutores, colaboración con los cuidadores, y c) decisión autónoma.

La participación del menor en la toma de decisiones compartidas supone un reto más extenso que la que atañe al menor maduro: implica saber dar explicaciones adecuadas a cada edad y nivel de comprensión, involucrarlo en la toma de decisiones en salud mental y adaptarse al ritmo del niño.

Otro de los aspectos que cabe tener en cuenta, aparte de la madurez y la información, pero en cierta manera vinculados, es la confidencialidad. El respeto al secreto profesional se ha considerado una de las bases de la relación médico-paciente. El conocido aforismo del jurista Portés lo sintetiza muy bien: «No hay medicina sin confianza, ni confianza sin confidencia, ni confidencia sin secreto».

En salud mental, la confidencialidad cobra especial relevancia, pues se relaciona con el espacio privado e íntimo de la persona.

Sin embargo, el secreto profesional no es un deber absoluto, sino relativo, ya que puede haber circunstancias que aconsejen romper la confidencialidad. Ante cualquier conflicto ético sujeto a la confidencialidad, debe primar la defensa del derecho a la intimidad del paciente. Sólo la existencia de un riesgo grave para su propia integridad (principio de no maleficencia) o la de terceros (principio de justicia) justificaría la ruptura del secreto.

Puntos clave para la deliberación

  • Es importante involucrar al menor en la toma de decisiones sanitarias y en la educación por la salud de forma proporcional a su capacidad.
  • Más allá de la madurez requerida para la toma de ciertas decisiones, la información es imprescindible para cualquier edad.
  • Existen instrumentos aprobados para la valoración de la madurez.
  • La competencia para la toma de decisiones no incluye sólo la madurez, sino también la valoración del riesgo de la decisión y los factores contextuales asociados.
  • La confidencialidad es la base de la confianza en la relación con el adolescente, pero hay que tener en cuenta que siempre existen algunos límites.

Otros aspectos relacionados con la salud mental infantojuvenil

Investigación en salud mental infantojuvenil. Fármacos «off-label»

La investigación en pediatría en general, y en el ámbito de la salud mental infantojuvenil en particular, ha estado siempre muy relacionada con la del adulto.

Se da en la actualidad una circunstancia paradójica: al considerar al niño como objeto de alta protección en investigación, se le ha situado en una posición de orfandad (terapéutica, e incluso diagnóstica). Se dispone de pocos estudios en la edad infantil, muy extrapolados de los realizados en adultos, con el riesgo de sesgos que ello supone. La investigación en niños tiene unas características diferenciales, farmacocinéticas y farmacodinámicas, respecto a la de los adultos. Existen enfermedades específicas y exclusivas de la infancia (p. ej., el autismo) sin correlato con las del adulto; el niño está sujeto a procesos de crecimiento y desarrollo; incluso tratándose de la misma enfermedad (depresión, ansiedad…), los niños presentan una respuesta farmacológica, una eficacia y una toxicidad distintas.

Esta situación ha propiciado que un gran número de fármacos usados en salud mental infantil sean off-label, es decir, sin indicación avalada, ya sea por patología o por edad.

Como comenta el Dr. Nieto Conesa, «[] el uso de medicinas en dosis no comprobadas en pacientes pediátricos es algo habitual, y también debería considerarse como experimentación. Esto es en realidad un poco aleatorio y cuenta con una precaria base científica, además de una mínima eticidad y una más que dudosa legalidad».

Por tanto, es importante conocer las indicaciones de los psicofármacos para cada trastorno y edad concreta. Es necesario informar a los padres de que el fármaco que se está utilizando está «fuera de registro», así como de su indicación y posibles efectos secundarios, y obtener su consentimiento para el uso.

Restricción de la libertad: hospitalización no voluntaria, aislamiento/contención física, videovigilancia

Los tratamientos en salud mental implican algunas medidas no habituales en otros ámbitos de la pediatría, como las que comportan una restricción de la libertad como parte de ellos. Es importante recordar que éstas son medidas excepcionales, y deben regirse por los principios de beneficencia y no maleficencia, es decir, con una finalidad terapéutica planificada, nunca disciplinaria o sancionadora. Deben considerarse cuando, en caso de no aplicarse, se estuviera privando a un paciente de una medida terapéutica necesaria (p. ej., situaciones de agitación psicomotriz, auto/heteroagresividad con riesgo de lesiones irreversibles, riesgo claro a terceros o delirio). Las medidas restrictivas no están indicadas si existen otras alternativas terapéuticas menos dañinas, si suponen un castigo implícito o explícito para el paciente, como respuesta a conductas embarazosas o por comodidad del personal.

Es importante intentar respetar al menor, informándolo del motivo y de la finalidad de la medida. Si es posible, hay que intentar a posteriori hablar con él y explicarle los motivos de la decisión (p. ej., un ingreso involuntario).

Toda medida restrictiva debe cumplir los siguientes requisitos:

  • Juicio de idoneidad. Si tal medida es susceptible de conseguir o no el objetivo propuesto.
  • Juicio de necesidad. Si es necesaria, en el sentido de que no exista otra medida más moderada para la consecución de tal propósito con igual eficacia.
  • Juicio de proporcionalidad. Si es ponderada y equilibrada, por derivarse de ella más beneficios o ventajas que perjuicios sobre otros bienes o valores en conflicto.

Ética y diagnóstico

Como comenta el psiquiatra infantil Sabel Gabaldón, «El proceso diagnóstico en la psiquiatría infantil halla numerosos obstáculos: las divergencias teóricas y culturales, y hasta ideológicas, que gravitan en el campo del adulto se encuentran agravadas por las particularidades de una patología infantil, que se caracteriza por su dependencia, sus propias expresiones, la importancia de las relaciones y el entorno y la plasticidad de un ser en desarrollo».

Los problemas éticos relacionados con el diagnóstico psiquiátrico son inseparables de los conflictos éticos generados por la propia concepción de la enfermedad mental, en cuanto a sus límites y características específicas.

El diagnóstico en salud mental infantojuvenil tiene también un componente ético per se, por el riesgo de un mal uso (utilizar categorías diagnósticas cuando corresponden a dificultades en otros ámbitos, como el social o el escolar) o el riesgo de estigmatización o «etiquetaje» que presenta aún el ámbito psiquiátrico.

Las connotaciones éticas derivadas del diagnóstico son especialmente relevantes en el caso de las conductas desviadas y problemáticas: nos estamos enfrentando a un inconformismo (y su consecuente desviación conductual) o a la enfermedad. Clásicamente, la salud mental ha sido el reducto de las conductas o condiciones «anormales» o desviadas de la media.

Esto requiere una valoración exhaustiva no sólo del individuo (buscaríamos una psicopatología mayor), sino también del ambiente en el que aparentemente está creando dificultades. Es importante evitar que la psiquiatría se convierta en una «técnica de contención social».

Es verdad que el diagnóstico psiquiátrico permite a veces abordar de forma eficaz situaciones conflictivas en el entorno familiar y social y un acceso a recursos adecuados, o incluso puede tener una función de «orden en el caos». Pero es importante evitar «medicalizar» o «psiquiatralizar» la inadaptación y el malestar.

Es importante poder mantener una actitud «beneficentista», es decir, intentar escoger la medida que tenga la mayor probabilidad de ser beneficiosa para el paciente.

Schwartz y Griffin (1989), teniendo en cuenta la subjetividad del diagnóstico y la inevitable introducción de sesgos, revisaron el concepto de la «utilidad subjetiva estimada». El concepto arranca del descubrimiento de que, en la práctica, el acto diagnóstico no busca solamente acertar, sino que incluye también consideraciones sobre sus consecuencias.

Como se ha comentado al inicio del capítulo, «los resultados de los niños, la salud física y mental, así como el funcionamiento cognitivo y mental, están fuertemente relacionados con el modo en que funcionan sus familias y su entorno». Por tanto, es importante que la mirada ética hacia el problema del niño no se centre o focalice sólo en él, sino que abarque también a la familia, el entorno y, evidentemente, la sociedad.

El lema de la OMS «no hay salud sin salud mental» (no health without mental health) pone de nuevo el foco en la proyección social y comunitaria de la salud mental. En general, hay sociedades que fomentan unos cuidados mejores y sociedades más inhumanas. Una sociedad sana puede ayudar a sus niños, familias e instituciones a desarrollarse saludablemente. Como comentaba el psicólogo Erich Fromm, «la salud no puede definirse tan sólo como la adaptación del individuo a la sociedad, sino también como la adaptación de la sociedad a las necesidades del hombre».

Como comentan los psicólogos Master y Coatsworth, «Los niños exitosos nos recuerdan que ellos crecen en numerosos contextos y cada uno de ellos es una fuente potencial de factores de protección y de riesgo. Los niños demuestran que están protegidos no sólo por factores del desarrollo, sino también por las acciones de los adultos, por los valores que manejan, por las oportunidades de tener éxitos y la experiencia de éxitos. El comportamiento de los adultos de referencia desempeña un papel crítico en los recursos, las oportunidades y la resiliencia».

Bibliografía

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MÓDULO 10

Tema 20. El uso de la psicoterapia en niños y adolescentes

V. Barrau Alonso, G. Español Martín

Resumen

Los trastornos psiquiátricos se encuentran entre las afecciones más prevalentes y perjudiciales en la infancia y la adolescencia. Es necesario que los profesionales sanitarios conozcan los diferentes tratamientos disponibles para estas patologías, entre ellos la psicoterapia (cuyo objetivo es el cambio de pensamientos, sentimientos y conductas). Pese a la existencia de diversos marcos teóricos, la terapia cognitivo-conductual (TCC) es la que ha demostrado ser efectiva en un amplio grupo de trastornos psiquiátricos (utiliza diferentes técnicas y debe ser altamente estructurada). En el presente capítulo se repasan los trastornos psiquiátricos más prevalentes en la infancia y la adolescencia, explicando las diferentes técnicas psicoterapéuticas utilizadas que hayan demostrado eficacia en cada uno de ellos.


Palabras clave: Psicoterapia, niños, adolescentes, terapia cognitivo-conductual.

Introducción

Los trastornos psiquiátricos se encuentran entre las afecciones más prevalentes y perjudiciales en la infancia y la adolescencia1. Se calcula que aproximadamente el 20% de los niños y adolescentes de todo el mundo tienen trastornos o problemas mentales2. La gran mayoría de los trastornos mentales comienzan en la infancia y la adolescencia, y muchos de ellos persisten durante la edad adulta1,3.

Por ello, es necesario que los profesionales sanitarios conozcan los diferentes tratamientos disponibles para estas patologías que hayan demostrado evidencia científica respecto a su efectividad. Los tratamientos farmacológicos son quizás los más conocidos, aunque en el presente capítulo nos centraremos en los psicológicos o la psicoterapia.

Podemos definir la psicoterapia como un tratamiento de las enfermedades mentales y psicosomáticas y de los problemas de conducta mediante técnicas psicológicas que tiene como objetivo el cambio de pensamientos, sentimientos y conductas.

Pese a la existencia de diversas escuelas basadas en diferentes marcos teóricos, la terapia cognitivo-conductual (TCC) es la que ha demostrado mayor efectividad en un amplio grupo de trastornos4. Se basa en que el paciente y el terapeuta trabajan conjuntamente para identificar y entender los síntomas en función de la interrelación entre pensamientos, sentimientos y conducta. Se puede aplicar a individuos, familias o grupos. Debe contar con unas metas terapéuticas personalizadas en sesiones semanales (de 10 a 15 sesiones en total) de 1 hora de duración. En psiquiatría infantil y juvenil, la TCC debe ser altamente estructurada. Se utilizan diferentes técnicas que se enumeran a continuación:

  • Psicoeducación. Proporciona información reglada a los pacientes y/o familia sobre el trastorno. Se pretenden reforzar los recursos y habilidades. Por ejemplo: realizar psicoeducación en el trastorno de ansiedad consistiría en explicar qué es la ansiedad (es la respuesta emocional de nuestro organismo ante un estímulo [real o no] que le genera peligro/amenaza), el objetivo que se persigue con el tratamiento, la relación que existe entre la ansiedad y nuestro sistema nervioso autónomo que genera que provoquemos todas las sensaciones de activación a nivel físico (tensión muscular, aumento de la frecuencia cardiaca, incremento de la frecuencia respiratoria, temblor, opresión torácica, etc.), cómo se puede producir el primer ataque de pánico y cómo podemos prevenirlos.
  • Técnicas de relajación. Intentan conseguir estados de baja actividad del sistema nervioso autónomo a través de diversos procesos cognitivos. En niños se utiliza la técnica de relajación progresiva de Jacobson o de «contracción-distensión» muscular. Es una técnica empleada en todas las edades. Se basa en la tensión y relajación de distintos grupos musculares a la vez que se controla la respiración. Se empieza por los extremos más distales del cuerpo (primero los pies y piernas, luego las manos y los brazos) y poco a poco se va progresando hacia el centro del cuerpo (abdomen, torso, hasta la cabeza). Este ejercicio de relajación consiste en tensar durante pocos segundos el grupo muscular para relajarlo el triple de tiempo que ha sido tensado. Habrá que repetir 3 veces con cada grupo muscular.
  • Educación afectiva. Mejora la capacidad de reconocimiento de los propios sentimientos y el control de las emociones.
  • Técnicas de resolución de problemas. Se debe especificar el problema y la respuesta que se da, buscar soluciones alternativas y valorar las consecuencias de cada una y los resultados. Por ejemplo:
  • Identificar el problema o los problemas que se quieren resolver (hay que plantear si tienen solución; en ocasiones el individuo tendrá que aprender a vivir con ellos de la mejor forma posible).
  • Definir el problema detalladamente (debemos intentar ver los problemas como oportunidades y responder a preguntas como: qué, por qué, cómo, dónde, quién, cuándo…).
  • Buscar soluciones (es importante no limitarse, hacer una lluvia de ideas y tener la mayor cantidad de soluciones posible. Por ejemplo, si nuestro problema es que no podemos pagar el alquiler, tendremos diferentes soluciones: buscar un nuevo empleo, reciclarse a nivel profesional, solicitar un aumento, robar un banco, pedir dinero a un familiar, etc.). Evidentemente, la penúltima opción no es la más deseable pero para ello es importante la siguiente técnica.
  • Analizar las consecuencias, con el objetivo de eliminar las soluciones que no son adecuadas (evidentemente, robar un banco no es adecuado porque podemos terminar en la cárcel. Una de las mejores opciones podría ser reciclarse a nivel profesional).
  • Pasar a la acción. Una vez escogida la mejor opción, se debe llevar a cabo; para ello puede ser útil un plan de acción.
  • Una vez realizado nuestro plan para solucionar el problema, nos debemos preguntar: ¿Ha funcionado? ¿Los resultados que tengo son los que quería? ¿Estoy satisfecho con la solución? Y si la respuesta a algunas preguntas es negativa, se debe volver a empezar con el proceso o plantear nuevas soluciones.
  • Habilidades para la regularización de emociones. Las más estudiadas son la revaluación (asignando un significado «no emocional» a un evento) y la supresión (control de la respuesta somática a la emoción). Por ejemplo: el juego del semáforo; es un ejercicio que sirve al niño para identificar sus emociones y poder dar respuesta a su comportamiento. Consiste en dibujar un semáforo con sus tres colores (rojo, verde y naranja) y darle unas instrucciones sencillas al niño para hacerle ver cómo funciona en momentos de enfado, irritabilidad, llanto, etc. (Rojo: debe identificar emociones, determinar su estado de ánimo, seguramente en este momento deberá estar más tranquilo y pensar antes de actuar. Naranja: en este momento el niño ya no está tan enfurecido y puede pensar en las causas de su enfado, buscar soluciones o alternativas y sus consecuencias. Verde: en ese momento el niño se siente bien y puede poner en práctica la mejor solución.)
  • Manejo de la conducta y de las contingencias de reforzamiento. Proporciona un funcionamiento más favorable a través de diversas fases, utilizando el reforzamiento positivo/negativo. El refuerzo positivo se asocia a realizar una conducta con la obtención de una consecuencia agradable; esta consecuencia no tiene por qué ser nada material; puede ser una sonrisa, un halago, etc. (por ejemplo: una madre que felicita a su hija cada vez que realiza las tareas domésticas que tiene asignadas fortalece el aprendizaje por reforzamiento positivo). Con la técnica del refuerzo negativo, la recompensa no consiste en la obtención de un estímulo, sino en su ausencia (no hacer caso a la conducta inapropiada de una hija, es decir, no dar ningún tipo de respuesta, favorece el aprendizaje por reforzamiento negativo).
  • Reestructuración cognitiva. Se intenta producir un cambio en la valoración subjetiva del paciente. Con esta técnica se aprende a identificar los pensamientos desadaptativos para poder sustituirlos por otros más apropiados que permitan reducir o eliminar el malestar (por ejemplo: una persona debe hacer una exposición en público y seguro que pensará: «Esto es horrible, no quiero hacerlo. Me voy a poner muy nervioso/a y todo el mundo me lo notará. Voy a hacer el ridículo, van a pensar que soy tonto/a». La reestructuración cognitiva nos ayudaría a pensarlo de la siguiente manera: «Ponerse nervioso es normal, a todo el mundo le pasa. Y si se me nota, la gente lo entenderá. Pero seguro que me sale bien. Y si no me saliera como yo quiero, tampoco es el fin del mundo. Además, pensar esto sólo me sirve para ponerme más nervioso»).
  • Modelización o aprendizaje vicario, a través de la observación de la conducta y sus consecuencias (por ejemplo: si observamos cómo un compañero se daña por apoyarse en unos fogones encendidos y se produce una quemadura, ya no necesitaremos apoyarnos en la cocina o en los fogones y quemarnos para saber que podemos hacernos daño).
  • Técnicas de exposición. Se utilizan sobre todo en los trastornos de ansiedad, y deben realizarse de manera gradual (por ejemplo: una niña que tiene fobia a los perros y esto le genera un cuadro de ansiedad muy incapacitante. Deberíamos realizar exposición mediante aproximaciones sucesivas al objeto estresante (perros); inicialmente podría consistir en enseñar imágenes o vídeos de perros, pasear por la calle y observar perros a distancia, posteriormente procurar la aproximación a algún perro de algún familiar o amigo, hasta finalmente poder tocar, acariciar el animal, sin generar sintomatología ansiosa).
  • Role playing. Tratamiento de los pacientes mediante la simulación de una situación real.

En el presente capítulo se repasan los trastornos psiquiátricos más prevalentes en la infancia y adolescencia, explicando las diferentes técnicas psicoterapéuticas utilizadas que hayan demostrado eficacia en cada uno de ellos.

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un trastorno del neurodesarrollo, caracterizado por la presencia de síntomas de inatención, hiperactividad o impulsividad que afectan al funcionamiento global de la persona que lo padece. La prevalencia de este trastorno en la población infantil es aproximadamente de un 3-9%, y un 50-70% de los pacientes mantiene dicha sintomatología en la adolescencia y la edad adulta5.

El TDAH se define, según los criterios diagnósticos de consenso del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, en su quinta edición (DSM-5), por la presencia de un patrón persistente de inatención y/o hiperactividad e impulsividad que interfiere en el funcionamiento y el desarrollo del niño o adolescente6.

Se requiere la presencia de 6 o más síntomas de inatención mantenidos durante un mínimo de 6 meses en un grado que no concuerde con el nivel de desarrollo del niño o adolescente y que afecte a las actividades sociales, académicas y laborales. Los síntomas de inatención son los siguientes: con frecuencia el paciente falla en prestar la debida atención a detalles o comete errores por descuido en las tareas escolares, en el trabajo o durante otras actividades; tiene dificultades para mantener la atención en tareas o actividades recreativas; parece no escuchar cuando se le habla directamente; no sigue las instrucciones ni termina las tareas escolares, los quehaceres o los deberes laborales; tiene dificultad para organizar tareas y actividades; evita, le disgusta o se muestra poco entusiasta para iniciar tareas que requieren un esfuerzo mental sostenido; pierde cosas necesarias para tareas o actividades; se distrae con facilidad por estímulos externos; olvida las actividades cotidianas…

Asimismo, se requiere la presencia de 6 o más síntomas de hiperactividad/impulsividad mantenidos durante un mínimo de 6 meses en un grado que no concuerde con el nivel de desarrollo del niño o adolescente y que afecte a las actividades sociales, académicas y laborales. Los síntomas de hiperactividad/impulsividad son los siguientes: el paciente juguetea con o golpea las manos o los pies o se retuerce en el asiento; se levanta en situaciones en que se espera que permanezca sentado; es incapaz de jugar o de ocuparse tranquilamente en actividades recreativas; está «ocupado» actuando como si «lo impulsara un motor»; habla excesivamente; responde inesperadamente o antes de que se haya concluido una pregunta; le es difícil esperar su turno; interrumpe o se inmiscuye con otros…

En función de los criterios diagnósticos del DSM-5, podemos clasificar el TDAH del modo siguiente:

  • Presentación combinada. Presencia de 6 o más síntomas de inatención e hiperactividad/impulsividad durante los últimos 6 meses.
  • Presentación predominante con falta de atención. Presencia de 6 o más síntomas de inatención durante los últimos 6 meses.
  • Presentación predominante hiperactiva/impulsiva. Presencia de 6 o más síntomas de hiperactividad/impulsividad durante los últimos 6 meses.
  • No especificado.

Tratamiento psicológico

Se recomienda emplear la TCC junto con abordajes conservadores como tratamiento inicial para el TDAH en niños y adolescentes, siempre y cuando los síntomas sean leves, tenga un impacto mínimo en el funcionamiento diario, ante un diagnóstico de TDAH incierto o no especificado, en menores de 5 años y ante el rechazo de los padres a la toma de medicación. Las guías de práctica clínica recomiendan un tratamiento combinado, farmacológico y psicológico, en caso de síntomas moderados o graves con gran afectación funcional7.

La literatura científica pone de manifiesto que hasta la fecha se han aplicado las mismas intervenciones psicológicas en la población infantil y adolescente: terapia conductual, terapia cognitiva, entrenamiento en habilidades sociales y reeducación psicopedagógica5,8.

Terapia conductual

La terapia conductual tiene como objetivo identificar los factores que caracterizan una conducta como inadecuada, determinar qué se desea cambiar, y establecer unos objetivos para poder organizar un plan y modificar el comportamiento que se desea cambiar. Existen diferentes estrategias en la terapia conductual: refuerzo positivo, técnicas de economía de fichas, extinción de conducta, tiempo fuera y sobrecorrección.

  • Refuerzo positivo. Al reforzar positivamente la conducta deseada se aumenta la probabilidad de que ésta vuelva a producirse (por ejemplo: realizar elogios mientras se recogen los juguetes después del juego).
  • Economía de fichas. Establece conductas específicas que se desean mejorar y un sistema de recompensa que se activa al conseguir las conductas deseadas. Esta técnica pretende fomentar las buenas conductas (reforzamiento positivo, al conseguir fichas) y disminuir las conductas indeseadas (castigo negativo, al perder fichas). Por ejemplo: se pueden registrar en una hoja los días que un niño no presenta conductas disruptivas, restando los que sí las tenga; cuando se consigan 10 días puede disfrutar de un privilegio (una tarde de cine, salir al parque para jugar con el balón, unas horas «extra» de consola el fin de semana…).
  • Extinción de conducta. Es el modelo más utilizado para reducir una conducta indeseada. Se trata de disminuir la atención a las conductas inadecuadas para dejar de reforzarlas y pretender que no vuelvan a producirse (por ejemplo: dejar de atender al niño cuando tenga una rabieta).
  • Tiempo fuera. Está técnica pretende privar de cualquier elemento reforzador que pueda tener el paciente en el contexto de una mala conducta, aislándolo durante un corto periodo (menos de 5 min). Requiere una explicación previa al menor y ofrecerle la oportunidad de reflexionar ante la presencia de una conducta inadecuada.

Terapia cognitiva

La terapia cognitiva pretende identificar los procesos inadecuados y trabajar con el objetivo de cambiarlos por otros más adecuados:

  • Autoinstrucciones. Son mensajes o verbalizaciones cortas que se puede decir el propio paciente en cuanto detecta que ocurre algo anómalo. Se trata de utilizar automensajes racionales, positivos, lógicos y realistas. Estas verbalizaciones dirigidas a uno mismo pueden ayudar a conseguir objetivos y eliminar o mantener comportamientos que se estén llevando a cabo o que se desee modificar.
  • Técnicas de autocontrol de la conducta.
  • Técnicas de inhibición de respuesta. Estas técnicas consisten en realizar un entrenamiento ante una señal visual de «stop» para inhibir una respuesta y tomar decisiones. Incluyen las siguientes fases: pararse, no actuar, pensar, planificar, actuar y autoevaluación.
  • Técnicas de resolución de problemas.
  • Autoevaluación reforzada. El objetivo de esta técnica es que el niño o adolescente pueda realizar una valoración objetiva de la realidad de las cosas que hace y de cómo reacciona ante ellas.

Entrenamiento para padres. Intervención familiar

Cabe destacar que el entrenamiento para padres y las intervenciones en el ámbito familiar han demostrado ser muy efectivos en la población infantojuvenil5. El entrenamiento para padres puede centrarse en distintos aspectos7:

  • Identificar las situaciones que crean conflicto y las reacciones de comportamiento que generan. Del mismo modo, se pueden identificar los elementos que generan conductas disruptivas.
  • Analizar las consecuencias positivas y negativas de los comportamientos, ya sea apropiado o inapropiado.
  • Establecer métodos de comunicación efectiva de relación paternofilial (contacto visual adecuado, dar órdenes de una en una, usar un tono positivo…).
  • Establecer consecuencias negativas apropiadas a los comportamientos que son inadecuados.
  • Fomentar el uso de un sistema de economía de fichas para los problemas de conducta constantes. Reforzar positivamente las conductas adecuadas.
  • Emplear técnicas de tiempo fuera ante los problemas de conducta más graves.

Entreno en habilidades sociales

Utiliza técnicas de tipo cognitivo y conductual, y se realiza habitualmente en formato grupal.

Reeducación psicopedagógica

Es un refuerzo escolar individualizado, con el objetivo de disminuir los efectos negativos del TDAH en el niño o adolescente, en cuanto a su aprendizaje o competencia académica. Incluye acciones encaminadas a mejorar el rendimiento académico en las distintas áreas, tanto las instrumentales como las más específicas, así como trabajar los hábitos que fomentan las conductas inapropiadas para el aprendizaje y las técnicas de estudio (enseñar estrategias para la preparación y elaboración de exámenes). Por otro lado, también procura mejorar la autoestima, identificando las habilidades positivas y aumentando la motivación. Se pretende enseñar y reforzar conductas apropiadas que faciliten un buen estudio y el cumplimiento de tareas, así como reducir o eliminar los comportamientos poco adecuados, como las conductas desafiantes o los malos hábitos organizativos. Mantener actuaciones de coordinación con el niño o adolescente y la escuela para establecer objetivos y ofrecer a los maestros estrategias de manejo del TDAH en el aula. Intervenir con los padres para enseñar, monitorizar y reforzar el uso continuado de tareas de gestión y organización del estudio en casa.

Trastornos del comportamiento

Los trastornos del comportamiento constituyen una de las causas más frecuentes de consulta al servicio de pediatría y las unidades de salud mental de la infancia y la adolescencia. La prevalencia de estos trastornos en niños de 5-10 años de edad fluctúa entre el 4,8 y el 7,4% en varones y entre el 2,1 y el 3,2% en niñas, según el estudio que se consulte. Para los trastornos de la conducta en adolescentes, la prevalencia varía entre un 1,5 y un 3,4%9.

En la actualidad se distinguen diferentes trastornos de ansiedad en población infantojuvenil según los criterios del DSM-5, de los cuales destacamos 2 por ser los más importantes6:

  • Trastorno negativista desafiante. Su clínica viene determinada por un patrón de comportamiento desafiante hacia las figuras de autoridad, junto con discusiones, negativa a cumplir sus responsabilidades y enfados con otros niños o con los adultos, lo que crea dificultades en varios contextos durante los últimos 6 meses o más.
  • Trastorno de la conducta, o disocial. Se observa un patrón de comportamiento antisocial que vulnera derechos de las otras personas, así como normas de convivencia y/o reglas socialmente aceptadas para su edad. Estos comportamientos son inmanejables por parte de las personas cercanas al individuo sintomático, lo que provoca un deterioro progresivo y significativo en el ámbito interpersonal, relacional y laboral.

El tratamiento tiene que ser multimodal, es decir, deben participar todos los profesionales implicados, con varias estrategias terapéuticas coordinadas entre sí10. La terapia psicológica se considera la primera línea de tratamiento para estos trastornos, y la que ha mostrado más efectividad es la que combina estrategias conductuales y cognitivas. Debemos tener en cuenta que no existen programas de intervención universales, y que la psicoterapia debe aplicarse de forma continuada en todos los entornos del menor11.

Terapia conductual

Incluye técnicas encaminadas a la resolución de conflictos, y es de fácil aplicación por parte del pediatra de atención primaria9,11:

  • Técnica de la reciprocidad. Una persona secundará nuestro propósito si previamente o de manera concomitante se le hace algún regalo, premio o concesión como reforzador. Se puede añadir el elemento reforzador a la petición o realizar una petición elevada y negociar hasta lograr nuestro objetivo real.
  • Técnica de la escasez. Se sustenta en la tendencia que tenemos a valorar más lo que es difícil de conseguir o cualquier oportunidad que se nos puede escapar.
  • Técnica de la validación social. Se basa en la tendencia que tenemos a actuar como lo hacen las personas similares a nosotros que nos rodean.
  • Técnica de la coherencia. Se basa en la importancia social de ser congruente con las actuaciones anteriores y con los compromisos previamente adquiridos.
  • Técnicas de corrección. Interposición de una señal u orden en el momento en que el niño realiza la conducta irregular. Para ello es conveniente la utilización de un lenguaje propositivo previo y reservar la negación para momentos especialmente disruptivos. En casos graves se puede utilizar la contención física mediante la separación forzada del niño y de la situación problema.
  • Técnica de extinción. Ignorar la conducta problemática que realiza el niño desde su comienzo. Hay que tener en cuenta que en las primeras aplicaciones observaremos un aumento de las conductas desafiantes al dejar de ser el centro de atención.
  • Técnica de utilización de reforzadores. Pueden ser tangibles (un pequeño regalo asociado a la conducta positiva) o intangibles (una alabanza, una caricia). Se utilizan para incrementar la probabilidad de aparición de una buena conducta.
  • Técnica de la economía de fichas. Consiste en registrar las conductas positivas del niño y, cuando se alcance el número pactado, asociar un reforzador positivo.
  • Técnica del contrato de contingencias. Documento que recoge los términos de una negociación y las consecuencias de incumplirlo. Se debe realizar por escrito y es especialmente útil en adolescentes. Deben quedar muy claros los términos del contrato, por ejemplo: «si Pepe hace los deberes sin que nadie se lo pida, podrá jugar a la Play 45 min en vez de los 30 estipulados». En ocasiones (dependiendo de la edad del niño) se puede redactar un contrato tipo y hacer firmar a todos los participantes (padres, niños o familiar) para dar mayor validez e importancia a éste.

Psicoterapia cognitiva

Comprende una serie de técnicas encaminadas a modificar los pensamientos, creencias o actitudes del paciente. A diferencia de la psicoterapia conductual, su utilización requiere el aprendizaje y el entrenamiento de una serie de habilidades terapéuticas complejas; por este motivo, no se recomienda su utilización en terapeutas no experimentados.

Destacamos que estas técnicas pueden ser aplicadas en formato grupal, en el que han demostrado ser efectivas y rentables12.

Por último, hay que hacer referencia a una revisión sistemática en la que se muestra la eficacia de la terapia sistémica para niños y adolescentes (y sus familias) en estos trastornos13.

Trastornos de ansiedad

Son los trastornos más frecuentes en la población infantojuvenil, a la que afectan en un 15-20%14,15. La ansiedad es una activación o aceleración del organismo en respuesta a una situación o estímulo que el niño detecta como peligroso. Esta activación es, a veces, una ventaja, pues prepara para la acción y el organismo queda dispuesto a reaccionar rápidamente si fuera necesario, por lo que ciertos niveles leves de ansiedad pueden mejorar la actuación en momentos difíciles; no obstante, unos niveles moderados-graves de ansiedad pueden ser altamente incapacitantes y generar una disfunción en el comportamiento habitual.

En los niños, el miedo o la ansiedad se pueden expresar en forma de llanto, rabietas, quedarse paralizados, aferrarse, encogerse o incapacidad de hablar en público.

En la actualidad, se distinguen diferentes trastornos de ansiedad en la población infantojuvenil según los criterios del DSM-56:

  • Trastorno de ansiedad por separación. Es específico de la población pediátrica en las clasificaciones actuales. Los niños refieren una ansiedad inapropiada y excesiva por su nivel de desarrollo cuando son separados de las figuras de vínculo o de su entorno próximo. Manifiestan una notoria preocupación frente a la separación de sus progenitores, dificultades para ir al colegio o dormir solos, y presentan pesadillas asociadas con la separación en múltiples ocasiones.
  • Trastorno de ansiedad generalizada. Los niños muestran preocupaciones crónicas y excesivas sobre distintas actividades o situaciones (rendimiento académico, amigos, salud, familia, desastres naturales o hechos cotidianos).
  • Trastorno por crisis de ansiedad. Se caracteriza por ataques de pánico inesperados sin causa evidente. Hay que diferenciarlo bien de las crisis de ansiedad contextuales que pueden aparecer en cualquier trastorno de ansiedad, y habitualmente se asocian a agorafobia.
  • Trastorno de estrés postraumático. Ante la presencia de una experiencia traumática existe una tendencia a revivir el episodio traumático con aumento del nivel de ansiedad, presencia de imágenes recurrentes o flashbacks, pesadillas, etc.
  • Fobia específica. Es un miedo o una ansiedad intensa hacia un objeto o situación específica.

Existen otros trastornos de ansiedad según el DSM-5 que también aparecen en niños, como el trastorno de ansiedad social (temor o ansiedad intensa en una o más situaciones sociales en las que el niño puede tener que ser observado o actuar delante de otras personas, con iguales o con adultos), el mutismo selectivo, el trastorno de pánico, la agorafobia, el trastorno de ansiedad secundario a fármacos (benzodiacepinas, estimulantes, inhaladores, cafeína) o el trastorno de ansiedad secundario a una patología médica (hipertiroidismo, epilepsia, déficit de vitamina B12).

La TCC ha demostrado una gran efectividad en el manejo de los trastornos de ansiedad en la población infantojuvenil14,16,17. Los componentes fundamentales de la TCC son los siguientes:

  • Psicoeducación del niño y los cuidadores respecto a la naturaleza del trastorno.
  • Entrenar el manejo conductual: proporcionar técnicas o estrategias para el manejo de las reacciones somáticas, incluido el entrenamiento en técnicas de relajación y respiración diafragmática.
  • Reestructuración cognitiva, con el objetivo de identificar los pensamientos que provocan ansiedad para afrontarlos.
  • Plan de exposición progresiva y prevención de respuesta: exposición sistemática a situaciones o estímulos temidos mediante métodos imaginarios, simulados o in vivo, haciendo hincapié en la desensibilización a los estímulos temidos, y proporcionar un plan de prevención de recaídas.

Tratamiento psicológico

El tratamiento psicológico en la TCC consiste en trabajar, en los niños mayores de 5 años, los aspectos descritos con anterioridad. Dichos aspectos ayudarán al menor a afrontar de forma gradual las dificultades. La TCC junto con la terapia familiar, que tiene como objetivo entrenar a los padres, posee una eficacia añadida. Hasta la fecha, diversos estudios han evaluado la eficacia de la TCC sola o en combinación con el tratamiento psicofarmacológico para el tratamiento de los trastornos de ansiedad en la infancia y adolescencia14,18.

Trastornos depresivos

Trastorno de depresión mayor

Según los criterios diagnósticos del DSM-56, el trastorno depresivo se define como la presencia de 5 o más síntomas durante un periodo de 2 semanas, que representan un cambio respecto a la actividad previa de estos niños y adolescentes. Uno de los síntomas debe ser la presencia de un estado de ánimo depresivo o la pérdida de interés o placer:

  • Estado de ánimo depresivo durante la mayor parte del día, casi todos los días. El estado de ánimo puede ser irritable.
  • Clara disminución del interés o el placer en todas, o casi todas, las actividades durante la mayor parte del día, casi todos los días. Pueden presentar una pérdida de interés por los deportes, los videojuegos y las actividades con amigos.
  • Aumento o pérdida significativa de peso, sin seguir una dieta, o aumento o disminución del apetito casi todos los días. En los niños, considerar el fracaso para el aumento de peso esperado o quejas frecuentes sobre enfermedades físicas: cefalea o malestar abdominal.
  • Insomnio o hipersomnia casi todos los días. En los niños o adolescentes puede estar provocado por el hecho de quedarse hasta altas horas de la noche mirando la televisión, y manifestarse por la negativa a levantarse por la mañana para ir a la escuela.
  • Agitación o enlentecimiento psicomotor casi todos los días. En los niños o adolescentes puede ser hablar sobre el hecho de huir de casa o hacer esfuerzos para huir.
  • Fatiga o pérdida de energía casi todos los días, caracterizada por un aburrimiento persistente.
  • Sentimientos de desvalorización o culpa excesiva o inapropiada (que pueden ser delirantes) casi todos los días. Se muestra como oposicionismo o negativismo.
  • Disminución de la capacidad de concentración, indecisión casi todos los días: bajo rendimiento escolar, absentismo.
  • Pensamientos de muerte recurrentes, ideación suicida recurrente sin un plan específico o un intento de suicidio o un plan de suicidio específico. En niños o adolescentes, ideas o comportamientos suicidas persistentes.

Estos síntomas no deben cumplir criterios para un episodio mixto de un trastorno bipolar; deben provocar un malestar significativo o un deterioro del funcionamiento social, laboral o de otras esferas importantes, y no obedecer a los efectos fisiológicos directos de una sustancia (p. ej., una droga de abuso, una medicación), ni a una enfermedad general.

Tratamiento psicológico

Como regla general, no se recomienda utilizar fármacos antidepresivos en el tratamiento inicial de niños y adolescentes con un trastorno depresivo mayor leve, por lo que se opta por iniciar un tratamiento psicológico de orientación cognitivo-conductual19,20.

Los pacientes con un cuadro de depresión con ideación o conductas autolesivas u otros factores de riesgo o comorbilidades graves, como el abuso de sustancias u otra patología mental, aunque el grado de depresión sea leve, serán tributarios de derivación al centro de salud mental infantojuvenil de referencia.

En los niños y adolescentes con depresión mayor leve y ausencia de factores de riesgo (ideas o conductas autolesivas o comorbilidades), si es posible, es preferible mantener un periodo de observación de 2 semanas y estudiar la evolución de los síntomas. Durante este periodo, el profesional debe promocionar apoyo activo al niño o adolescente y a su familia, así como pautas de hábitos saludables, psicoeducativas y de manejo de situaciones. En caso de persistencia de estos síntomas depresivos, se recomienda iniciar terapia psicológica. Las recomendaciones actuales, según las guías de práctica clínica, se basan en sesiones semanales durante un periodo de 8-12 semanas.

Las modalidades de psicoterapia iniciales recomendadas en la depresión mayor leve son la TCC, la terapia familiar o la terapia interpersonal. Durante este periodo de terapia psicológica se debe realizar un seguimiento regular de la evolución clínica del niño o adolescente.

Las características más importantes de la TCC empleada en la población de niños y adolescentes son las siguientes:

  • Es una terapia centrada en el presente y basada en asumir que la depresión está mediada por la percepción errónea de sucesos y por el déficit de habilidades.
  • Sus componentes esenciales son la activación conductual (aumentar la realización de actividades potencialmente gratificantes) y la reestructuración cognitiva (identificación, cuestionamiento y sustitución de pensamientos negativos). También son elementos importantes el aprendizaje de competencias conductuales y las habilidades sociales en general.
  • Los manuales de tratamiento se estructuran en sesiones de entrenamiento de habilidades y en sesiones opcionales sobre problemas específicos. Habitualmente las estrategias de la terapia se basan en la formulación clínica del problema (en la que se hace hincapié en los factores asociados al mantenimiento del trastorno) y en la sesión terapéutica, que sigue una agenda de problemas que se deben tratar.

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MÓDULO 10

Tema 19. Utilización de psicofármacos en pediatría

A. Redondo Romero, A. Javaloyes Sanchís

Resumen

En los últimos años hemos asistido a un aumento claro de los problemas de salud mental, tanto en niños como en adolescentes (alteraciones del comportamiento, de las emociones, las relaciones sociales o el neurodesarrollo). Además de la elevada prevalencia, los avances en la psicofarmacología infantojuvenil han propiciado también un aumento de los tratamientos farmacológicos disponibles para esta población, y con ello un incremento de las prescripciones de psicofármacos en los últimos años. A pesar de la controversia al respecto, los estudios confirman que estos fármacos desempeñan un papel esencial en algunos cuadros clínicos. El pediatra, ya sea desde su papel de posible prescriptor o de persona de confianza a la que las familias van a demandar su opinión experta, debe conocer la evidencia científica de estos tratamientos y las repercusiones positivas o negativas que pueden tener a corto, medio y largo plazo, así como la necesidad de mantener controles específicos de salud en estos pacientes. En este capítulo vamos a revisar desde la práctica clínica los diferentes psicofármacos comercializados en nuestro país y el papel que desempeña el pediatra en la prescripción y la supervisión de estos tratamientos.


El pediatra como prescriptor de psicofármacos

Sólo un pequeño porcentaje de prescripciones de psicofármacos se realiza directamente desde la atención primaria. Existen dos posibles escenarios: el de la urgencia por intervenir hasta que el paciente sea visitado en un servicio de salud mental (p. ej., ante un cuadro agudo de ansiedad), o el escenario en que el profesional de atención primaria se siente competente para iniciar y supervisar determinadas prescripciones (como ocurre en algunas zonas de nuestro país con los tratamientos del trastorno por déficit de atención, especialmente el inatento). En este segundo escenario, es importante no olvidar la necesidad de incluir siempre en la intervención aspectos psicoterapéuticos o psicoeducativos, apoyo familiar y apoyo individual.

La decisión de prescribir un psicofármaco o no debe tomarse después de haber respondido a las siguientes preguntas: 1) ¿qué diagnóstico/síntomas se requieren tratar?; 2) ¿con qué severidad están repercutiendo en la vida del niño?; 3) ¿qué alternativas hay a la prescripción del psicofármaco?; 4) ¿qué terapias se pueden utilizar de forma complementaria para mejorar la eficacia de la intervención?, y 5) ¿qué riesgos existen, a corto, medio y largo plazo?

Para responder a estas preguntas, es necesario conocer los principios de la psicopatología infantojuvenil (al menos los criterios diagnósticos recogidos en la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales [DSM-5]) y los hábitos de prescripción actuales. En muchas ocasiones es difícil realizar un diagnóstico claro, porque sólo se identifican síntomas diana (como un nivel elevado de impulsividad, ansiedad, tristeza) a los que se va a dirigir el tratamiento. Antes de comenzar el tratamiento, también es importante decidir si hay que realizar un examen físico o pedir alguna prueba complementaria (analíticas, electrocardiograma) como parte del diagnóstico diferencial, para descartar una posible organicidad (p. ej., un problema de tiroides que cursa con ansiedad y alteraciones del ánimo) y garantizar que no existe ninguna incompatibilidad orgánica con el psicofármaco elegido.

Cómo hablar con el paciente y la familia sobre psicofármacos

Clínicamente, es muy importante dedicar un tiempo en la consulta a proporcionar tanto al paciente como a sus padres la información necesaria antes de prescribir el psicofármaco, para que ellos se impliquen también en la toma de decisión. Generalmente, la postura inicial va a ser la de preocupación o rechazo, especialmente en el caso de fármacos cuya indicación en ficha técnica no coincide con la indicación para la que lo prescribimos (p. ej., uso de risperidona en niños pequeños cuando su indicación en ficha técnica es la psicosis). Es importante remarcar la evidencia existente y ser realistas en cuanto a los beneficios esperados; en la mayoría de los cuadros psicopatológicos hay que hablar de una mejoría sintomatológica, y no tanto de curación del problema, ya que para ello se necesitan intervenciones más amplias.

En los últimos años se ha introducido como recomendación la obtención de un consentimiento informado del paciente y de la familia en todas las prescripciones de psicofármacos, especialmente en los que se utilizan fuera de las indicaciones de la ficha técnica. Tanto los adolescentes como sus familias deben disponer de antemano de la información necesaria (nombre del fármaco, indicación, posología, efectos secundarios, interacciones y contraindicaciones) y, en caso de utilizarse un consentimiento informado, confirmar que han recibido dicha información y disponer de una copia de los datos. La alianza terapéutica es esencial a la hora de solicitar el consentimiento informado, y el pediatra desempeña un papel crucial en este proceso. La gran mayoría de los abandonos o rechazos a iniciar el tratamiento son consecuencia de la falta de información de calidad a este respecto.

Existen varios modelos disponibles para el uso del consentimiento informado en el tratamiento con psicofármacos tanto por parte del pediatra como del psiquiatra infantil. Los más extensos pueden ser específicos para cada psicofármaco, e incluyen los efectos adversos y las contraindicaciones específicas. En la tabla 1 se incluye un modelo más genérico, que puede utilizarse para las diferentes familias de psicofármacos.

 

Papel del pediatra una vez prescrito el psicofármaco

Aunque en la mayoría de los casos la prescripción se realice desde los dispositivos de salud mental, es frecuente que el pediatra reciba en las primeras semanas consultas sobre los posibles síntomas asociados o no al nuevo tratamiento, o dudas sobre cómo se ha realizado la prescripción. La proximidad (tanto física como afectiva) y la mayor disponibilidad del pediatra facilitan que las familias recurran también a este profesional para valorar conjuntamente la percepción de mejoría y/o posibles cambios. Por último, el pediatra se implica en la realización de algunos controles de salud necesarios cuando se pautan estos tratamientos (aunque el profesional de salud mental puede gestionar los controles de presión, peso, altura y las peticiones de analíticas).

Una vez elegido el fármaco más indicado (balance entre efecto terapéutico y posibles efectos secundarios), el prescriptor siempre buscará la menor dosis con efecto terapéutico y evaluará continuamente la eficacia y la tolerancia; por tanto, se hará una escalada lenta para reducir el riesgo de efectos secundarios y favorecer una buena adherencia (dejando clara la opción de consultar durante este proceso si existe alguna duda).

Después de unas semanas de comenzar el tratamiento farmacológico habrá que comprobar si la clínica ha mejorado. Para ello, es importante realizar una revisión del tratamiento, y recoger los cambios apreciados, tanto personales como en el contexto familiar y escolar. Como hemos dicho anteriormente, la gran mayoría de los pacientes precisa un modelo de intervención integral, que permita aumentar la eficacia terapéutica, evitar recaídas y reducir la duración del tratamiento farmacológico.

En cada visita de seguimiento hay que decidir, en función del grupo farmacológico descrito, si es necesario realizar o repetir alguna prueba complementaria o valorar los posibles cambios en alguna de las determinaciones (analítica de control, peso, frecuencia cardiaca, presión arterial…).

Aunque en la práctica clínica muchos niños y adolescentes reciben prescripciones de psicofármacos de más de 1 año de duración, los estudios longitudinales que aportan información sobre los beneficios y riesgos de la exposición a psicofármacos a largo plazo continúan siendo limitados. Por tanto, es importante revisar de forma regular la necesidad de mantener un tratamiento farmacológico. Aunque en función de la patología y la familia de psicofármacos la duración del tratamiento es diferente (p. ej., las benzodiacepinas no deben mantenerse más de 4 semanas, los tratamientos para el déficit de atención se mantienen durante muchos años y los inhibidores de la recaptación de serotonina [ISRS] deben mantenerse al menos 6 meses), por regla general el tiempo recomendado para revisar la necesidad de mantenerlo es de 3 meses de estabilidad sintomatológica. Como hemos señalado, hay mayores garantías de mantener la efectividad una vez retirado el tratamiento farmacológico si se ha trabajado de forma paralela en la atención psicoterapéutica.

Es importante que en los niños con psicofármacos prescritos durante ≥6 meses se realice un seguimiento cercano de los aspectos clínicos, como el peso, la talla, la presión arterial y las variables bioquímicas, como la función hepática (lo recomendable es realizar una analítica de control al menos 1 vez al año).

Una vez tomada la decisión de retirar el tratamiento, es importante mantener un seguimiento muy cercano y planificar una reducción muy gradual. Será importante en esta etapa dejar claro al niño y a su familia cuáles pueden ser las primeras señales de alarma de una posible recidiva.

Familias de psicofármacos disponibles en nuestro país

Para facilitar la organización, se van a presentar las diferentes familias de tratamientos farmacológicos disponibles, haciendo mención a los diagnósticos o síntomas para los que están indicados. Al final del capítulo se incluye una lista de psicofármacos disponibles en nuestro país, organizados por diagnósticos y síntomas, que puede ser de ayuda para tener claro el tratamiento.

Psicoestimulantes

Son la primera línea de tratamiento en el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), salvo si el niño presenta un nivel de ansiedad elevado, un cuadro de tics o una epilepsia comórbida, en cuyo caso la primera indicación serían los inhibidores de la recaptación de noradrenalina (atomoxetina), o cuando el perfil de impulsividad o de trastorno de conducta sea muy elevado, en cuyo caso los alfa-2 agonistas tendrían un papel claro (guanfacina).

La efectividad de los psicoestimulantes es del 80%. Hasta 2015 sólo contábamos en nuestro país con metilfenidato, comercializado en presentaciones de liberación rápida o lenta. Está disponible en presentaciones de 4, 8 y 12 horas, lo que permite una respuesta más individualizada en función de la edad del paciente, los horarios lectivos y los posibles efectos secundarios que aparezcan; si el niño no sabe tragar, sólo podrá beneficiarse de las presentaciones de metilfenidato de 4 y 8 horas, ya que la de 12 horas utiliza un sistema oros que obliga a que la pastilla se trague entera. Estas presentaciones serán las recomendadas si aparecen efectos secundarios relacionados con el apetito o el sueño, ya que permiten tiempos libres de tratamiento durante el día y, por tanto, ausencia de efectos secundarios.

En 2014 se comercializó en nuestro país la lisdexanfetamina en presentaciones de 30, 50 y 70 mg, que tiene un periodo de efectividad de 13 horas; como principal novedad, cabe decir que se trata de un profármaco, por lo que se eliminan las interacciones de absorción y metabolización. La pauta recomendada es una dosis menor (30 mg) durante las 2 primeras semanas, independientemente de la edad o el peso del niño, y ajustarla gradualmente en función de la eficacia.

Los psicoestimulantes no se recomiendan antes de los 6 años de edad. El mayor número de prescripciones se realiza entre los 8 y los 10 años, y luego entre los 13 y los 15, ya que, aunque en algunos casos el diagnóstico se realiza de forma tardía, es en esta etapa (coincidiendo con el mayor nivel de impulsividad y el aumento de las demandas académicas) cuando se comienza el tratamiento farmacológico.

Las dosis iniciales de metilfenidato son de 0,5 mg/kg/día, que se pueden aumentar hasta 1,2 mg/kg/día en función de la efectividad. Con las presentaciones de liberación rápida se deben administrar 2-3 dosis iguales al día siempre después del desayuno, la comida y la merienda (debido al efecto supresor del apetito). Los de liberación lenta de 12 horas se administran 1 vez al día, y los de 8 horas, aunque son una buena opción cuando no existe demasiada carga académica, en algunos casos pueden administrarse con una segunda dosis a la hora de comer, o complementarse con una dosis de liberación rápida después de la merienda. La lisdexanfetamina debe ingerirse después del desayuno, en una única toma al día, y el comprimido puede disolverse en agua.

En todos ellos es importante valorar la respuesta y la tolerancia pasadas unas semanas y, en la medida de lo posible, utilizar escalas e informes escolares que permitan cuantificar los cambios y los posibles efectos secundarios. En los casos en que exista un componente muy elevado de impulsividad o problemática conductual, se pueden combinar los psicoestimulantes con neurolépticos.

La decisión de interrumpir la medicación los días no lectivos y en periodos de vacaciones debe ser individualizada (en el 80% de los casos las prescripciones se mantienen hasta los 16 años, y del 20% restante un 5% de los pacientes llega a la etapa universitaria con el tratamiento). Para atribuir un efecto positivo o negativo a la medicación se requiere un plazo razonable de tiempo, aunque en la mayoría de los casos el beneficio se observa a partir de las primeras semanas. A pesar de que, como hemos dicho, en la mayoría de los casos el tratamiento se mantiene hasta el final de la adolescencia, es importante revaluar la situación de forma periódica (quizás al comienzo de cada curso académico) y decidir la conveniencia de proseguirlo.

Los efectos secundarios de los psicoestimulantes son: pérdida de apetito, insomnio, fenómeno de rebote al extinguirse el efecto de la dosis de la tarde, dolor abdominal, cefalea y empeoramiento de los tics. Es muy posible que la familia acuda al pediatra tras la aparición de estos efectos, quien tendrá que valorar la necesidad de intervenir. Ante la pérdida de peso es mejor reducir la dosis del fármaco o introducir descansos en el fin de semana que utilizar estimulantes del apetito. En casos de insomnio hay que intentar utilizar presentaciones que se hayan eliminado por completo antes de conciliar el sueño. Para evitar la aparición de cefaleas o abdominalgias se debe hacer una escalada muy lenta de la dosis. En los niños con TDAH y epilepsia se recomienda el tratamiento con psicoestimulantes cuando no presentan crisis y se mantiene un tratamiento anticonvulsivante de base. En los niños con TDAH y tics, el uso de psicoestimulantes es controvertido y hay estudios que sugieren que en dosis altas o con presentaciones de liberación lenta se produce un mejor control de los tics.

En los niños con TDAH y trastornos del desarrollo del espectro autista, este tratamiento se debe emplear con precaución, ya que en ocasiones puede provocar una agitación psicomotriz, por lo que se recomienda introducir la pauta lentamente y mantenerla en dosis bajas. De todas formas, en algunos casos mejora la concentración y reduce la hiperactividad y los movimientos estereotipados.

La tarea del pediatra de atención primaria con este grupo de fármacos es implicarse en el seguimiento y supervisar los posibles efectos secundarios. En el subgrupo de niños que presentan un TDAH puro, también sería posible manejar los psicoestimulantes desde atención primaria (al parecer, en algunas regiones de nuestro país esta práctica es habitual).

Existe una controversia abierta respecto al aumento de la prescripción de estos fármacos y el posible abuso, especialmente en la adolescencia. Es justo dejar claro que las cifras de prevalencia del TDAH son muy elevadas y, por tanto, el porcentaje de prescripciones de metilfenidato en niños y adolescentes también. Además existe otra área de debate claro respecto al riesgo de abuso del metilfenidato en adolescentes. Los estudios demuestran claramente que, a largo plazo, el riesgo de consumo de tóxicos es más bajo en los adolescentes con TDAH que reciben un tratamiento farmacológico que en los que no lo reciben. Si existe un perfil de especial riesgo, es mejor utilizar las formulaciones de liberación lenta que las de liberación rápida.

No existe tampoco un consenso claro en cuanto a las pruebas complementarias que se deben realizar antes y durante el tratamiento. Las pruebas complementarias no son necesarias de forma sistemática antes del tratamiento. En caso de que existan dudas entre un déficit de atención puro y una epilepsia de ausencias, se debe realizar un electroencefalograma. Igualmente, ante la sospecha de una sintomatología compatible con un hipertiroidismo o una anemia, se realizarán una analítica y una exploración física para descartar la presencia de estas patologías, ya que pueden presentar síntomas parecidos.

En todos los niños antes de la prescripción es necesario realizar una exploración cardiovascular desde atención primaria. La realización de pruebas más exhaustivas, como un electrocardiograma o un ecocardiograma, sólo será necesaria en caso de que haya alguna patología cardiaca o una historia familiar de problemas cardiovasculares de relevancia. Se recomienda medir la presión arterial, el pulso, la talla y el peso, al menos, cada 3 meses, y realizar una analítica de control (hemograma, bioquímica y función hepática), como mínimo, 1 vez al año.

En la tabla 2 se incluyen las recomendaciones oficiales de la Asociación Española de Psiquiatría del Niño y el Adolescente (AEPNYA) sobre el uso de estos fármacos.

 

Inhibidores selectivos de la recaptación de noradrenalina

Atomoxetina es el fármaco central de esta familia desde su introducción como tratamiento del TDAH en niños y adolescentes (en Estados Unidos está comercializada desde el primer trimestre de 2003, y en España desde finales de 2007). En 2016 llegó al mercado la presentación en solución (4 mg/mL), que facilita la ingesta, especialmente a los más pequeños. Atomoxetina es el psicofármaco con mayor número de ensayos clínicos en niños y adolescentes, por lo que a pesar de la corta trayectoria de uso, oferta un perfil de efectividad y tolerancia demostradas en la población infantojuvenil.

Al no ser un psicoestimulante, amplía las opciones terapéuticas de este trastorno. La dosis recomendable es de 0,5 mg/kg/día durante 1 semana y después 1,2 mg/kg/día, distribuidas en una sola toma en el desayuno. Se presenta en cápsulas (se recomienda no abrir el envase) y solución. Los efectos secundarios más frecuentes suelen ser molestias gastrointestinales, cefaleas y, en algunos casos, cansancio o sueño (que puede aliviarse pasando la toma a la noche). Su efectividad plena no se observa hasta pasadas las 4 primeras semanas.

Los estudios muestran que tiene un perfil más específico cuando el adolescente presenta un nivel elevado de ansiedad comórbida o un trastorno por tics. De igual manera, hay que considerarla como una buena opción terapéutica si el niño presenta epilepsia de forma comórbida.

Se recomienda también realizar un control de la presión arterial y el pulso; si se mantiene el tratamiento a largo plazo, sería recomendable realizar una analítica general, al menos, 1 vez al año.

Alfa-2 agonistas

Desde 2017 disponemos como nueva indicación para el TDAH de un alfa-2 agonista, la guanfacina (que ya venía utilizándose junto con la clonidina en otros países). Los estudios demuestran un nivel de eficacia elevado con este fármaco, especialmente si existe un perfil de gran impulsividad en el paciente.

Las presentaciones disponibles son de 1, 2, 3 y 4 mg, y la recomendación es comenzar con una dosis inicial de 1 mg y pasar cada 10-15 días a la siguiente posología en función de la eficacia y la tolerancia. Debido a la alta eficacia en el control de los impulsos, la guanfacina permite la reducción de la dosis o, en algunos casos, la interrupción de los neurolépticos que se utilizan de forma conjunta en niños y adolescentes con un diagnóstico de TDAH con una problemática conductual importante (por tanto, permite reducir o eliminar los efectos secundarios de los neurolépticos, que a veces son bastante perjudiciales para la salud del niño, como el aumento de peso o el embotamiento cognitivo).

En el seguimiento médico es importante realizar un control regular de la presión arterial y el pulso, así como una vigilancia cercana de los efectos secundarios, entre ellos la sedación y los mareos.

Antidepresivos

Aunque no están exentos de controversias, está claro que los antidepresivos se utilizan en los niños en diagnósticos muy variados y pueden mejorar, entre otros, los siguientes síntomas: tristeza, ansiedad, síntomas obsesivo-compulsivos, labilidad emocional y fobia social. Los diagnósticos clínicos en que están indicados los antidepresivos son: episodios depresivos, trastornos de ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo y enuresis nocturna. La edad a partir de la cual se pueden prescribir varía, pero en su mayoría a partir de los 10 años.

Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina

Entre los ISRS más utilizados en la infancia y la adolescencia se encuentran los siguientes: fluoxetina (20 mg/día), paroxetina (20 mg/día), sertralina (50-100 mg/día), citalopram (10-20 mg/día) y fluvoxamina (50-150 mg/día). Además de su eficacia clara en los trastornos depresivos, han demostrado una efectividad evidente en cuadros de ansiedad, por lo que en casos severos se aconseja la utilización de estos fármacos en lugar de benzodiacepinas. Por último, esta familia de fármacos tiene efectividad en los trastornos obsesivo-compulsivos (especialmente la fluvoxamina).

Las dosis que se utilizan son las mismas recomendadas en los adultos. Por lo general, son bien tolerados (los efectos secundarios más frecuentes son los síntomas gastrointestinales). Se aconseja mantenerlos, al menos, entre 3 y 6 meses después de la mejoría. Es importante vigilar en el adolescente la aparición de síntomas hipomaniacos y retirar el fármaco si éstos aparecen.

Existe un área de controversia clara con esta familia de fármacos: el posible aumento de la ideación suicida y, por tanto, los aspectos legales derivados de su utilización. A pesar de que inicialmente se generó una alerta farmacológica por este riesgo, actualmente la indicación se mantiene tanto para los niños como para los adolescentes, y existen recomendaciones claras sobre su utilización.

Cada vez más profesionales de salud mental y algunos pediatras de atención primaria utilizan esta familia de psicofármacos, sobre todo en los adolescentes, y especialmente en los niños y adolescentes con una sintomatología psicosomática grave o cuadros de fobia escolar o social.

En la tabla 3 se incluyen las recomendaciones oficiales de la AEPNYA sobre el uso de esta familia de fármacos.

 

Antidepresivos tricíclicos

Debido a la tasa alta de efectos secundarios (cardiotoxicidad y sedación) y de toxicidad en caso de sobredosis, estos fármacos no están indicados en la infancia y la adolescencia como primera línea de antidepresivos, a pesar de tener una eficacia clara. Los antidepresivos tríciclicos se utilizan también para el trastorno obsesivo-compulsivo, y en dosis bajas para mejorar la enuresis nocturna en los casos en que no haya funcionado la desmopresina. Los más utilizados en niños y adolescentes son: imipramina, clomipramina amitriptilina y desipramina. Se recomienda utilizar dosis bajas y vigilar de cerca los efectos secundarios, sobre todo cardiacos.

Antes de comenzar el tratamiento, se aconseja realizar un electrocardiograma de base y repetirlo, al menos, 1 vez cada 6 meses.

Neurolépticos/antipsicóticos

Aunque los neurolépticos tienen como principal indicación el tratamiento de los trastornos psicóticos, en la infancia y la adolescencia se utilizan de forma muy frecuente para controlar los síntomas que se enmarcan dentro de las conductas disruptivas y la agresividad (impulsividad, irritabilidad, baja tolerancia a la frustración…). También tienen una efectividad clara en los trastornos por tics complejos y el síndrome de Tourette (ST).

Los neurolépticos atípicos, a diferencia de los convencionales, tienen un perfil de efectos secundarios mucho más limpio, y en dosis bajas se utilizan desde edades bien tempranas. Es importante pautarlos sólo cuando el nivel de sintomatología es muy elevado y hayan fracasado alternativas en la intervención.

Los neurolépticos atípicos más utilizados en este grupo de edad son: risperidona, olanzapina, paliperidona, aripiprazol, ziprasidona, amisulprida y quetiapina. Muchos estudios han confirmado una clara eficacia de risperidona para la irritabilidad, la agresividad y la agitación en niños y adolescentes con trastornos del espectro autista y con problemas de conducta asociadas a otras patologías (como el TDAH o el trastorno negativista desafiante).

Para los cuadros de tics complejos o el diagnóstico de ST, está indicado el tratamiento con haloperidol (antipsicótico convencional) en dosis de 0,5-3 mg/día, o los antipsicóticos atípicos, como el aripiprazol o la quetiapina.

La dosis de estos fármacos no depende del peso, por lo que siempre hay que empezar con la dosis mínima y hacer una escalada gradual en las siguientes semanas, hasta alcanzar la eficacia junto con una buena tolerancia. La mayoría de ellos ofrecen la posibilidad de administración en jarabe, gotas o comprimidos dispersables, lo que facilita en ciertos casos la administración y la adherencia al tratamiento en algunos niños. Respecto a las pruebas complementarias, es recomendable realizar una analítica de control cada 6 meses y determinar los niveles de prolactina, ya que ésta puede aumentar.

Un claro problema relacionado con el uso de estos fármacos en niños y adolescentes es el frecuente aumento del apetito y del peso, lo que supone para esta población una repercusión muy negativa. Igualmente, hay que revisar las posibles repercusiones cognitivas en el rendimiento académico. Existe también un riesgo de aparición de efectos extrapiramidales (distonías, temblores…). La duración de estos tratamientos debe ser lo más limitada posible, por lo que hay que reducirlos gradualmente después de un periodo de estabilidad conductual.

Es importante explicar a las familias que es posible que la indicación de la prescripción no coincida con la del prospecto, para evitar un posible rechazo del tratamiento, y también clarificar que en muchos casos se prescriben estos fármacos para mejorar los síntomas y no para curar los trastornos.

Aunque en la mayoría de los casos van a utilizarse desde los dispositivos de salud mental, de forma puntual, en casos de elevada agresividad o irritabilidad, pueden utilizarse en atención primaria, siempre como parte de un plan de intervención y comenzando por unas dosis bajas.

Estabilizadores del estado de ánimo/moduladores del control de impulsos

Tanto los antiguos antiepilépticos (carbamazepina y ácido valproico) como los nuevos antiepilépticos, entre los que se encuentran gabapentina, lamotrigina, oxcarbazepina, tiagabina y topiramato, se han utilizado en psiquiatría del adolescente para el tratamiento del trastorno bipolar de inicio temprano. Sin embargo, el uso más frecuente es cuando existe en el adolescente un elevado descontrol de los impulsos. Por este motivo, en muchos niños y adolescentes con problemas conductuales se prescribe un fármaco de esta familia con el objetivo de reducir la impulsividad, la agresividad y las conductas de riesgo. Esta indicación no se recoge en la ficha técnica.

La oxcarbazepina ofrece un perfil mucho «más limpio» de efectos secundarios que la carbamazepina, y no es necesario realizar analíticas de control ni establecer niveles terapéuticos. La dosis recomendada es de 15-40 mg/kg/día, repartida en 2 tomas. El ácido valproico tiene acción como estabilizador emocional, y también mejora la agresividad y la impulsividad. La dosis recomendada oscila entre 20 y 40 mg/kg/día, repartida en 2 tomas. Los efectos secundarios más frecuentes son el aumento del apetito y del peso, la caída de cabello y los temblores. El topiramato presenta propiedades terapéuticas para la impulsividad y la agresividad, y tiene un perfil específico en adolescentes con bulimia, por su efecto de disminución del apetito.

El litio, a pesar de su clara efectividad en el trastorno bipolar de inicio temprano y en los problemas conductuales en población discapacitada, se reserva como segunda o tercera línea de tratamiento, debido a su toxicidad a largo plazo y a la necesidad de realizar controles hematológicos regulares.

Generalmente, el uso de esta familia de psicofármacos se establece desde los servicios de salud mental infantil, y la función del pediatra se limita a una supervisión de la tolerancia y la eficacia.

Benzodiacepinas

La utilización de las benzodiacepinas en niños y adolescentes debe limitarse a casos graves y a periodos muy breves (menos de 4 semanas). Su principal indicación son los trastornos de ansiedad. Algunos de ellos, como el clorazepato, cuentan con una presentación pediátrica, lo que hace posible ajustar la dosis en los niños de forma adecuada. En los adolescentes es mejor utilizar diazepam o lorazepam, ya que permiten un mejor ajuste de la dosis.

Es importante vigilar los efectos secundarios cognitivos; cuando se utilizan en trastornos del espectro autista, es posible que produzcan una respuesta paradójica, aumentando el nivel de agitación.

Si existe un trastorno del sueño en el adolescente, hay que intentar utilizar medidas higiénicas inicialmente. Se puede administrar melatonina durante unas semanas para establecer un patrón de sueño saludable.

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MÓDULO 9

Tema 18. Urgencias psiquiátricas en la infancia y la adolescencia

J.Á. Alda Díez, A. Huguet Miguel

Resumen

La urgencia psiquiátrica en niños y adolescentes se define como cualquier proceso que genere suficiente tensión emocional, para que ellos o la familia consideren difícil el control de la situación. Es importante señalar que no existe una relación causal directa entre los factores concretos y los síntomas o trastornos específicos;es decir, los trastornos mentales son de origen multifactorial. Las principales patologías atendidas en las urgencias psiquiátricas infantojuveniles son los trastornos de conducta, la ideación autolítica y las crisis de ansiedad. El servicio de urgencias psiquiátricas del niño y el adolescente debe estar integrado dentro de un servicio médico hospitalario. La atención psiquiátrica en urgencias debe ser puntual, inmediata, intensiva y de duración suficiente, que garantice la seguridad tanto del paciente como de los profesionales. Es imprescindible plantear el seguimiento posterior a la urgencia, tanto de forma ambulatoria como en hospitalización parcial o total.


Introducción

El término «urgencia» deriva etimológicamente de urgir (urgere), que significa «instar o precisar una cosa a su pronta ejecución o remedio». La urgencia psiquiátrica se describe como una perturbación en el pensamiento, las percepciones, las emociones o la conducta que, por su gravedad, necesita una intervención terapéutica inmediata. En el ámbito infantojuvenil se entiende como el proceso que genera suficiente tensión emocional para que el niño, el adolescente o la familia consideren difícil el control de la situación. Generalmente, se atiende a niños y adolescentes con síntomas agudos e intensos que se han producido durante las últimas horas o días. En algunos casos suponen la descompensación o la reagudización de un trastorno preexistente.

Al igual que el resto de las disciplinas médicas, en el ámbito hospitalario, la atención de las urgencias psiquiátricas del niño y el adolescente supone el nivel de mayor complejidad de atención sanitaria, por lo que requiere una sensibilización especial. No es posible comprender al niño desde una perspectiva exclusivamente biológica, dejando de lado su ámbito social o emocional. No hay que olvidar que el niño es un ser en desarrollo, con una vulnerabilidad y unos factores de riesgo y protección distintos a los del adulto.

Las principales patologías atendidas en las urgencias psiquiátricas de niños y adolescentes son los trastornos de conducta, las conductas autolíticas e intentos de suicidio y las crisis de ansiedad.

Los servicios psiquiátricos de urgencias proporcionan un acceso rápido a la evaluación psiquiátrica y tratamiento a corto plazo. Los profesionales que atienden a estos pacientes constituyen un equipo multidisciplinario (psiquiatras, psicólogos, personal de enfermería especializado en salud mental, auxiliares y, en ocasiones, trabajadores sociales). El abordaje y el manejo del paciente en crisis deben llevarse a cabo en un espacio adecuado y tranquilo, priorizando la atención en la seguridad del paciente y del personal sanitario. Una vez atendido el paciente, será imprescindible diseñar y plantear el seguimiento (ambulatorio o en régimen de hospitalización parcial o total).

Epidemiología

No disponemos de estadísticas claras sobre el impacto real de las urgencias psiquiátricas en la población pediátrica. Se ha estimado que la tasa de prevalencia mundial de urgencias psiquiátricas en la población adulta y en hospitales generales es de un 1-10%. Algún estudio supone que el impacto real de las urgencias psiquiátricas en la población infantil es de un 1% del total de urgencias atendidas, destacando que se estima que un 25-50% de las urgencias pediátricas presenta un trasfondo emocional.

Modelo de abordaje en urgencias

El procedimiento a seguir en el abordaje de las urgencias psiquiátricas se muestra en la figura 1. La atención psiquiátrica en urgencias debe ser inmediata, intensiva y puntual, aunque de duración suficiente para garantizar la seguridad del paciente. La tensión en el servicio de urgencias suele ser alta, por lo que el equipo multidisciplinario debe ser suficientemente numeroso y equilibrado (similar proporción de mujeres y hombres), y estar formado en el manejo de este tipo de situaciones (plan de actuación en urgencias psiquiátricas y técnicas de comunicación).

 

Evaluación del paciente psiquiátrico en urgencias

La evaluación en urgencias debe realizarse de la forma más rápida posible. Tiene como objetivo principal llevar a cabo una adecuada valoración del paciente en crisis con la finalidad de establecer una aproximación diagnóstica inicial, identificar los factores precipitantes (personales, interpersonales y/o situacionales) y las necesidades inmediatas para la estabilización del síndrome, garantizando la mejor calidad asistencial para el paciente.

En la atención a las urgencias psiquiátricas se debe intentar recoger la información de la historia clínica de una forma más rápida y estructurada que en la atención a urgencias no psiquiátricas, debido a la complejidad y la intensidad de la manifestación de síntomas y al posible riesgo de daño del paciente u otras personas. La evaluación debe ser completada en una sola sesión y en un tiempo limitado. El setting inicial para la exploración del paciente debería escogerse maximizando la seguridad del paciente y del profesional. Se recomienda no visitar al paciente a solas y asegurarse de que el box de urgencias disponga de las siguientes medidas de seguridad:

  • Camilla anclada al suelo.
  • Al menos 2 puertas (una situada detrás del personal facultativo).
  • Apertura de las puertas hacia fuera.
  • Disponer de timbre-botón de alarma y activación de código de contención.
  • Depósito de medicamentos bajo llave.
  • Espacio sin objetos potencialmente peligrosos.

Se recomienda abordar la situación desde una forma racional, congruente, respetuosa, con aceptación incondicional y empática. Estas actitudes son vitales para establecer una buena alianza terapéutica y dar un primer paso hacia el abordaje y tratamiento eficaz.

En todos los casos, en primer lugar, es necesario descartar la existencia de un problema orgánico o patología física que justifique los síntomas que presenta el paciente. Por este motivo, es importante realizar siempre una exploración física y, en los casos que se considere oportuno, llevar a cabo pruebas complementarias. Existen algunas características sugerentes de organicidad, como las siguientes: presencia de enfermedad médica o lesiones intercurrentes, comienzo reciente o brusco; sin historia previa de trastorno mental, sintomatología psiquiátrica atípica, alteraciones perceptivas no auditivas, alteraciones de la conciencia, síntomas neurológicos y/o trastornos del movimiento, marcha o lenguaje.

Durante la evaluación psiquiátrica urgente es importante obtener el motivo de consulta de cada informante; desarrollar, siempre que sea posible, una alianza terapéutica entre todos los implicados, y recoger todos los elementos que conforman la historia clínica (anamnesis, antecedentes personales médicos y psiquiátricos, antecedentes familiares, historia de la enfermedad actual), profundizando en la secuencia de presentación de los síntomas y tratamiento previo si procede.

En la exploración psicopatológica del niño y el adolescente en urgencias deben valorarse los siguientes aspectos:

  • Apariencia.
  • Actitud y grado de colaboración.
  • Nivel de conciencia.
  • Lenguaje y habla.
  • Lenguaje no verbal.
  • Nivel cognitivo (intelectual).
  • Alteraciones del pensamiento.
  • Alteraciones de la percepción.
  • Criterio de realidad y capacidad de juicio.
  • Control de impulsos.
  • Signos de auto/heteroagresividad.
  • Psicomotricidad.
  • Ritmos biológicos: apetito, sueño, sexualidad.

Una vez atendida la urgencia psiquiátrica (evaluación y orientación diagnóstica), hay que determinar el tratamiento posterior, valorando la mejor opción para el paciente y la familia: ingreso hospitalario, remitir al paciente al centro de salud mental de zona (hospital de día, seguimiento ambulatorio) o a su médico de atención primaria.

Al realizar el alta habrá que tener en cuenta varios aspectos:

  • Destino (cómo, dónde y con quién se va; dónde se va a realizar el seguimiento).
  • Recomendaciones y conductas por parte del paciente y acompañantes.
  • Tratamiento psicofarmacológico administrado y pauta de medicación.

Principales síndromes en la urgencia psiquiátrica

Agitación psicomotriz

La agitación psicomotriz se define como un estado de excitación mental (ansiedad, cólera, pánico, euforia, impulsividad) acompañado de hiperactividad motora. Puede ser una manifestación de diferentes condiciones subyacentes, aparecer debido a una enfermedad orgánica (alteraciones neurológicas o metabólicas, consumo de tóxicos) o a partir de la manifestación de varios trastornos psiquiátricos (trastornos generalizados del desarrollo, retraso mental, trastorno de conducta, trastorno oposicionista, trastorno bipolar, trastorno psicótico, trastornos de personalidad, trastorno secundario al abuso de sustancias), y/o debido a una causa reactiva (estrés postraumático o abuso sexual).

Abordaje de la agitación psicomotriz

Lo más frecuente es que el paciente agitado acuda acompañado por los servicios de emergencias o por la policía, es decir, la mayoría de las veces se trata de un menor que acude en contra de su voluntad y con una baja o nula conciencia de enfermedad y, por tanto, muestra poca colaboración. Este tipo de cuadros obliga a los servicios de urgencias a actuar de forma inmediata, en ocasiones con escasa información de lo que le pasa al paciente y poniendo en marcha las medidas de seguridad adecuadas. Ante un cuadro de agitación, el paciente puede realizar actos imprevisibles y, en ocasiones, violentos y agresivos. El objetivo principal en el tratamiento de estos cuadros es garantizar la seguridad tanto del personal sanitario como del paciente y su familia. Se recomienda seguir el protocolo de manejo de episodios de agitación (figura 2):

 

Medidas ambientales

La entrevista deberá realizarse en un lugar tranquilo y seguro, sin objetos potencialmente peligrosos. Deberemos valorar si la presencia de los familiares durante la entrevista es un elemento facilitador o no de la crisis de agitación, y actuar en consecuencia.

Contención verbal

Su objetivo principal es calmar, relajar, escuchar y facilitar que el paciente se exprese. Es importante hablar al paciente de una forma amable, calmada, segura, con un tono de voz suave y manteniendo el contacto visual, sin ser éste prolongado y excesivo. Debemos mostrar interés por su problema utilizando expresiones de ayuda, apoyo y entendimiento. Deben dejarse los prejuicios a un lado y evitar situarse por encima del paciente, ya que puede ser interpretado como una provocación. Sin embargo, es importante poner límites firmes a la conducta, pero sin mostrarse hostil o amenazante, evitando palabras de ira o de frustración.

Contención física

Sólo debe realizarse tras descartar otras posibles intervenciones menos traumáticas (físicas y psicológicas). Habitualmente, la contención física se asocia a la contención farmacológica. Hay que tener en cuenta que se trata de un tratamiento y, por tanto, debe estar indicado por un facultativo y anotado en la historia clínica. Hay que recordar que para inmovilizar a un paciente generalmente se recomienda la presencia de 5 personas (1 por cada extremidad y otra para la cabeza); se debe contener al paciente en decúbito supino sin forzar las articulaciones. Siempre que sea posible, debe informarse al paciente y a la familia de la medida que se va a realizar y de los motivos de esa actuación. Esta explicación favorece en muchas ocasiones la colaboración del paciente en la contención. Tras tomar la decisión de realizar la sujeción mecánica, no se recomienda el intercambio verbal con el paciente, ya que podría acarrear una mayor discusión y violencia. La sujeción puede ser total (de los 4 miembros y el tórax) o parcial (2 miembros alternos). Se recomienda que mientras dure la contención el personal de enfermería observe al paciente cada 15 minutos para controlar sus constantes vitales, higiene, hidratación y alimentación; además, el médico realizará una revaluación, al menos, cada 2 horas.

Contención farmacológica

Los pacientes con un cuadro clínico de agitación suelen beneficiarse de la administración de medicación sedativa para reducir su agudización. La elección de los fármacos dependerá de la patología basal. En los pacientes con trastornos psicóticos se aconsejan los antipsicóticos (haloperidol, levomepromazina, clorpromazina, olanzapina), y para el abordaje de la agitación no psicótica las benzodiacepinas serán el fármaco de elección (diazepam, lorazepam, clorazepato dipotásico) (tabla 1). La vía de administración (oral o parenteral) se elegirá en función de la intensidad de los síntomas, el grado de cooperación del paciente y la necesidad de una sedación rápida o lenta. Se descarta la administración i.v., ya que en este tipo de pacientes es prácticamente inviable.

 

Una evaluación sistemática del episodio de agitación ayudará a realizar un diagnóstico preciso y adecuado (figura 3).

 

Ansiedad

La ansiedad es uno de los motivos de consulta más frecuentes en urgencias; se estima una prevalencia del 9-15%. Se puede presentar como entidad aislada, junto con una enfermedad médica o comórbida a otro trastorno. Por este motivo, es fundamental identificar la etiología del cuadro de ansiedad, averiguando si es secundario a una patología psiquiátrica u orgánica, si responde a algún desencadenante o si se trata de un trastorno primario de ansiedad.

El principal síndrome de ansiedad en urgencias es la crisis de angustia. Consiste en breves e intensos episodios de aparición espontánea de ansiedad de unos 30 minutos de duración. La manifestación clínica de la ansiedad se observa a partir de síntomas físicos (palpitaciones, taquicardia, sudoración, palidez, temblores, disnea, sensación de ahogo, opresión o dolor torácico, náuseas, mareo) y psíquicos (desrealización, despersonalización, miedo a perder el control o a volverse loco, sensación de muerte inminente). En general, se dan en individuos previamente sanos, y la primera crisis es espontánea. Por ello, es necesario realizar una exploración física completa y pruebas complementarias que incluyan un electroencefalograma (EEG), una analítica completa y una valoración de tóxicos en orina.

La labor inicial en el abordaje de la sintomatología ansiosa es valorar hasta qué punto el grado de ansiedad que muestra el paciente es acorde con la magnitud del estímulo, o bien resulta desproporcionada, en duración o intensidad, lo que implica un intenso malestar subjetivo o una reducción significativa del funcionamiento psicosocial del niño y su familia. La valoración en urgencias incluiría los siguientes pasos:

  1. Descartar una patología orgánica (neurológica, cardiovascular, endocrina, autoinmune o por intoxicaciones).
  2. Identificar los trastornos específicos.
  3. Tratamiento:
    • Psicoeducación sobre la ansiedad y su tratamiento.
    • Técnicas de respiración y relajación. Si el paciente hiperventila y hay parestesias, se recomienda respirar en una bolsa.
  4. Tratamiento farmacológico: las benzodiacepinas de vida media corta (diazepam, alprazolam y clorazepato) estarían indicadas para la fase aguda.

Comportamientos autolíticos

Se estima que un 15% de las urgencias psiquiátricas en la población adulta se producen por conductas autolíticas o intentos de suicidio, y representan la décima causa de muerte en el mundo y la segunda causa entre los menores de 15-18 años. Un 2% de los pacientes fallece tras la tentativa. Se han observado más intentos de suicidio en mujeres, pero más suicidios consumados en hombres. Es más común en primavera y verano que en otoño e invierno. Aproximadamente el 80% de las personas que se suicidan han declarado previamente su intención de hacerlo, y un 30-40% de las víctimas de suicidio realizó al menos una tentativa previa antes de consumar el acto. Sin embargo, aproximadamente en el 30% de las tentativas, el primer contacto con un servicio de salud mental se produce en el box de urgencias. El 90% de las tentativas ocurren tras sobredosis farmacológicas, y las formas de suicidio consumado más habituales en nuestro medio suelen ser por ahorcamiento, precipitación y ahogamiento.

En niños con discapacidad intelectual y trastornos del espectro autista, los comportamientos autodestructivos se expresan generalmente en forma de estereotipias motoras, con movimientos rítmicos de ida y vuelta, o mediante conductas autoagresivas (morderse los labios, las manos y los brazos). En niños y adolescentes inestables emocionalmente, con rasgos de personalidad límite o con un trastorno de control de impulsos, la conducta autodestructiva suele manifestarse a menudo mediante cortes. La mayoría de estos pacientes presenta una disminución de la sensibilidad al dolor.

Pautas de intervención

En el servicio de urgencias, todos los casos de tentativa suicida deben recibir atención médica inmediata (diagnóstico y tratamiento del trastorno mental subyacente). En un primer momento en urgencias es difícil determinar si el intento autolítico fue un «grito de ayuda» o un acto de agresión contra uno mismo con una clara intención.

Durante la evaluación del riesgo suicida se deben valorar tres aspectos fundamentales:

  • Factores de riesgo del individuo: diagnóstico de trastorno mental, historia de intentos previos, problemas en las relaciones sociales, problemas en el entorno familiar y escolar, consumo de tóxicos, experiencias traumáticas, enfermedad física que deteriora gravemente la calidad de vida.
  • Gravedad de los intentos suicidas previos (si existen): peligrosidad del método escogido, conocimientos del paciente sobre la efectividad del método, planificación del intento, finalidad del acto suicida, probabilidad de ser descubierto por alguien antes de morir, sensación de alivio tras haber sido salvado, concepto y explicación del paciente sobre la muerte, y variación de las circunstancias personales, familiares y sociales que impulsaron al paciente a realizar el acto.
  • Grado de elaboración de la idea suicida: ¿existe un plan detallado?, ¿dispone el paciente de los medios de suicidio planeados?, ¿sabe utilizar los medios elegidos?, ¿son letales los medios escogidos?, ¿el paciente ha hecho alguna previsión para ser salvado?

Habitualmente, es complejo y difícil establecer un vínculo terapéutico óptimo con estos pacientes, y más aún en un contexto de urgencia psiquiátrica. Se recomienda evitar conductas hostiles, desafiantes o amenazantes durante la entrevista clínica. Mientras dura la exploración es necesario hablar de la problemática suicida y establecer acuerdos concretos.

El objetivo principal en la fase aguda es evaluar el riesgo suicida y la reducción sintomática de la ansiedad. En esta fase se suele prescribir medicación sedativa, como las benzodiacepinas (diazepam y lorazepam). Se recomienda no utilizar antidepresivos en urgencias, ya que pueden incrementar el riesgo de suicidio; si se requiere administrar tratamiento antidepresivo, se optará por los fármacos de baja letalidad en caso de sobredosis (inhibidores de la recaptación de serotonina). La decisión sobre la hospitalización o el seguimiento ambulatorio viene determinada por la intensidad de la intencionalidad suicida, los factores personales (antecedentes de suicidio, presencia de trastorno mental asociado) y la calidad de los factores externos (soporte familiar con compromiso para prestar vigilancia y administrar correctamente la medicación prescrita). Se recomienda el ingreso durante 24-48 horas con el objetivo de realizar una observación, evaluación y vinculación posterior al alta adecuadas. Si el riesgo es pequeño y se considera que el paciente puede volver al domicilio, siempre bajo vigilancia familiar, se establece un «contrato» con él mediante el que se compromete a buscar ayuda médica en las posibles situaciones que considere que no va a poder controlar su intencionalidad suicida. En estos casos se debe hacer un seguimiento, y el menor debe ser revaluado en un plazo máximo de 72 horas. Ante cualquier duda sobre el riesgo suicida se debe proceder al ingreso.

Abusos sexuales y malos tratos

Existen diferentes tipos de maltrato, que suelen presentarse asociados entre sí y en todos los ámbitos sociales:

  • El abuso físico es toda acción no accidental por parte de los padres o tutores legales que provoca un daño físico o enfermedad al niño.
  • El maltrato psicológico hace referencia a una situación crónica, en la que los responsables legales del niño le realizan acciones o privaciones que agreden su estabilidad emocional (rechazo hacia el menor, no permitir la relación social extrafamiliar, usar el miedo como forma de control, amenazar con castigos extremos o siniestros, exigirle de una forma inadecuada respecto a su edad y capacidades, darle respuestas emocionales inconsistentes, reforzar conductas antisociales).
  • El bullying, o acoso escolar, se define como una forma de abuso emocional o físico que se ejerce mediante un desequilibrio de poder; se da de una forma continuada e intencionada entre iguales (estudiantes) en el entorno escolar.
  • El abuso sexual se define como todas las situaciones en que el menor es forzado a participar en actividades sexuales que violan las normas sociales y legales. Son situaciones que el menor no entiende ni en las que está preparado para actuar según su desarrollo, por lo que no puede consentirlas. Estos casos siempre implican una superioridad física o psíquica por parte del agresor.

Actuación en urgencias en caso de sospecha de abuso sexual

En los casos de abusos sexuales se aconseja realizar la exploración en un lugar privado y seguro. Durante la entrevista se recomienda obtener los siguientes datos: domicilio, identidad del supuesto agresor, circunstancias y lugar del abuso, actos sexuales particulares y uso de violencia física. También se valorarán los síntomas físicos y conductuales posteriores al incidente. Un relato detallado de un niño sobre un encuentro sexual se debe creer, considerándose verídico si es menor de 4 años, y en mayores de esta edad si el relato y la explicación resultan adecuados para su desarrollo y conocimientos. Durante la entrevista clínica se debe resaltar la mala acción del agresor, así como respetar siempre la decisión del niño de no hablar sobre el abuso. Es importante no realizar nunca las preguntas de forma directa y/o inductora; se recomienda el uso de otros canales de expresión en el niño, como el juego o el dibujo. En todos los casos debe recogerse en la historia clínica el relato literal del menor.

Generalmente, la visita a urgencias se produce debido a síntomas o lesiones causadas por el abuso. No siempre es necesaria la exploración física en urgencias; sólo si la última agresión tuvo lugar en las 72 horas previas, si los síntomas recientes hacen sospechar un abuso, si se debe proteger de forma urgente al menor y/o si éste debe recibir tratamiento médico o psicológico de forma urgente. En caso contrario, se recomienda realizar la exploración de forma preferente en unidades especializadas en la valoración de estos casos.

Habitualmente, aparte de los hallazgos físicos que pueda presentar el menor, se observan también determinados comportamientos inapropiados (una curiosidad sexual exagerada, acercamiento físico al adulto con connotaciones sexuales y un conocimiento sobre el comportamiento sexual no apropiado a su edad). En los casos de abuso son frecuentes también los síntomas ansiosos-depresivos, la disminución del rendimiento académico que no se explica por las capacidades del niño, las alteraciones de la conducta, la alteración en el ritmo sueño-vigilia, los cambios en la ingesta o la enuresis secundaria, entre otros signos.

Respecto a los aspectos legales que hay que tener en cuenta en estos casos, cabe destacar que todo profesional sanitario tiene la obligación legal de comunicar cualquier tipo de sospecha fundamentada de maltrato o maltrato evidente según el art. 262 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Debe notificarse el caso a los Servicios Sociales más próximos de la zona, a la Fiscalía de Menores y al Juzgado de Guardia. Se deberá adjuntar un informe médico junto con el impreso específico. El profesional sanitario de urgencias es un colaborador de la justicia, que en ningún caso quedará vinculado como parte del proceso; no obstante, puede ser citado por el juez para declarar como testigo. En todo proceso judicial el profesional sanitario debe decir la verdad sobre las lesiones y síntomas observados, pero ello nunca implica la obligación de probar quién es el autor de los hechos.

Cabe destacar que en el caso de adolescentes, si la víctima es madura emocional e intelectualmente, prevalecerá el derecho de confidencialidad del menor, sin perjuicio de notificar la agresión sexual a las autoridades competentes.

Niño menor de 6 años

Es un hecho constatado la baja frecuencia de urgencias psiquiátricas en niños menores de 6 años. Sin embargo, merecen una atención especial debido a las peculiaridades diagnósticas y terapéuticas que presentan. Las demandas pueden dividirse en varios tipos:

  • Dudas respecto a la medicación psicofarmacológica o manejo de situaciones con un diagnóstico psiquiátrico.
  • Alteración psicopatológica: alteraciones del desarrollo, inquietud-hiperactividad psicomotriz, insomnio o problemas alimentarios, tristeza-inhibición, irritabilidad-llanto excesivo, conductas autolesivas o agresivas.
  • Problemática en relación con la custodia (divorcio traumático).
  • Negligencia, maltrato, abusos.
  • Sintomatología somática de etiología psiquiátrica: cefaleas y molestias gastrointestinales.
  • Dudas en torno al abordaje familiar en relación con los acontecimientos vitales traumáticos.

Pautas de intervención

Los padres, en este periodo de la infancia, son uno de los objetivos básicos de nuestra intervención. Debemos estar alerta ante las reacciones de culpa y a los mecanismos de defensa proyectivos de los padres. Es necesario establecer criterios de realidad, incidir sobre la potencialidad de cambio y la plasticidad cerebral de los niños, pero sin crear falsas expectativas. Tras realizar una orientación diagnóstica y terapéutica debemos reforzar o favorecer la vinculación del paciente con un servicio de salud mental, determinar si debe o no ingresar y derivarlo a una unidad de salud mental o a un centro de atención precoz.

Tratamiento psicofarmacológico

Benzodiacepinas

Se prescriben por un efecto ansiolítico, hipnótico, anticonvulsionante y relajante muscular. Hay que tener presente que las benzodiacepinas producen con mayor frecuencia reacciones paradójicas (agitación y excitación) en niños más pequeños (tabla 2).

 

Neurolépticos

Se prescriben para tratar la sintomatología que implique una grave disrupción: agitación, autolesiones o cuadros de ansiedad que no responden ni a la contención verbal ni a las benzodiacepinas. Existen también estudios que refieren su uso favorable en la mejoría de la sintomatología característica del trastorno del espectro autista. Se prefiere el uso de antipsicóticos de segunda generación como primera elección debido a la menor presencia de efectos secundarios y a un mejor perfil terapéutico frente a los antipsicóticos de primera generación (tabla 3).

 

Los fármacos antiepilépticos pueden mejorar las alteraciones de conducta en niños con o sin un EEG alterado. Pueden combinarse con neurolépticos en casos de alteración de conducta que no responden adecuadamente a los neurolépticos solos. Se suele administrar ácido valproico en dosis de 10-30 mg/kg/día.

Los fármacos antihistamínicos se utilizan por sus efectos sedantes e hipnóticos. Se administra difenhidramina (5 mg/kg/día v.o.) o hidroxicina (2 mg/kg/día v.o.).

En los niños menores de 6 años no se recomienda el uso de estimulantes, y apenas es necesario prescribirlos en urgencias. Tampoco es frecuente que se prescriban antidepresivos en urgencias, ya que suele preferirse el tratamiento sintomático de la ansiedad o la alteración de la conducta con fármacos de tipo sedante.

Criterios de ingreso hospitalario en un servicio de psiquiatría y psicología infantojuvenil

Es difícil dar una pauta general sobre el tipo de trastornos psiquiátricos y pacientes que, una vez evaluados, deberían ingresar en una unidad psiquiátrica hospitalaria. Existen distintas variables y factores que pueden condicionar el ingreso, como la capacidad de contención familiar y soporte social, la posibilidad de seguimiento ambulatorio, junto con la presión asistencial y el grado de ocupación de las unidades de hospitalización. Se estima que al menos el 25% de las urgencias psiquiátricas de niños y adolescentes finaliza con la hospitalización psiquiátrica del menor. Sin duda alguna, el ingreso debe ser el mejor tratamiento posible para el menor en ese momento, por no existir otra alternativa extrahospitalaria que ofrezca el mismo beneficio. De forma general, los criterios de ingreso son los siguientes:

  • Tentativas de suicidio en trastornos psicóticos o afectivos.
  • Tentativas de suicidio de moderada-alta letalidad.
  • Primer episodio psicótico.
  • Descompensación psicótica aguda.
  • Descompensaciones de pacientes con trastorno del espectro autista.
  • Episodio maniaco.
  • Trastorno obsesivo-compulsivo moderado-grave.
  • Trastornos de la conducta alimentaria, en presencia de los siguientes factores:
  • Índice de masa corporal <16,5.
  • Alteración analítica asociada.
  • Negativa a la ingesta de sólidos y líquidos.
  • Bradicardia.
  • Descompensación de enfermedad somática.
  • Trastorno afectivo moderado-grave.
  • Pacientes con discapacidad intelectual y patología psiquiátrica aguda.
  • Trastornos de conducta con otro trastorno psiquiátrico asociado.
  • Patología dual.

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MÓDULO 9

Tema 17. Consumo de drogas en la adolescencia

L. Rodríguez Molinero, A. Marcos Flores

Resumen

El consumo de drogas en la adolescencia es motivo de preocupación de muchas instituciones sociales: familias, escuela y programas de salud. Es un problema de salud pública por su magnitud y trascendencia, y porque hay posibilidad de prevención y tratamientos eficaces para ello. Los padres son los miembros de la familia más directamente implicados, para quienes el riesgo de dicho consumo supone un motivo de preocupación y consulta. Los daños físicos al consumidor y a la sociedad superan unos cálculos difíciles de creer. Pero el dolor humano, más difícil de calcular, es aún mayor. Los programas de prevención y tratamiento se basan en que en la adolescencia es cuando se adquieren los hábitos, las costumbres y los valores que van a perdurar toda la vida. Por tanto, toda la sociedad está implicada en su prevención a través de modelos y estilos de vida saludables que no permitan una ambivalencia ni tolerancia sutil. En este trabajo se pretende dar una información actualizada a partir de la cual los profesionales de la salud tengamos en cuenta, en el trabajo diario, que nuestros pacientes pueden ser potencialmente consumidores de drogas, sobre todo cuando apreciamos síntomas y signos clínicos sugerentes de ello.


Palabras clave: Adolescencia, drogas, estilos de vida y modas.

Introducción

Hay referencias al consumo de drogas documentadas desde el principio de los tiempos. Ya en Mesopotamia, el Código de Hammurabi (1750 a. C.) hace referencia a «drogas embriagantes». En el antiguo Egipto ya se conocía el consumo de opio. El Rigveda (1700/1100 a. C.) describe algunas bebidas (soma) rituales que «elevaban a las nubes». Heródoto (484-425 a. C.) habla de los efectos de la inhalación de ciertos vapores de semillas puestas al fuego. En la Biblia hay dos episodios que hacen referencia al mundo del vino: la embriaguez de Noé (Génesis 9:18-29, representado maravillosamente por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina) y el milagro de las Bodas de Caná (Evangelio de San Juan 2:1-11), en el que Jesús, invitado a una boda en Caná de Galilea, convierte el agua en vino.

Desde entonces y hasta nuestros días, la historia de los pueblos ha estado relacionada con sustancias productoras de efectos sobre el sistema nervioso central (SNC). En todas las culturas documentadas se han consumido sustancias con fines religiosos, curativos, placenteros o militares. Por tanto, desde los orígenes del hombre, su desarrollo ha ido paralelo al consumo de sustancias.

En la actualidad, definimos nuestra sociedad como de consumo, producción, mercado e industrial, y estas características nos han hecho cambiar la percepción de riesgo del consumo de drogas. Estamos en la sociedad de la abundancia, y se consume más cantidad de todo de lo que se debería. Igual que comer más de lo necesario ha hecho que la obesidad se haya convertido en la epidemia del siglo XXI, el consumo de drogas mayor de lo recomendable está produciendo efectos muy problemáticos.

Para aclarar conceptos, podríamos definir qué es una droga, y qué son consumo, dependencia y adicción. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una droga es toda sustancia que, introducida en el organismo por cualquier vía de administración, produce de algún modo una alteración del funcionamiento natural del SNC del individuo, y además es susceptible de crear dependencia, ya sea psicológica, física o ambas1. Adicción es el comportamiento de búsqueda, obtención y consumo de drogas, o realización de la conducta problema (p. ej., juego de azar), en la que su consecución cobra mayor protagonismo que otras actividades que anteriormente eran importantes para la persona, haciendo que éstas pasen a segundo plano o parezcan innecesarias o carentes de interés. Se llama dependencia al estado psíquico, y en ocasiones también físico, resultado de la interacción entre un organismo vivo y una droga, que se caracteriza por modificaciones del comportamiento y por otras reacciones. En ese estado, siempre aparece una pulsión a ingerir la sustancia de forma continua o periódica, con objeto de volver a experimentar sus efectos psíquicos o, en otras ocasiones, para evitar el malestar que provoca no poder consumirla.

El síndrome de abstinencia (SA) es el estado que aparece tras la no administración de la droga a un sujeto que presenta dependencia de ella. El conjunto de síntomas y signos que provoca el SA, comunes para cada grupo de droga, es uno de los indicadores de la presencia de este síndrome.

La tolerancia es la capacidad del organismo de acostumbrarse a los efectos de una droga, y puede ser de diversos tipos: farmacológica (precisa un aumento de dosis para lograr los mismos efectos), metabólica (permite la degradación bioquímica) y cruzada (algunas drogas hacen que otras sustancias aceleren su metabolismo).

Según la Clasificación Internacional de Enfermedades, en su décima edición (CIE-10), la dependencia se define por los siguientes aspectos:

  • Deseo intenso de consumir una sustancia.
  • Disminución de la capacidad para controlar el consumo.
  • Síntomas del SA.
  • Tolerancia.
  • Abandono progresivo de otras fuentes de placer o diversiones, y aumento del tiempo necesario para obtener/ingerir la sustancia o para recuperarse de sus efectos.
  • Persistencia en el consumo de la sustancia a pesar de sus evidentes consecuencias perjudiciales.

Por su parte, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, en su última edición de 2013 (DSM-5), integra en un solo diagnóstico las antiguas categorías de abuso y dependencia, con la pretensión de englobar mejor los síntomas que los pacientes experimentan2.

En general, para considerar que existe una dependencia se deben cumplir, al menos, tres de los siguientes criterios: a) deseo intenso de consumir una sustancia, que cada vez exige más dosis para producir los mismos efectos, y provoca un SA cuando se deja de consumir; b) a pesar de realizar grandes esfuerzos, no se logra abandonar el consumo, y c) este hábito obliga a dejar de hacer ciertas actividades saludables o trabajar, y perjudica la integración familiar y las relaciones sociales, produciendo enormes problemas de salud.

Clasificación de las drogas

Existen muchas maneras de clasificar las drogas: según su origen, estructura química, acción farmacológica, manifestaciones clínicas, efectos sociales, legalidad o grado de afectación de la salud física, psíquica o social. Aunque la clasificación más práctica es la de la OMS1:

  • Depresoras. Se consideran drogas depresoras el alcohol, los barbitúricos, los tranquilizantes y el opio y sus derivados (morfina, codeína, heroína, metadona).
  • Estimulantes. Dentro de este grupo se incluyen la cocaína, los estimulantes de tipo anfetamínico, la mayor parte de las sustancias de síntesis y de las nuevas sustancias psicoactivas.
  • Alucinógenas/psicoactivas. Incluyen sustancias de una amplia variedad de fuentes naturales y sintéticas, y son estructuralmente diferentes.
  • Otras sustancias. El cannabis, los inhalantes y las nuevas sustancias psicoactivas son sustancias que han aparecido recientemente en el mercado y que no han sido incorporadas en las Convenciones de 1961 y 1971. Tienen propiedades químicas y/o farmacológicas similares a las de sustancias conocidas y ya controladas internacionalmente.

Para conocer un poco más los efectos de las diferentes sustancias y cómo actúan en nuestro cerebro, la fundación holandesa Jellinek, en su página web https://drugsindehersenen.jellinek.nl/en/, ofrece una presentación en 5 idiomas.

Patrones de consumo

Existen varios tipos de consumidores: los que consumen experimentalmente, los que lo hacen de forma regular (llamados consumidores sociales), los que lo hacen de forma nociva con capacidad de producir daño corporal o mental y, finalmente, los que lo hacen de forma abusiva y con dependencia.

Qué efectos producen las drogas y por qué se consumen

En general, las personas comienzan a consumir drogas por diferentes razones:

  • Para sentirse bien. La mayoría de las drogas de abuso producen sensaciones intensas de placer. Esta sensación inicial de euforia va seguida de otros efectos, que difieren según el tipo de droga usada. Por ejemplo, con los estimulantes, como la cocaína, tras el efecto de euforia (high) sobrevienen sensaciones de poder, autoconfianza y mayor energía. Por el contrario, a la euforia producida por los opiáceos, como la heroína, le siguen sensaciones de relajamiento y satisfacción.
  • Para sentirse mejor. Algunas personas que sufren ansiedad o fobia social, trastornos relacionados con la angustia o la depresión, comienzan a abusar de las drogas para intentar disminuir estos sentimientos. El estrés puede ejercer un papel importante para determinar si alguien comienza o continúa abusando de las drogas, así como en las recaídas en los pacientes que están recuperándose de su adicción.
  • Para rendir mejor. La necesidad que sienten algunas personas de mejorar su rendimiento atlético o cognitivo con sustancias químicas puede desempeñar un papel similar en la experimentación inicial y abuso continuado de las drogas.
  • Por curiosidad o «porque los demás lo hacen». A este respecto, los adolescentes constituyen una población particularmente vulnerable, debido a la fuerte influencia que tiene sobre ellos la presión de sus amigos y compañeros. Es más probable, por ejemplo, que se involucren en comportamientos atrevidos o de desafío3,4.

Epidemiología

En los adolescentes menores de edad, el consumo está prohibido por ley5.

El Programa de Encuesta sobre uso de drogas en Enseñanzas Secundarias en España (ESTUDES) es un programa bienal para estudiantes de enseñanzas secundarias de 14-18 años sobre consumo de drogas, promovido por la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, en colaboración con los gobiernos de las comunidades autónomas (Planes Autonómicos sobre Drogas y Consejerías de Educación) y del Ministerio de Educación, que se inició en 1994. Cuenta actualmente con resultados de 10 encuestas bienales (desde 1994 a 2014)5. Se dispone así de una serie temporal cada vez más dilatada que permite analizar la evolución de las prevalencias de consumo de alcohol, tabaco, hipnosedantes y drogas psicoactivas de comercio ilegal, así como las pautas de consumo dominantes, los perfiles de los consumidores, las percepciones sociales ante el problema y las medidas que los estudiantes consideran más efectivas para resolverlo. Además, el cuestionario y la metodología son similares a los utilizados en otros países de la Unión Europea (como ESPAD3) y Estados Unidos, lo que permite realizar comparaciones internacionales.

Resúmenes de los resultados

  • Desciende el consumo de todas las drogas.
  • Las drogas más frecuentemente consumidas son el alcohol, el tabaco, el cannabis y los hipnosedantes, recetados o no. Le siguen de forma testimonial los siguientes: cocaína, éxtasis (también conocido como MDMA), alucinógenos, anfetaminas, inhalantes y heroína.
  • Las mujeres consumen más alcohol, tabaco e hipnosedantes que los varones, y éstos más cannabis que ellas. Los varones consumen más drogas ilegales que las mujeres.
  • Los estudiantes tienen una baja percepción de la peligrosidad del alcohol y declaran que el tabaco es menos peligroso que el cannabis. Desde 2010 disminuye la disponibilidad de todas las drogas excepto para el alcohol. Se detiene la tendencia creciente del consumo de hipnosedantes por parte de las mujeres.
  • Las mujeres son más conscientes del riesgo de las drogas que los varones.
  • Los escolares consideran que las medidas más eficaces para luchar contra las drogas son la educación en las escuelas, el tratamiento voluntario a los consumidores, el control policial y aduanero y las campañas de publicidad.
  • Los profesionales sanitarios, los profesores y la familia son, por este orden, los grupos preferidos por los escolares para recibir información sobre drogas. Uno de cada 3 se siente perfectamente informado sobre estas sustancias, sus efectos y riesgos; uno de cada 5 se siente informado «a medias» y sólo el 5,95% considera que está mal informado.

Nosotros, en Valladolid, hemos realizado un estudio usando el mismo cuestionario que ESTUDES, y hemos obtenido algunos datos parecidos. La media de edad de inicio del consumo de alcohol y tabaco se situó entre los 13 y los 14 años, y la de inicio a las drogas ilegales entre los 15 y los 16 años. Con 12 años o menos encontramos que un 18,95% de los escolares había experimentado con el alcohol, un 9,58% con el tabaco y un 1,78% con otras drogas.

Las chicas presentaron prevalencias más altas de consumo de alcohol (el 78,9 frente al 75,6%) y tabaco (el 39,7 frente al 34%) que los chicos; sin embargo, éstos consumían en mayor proporción el resto de las drogas (el 20,5, frente al 14,7% de las chicas). No hemos encontrado diferencias estadísticamente significativas en cuanto al sexo en el uso de cannabis, tranquilizantes o pastillas para dormir con o sin receta; sin embargo, las prevalencias de consumo masivo de alcohol, cigarrillos y «porros» eran mayores en los chicos. Respecto a la asociación de varias sustancias, el policonsumo de 2 o más fue mayor en las mujeres, frente al de 3 o más en los varones. Sin embargo, no se observaron diferencias por sexos en la edad de inicio ni en el patrón de consumo6.

El patrón de consumo diario, en general, estuvo muy poco extendido entre los jóvenes. Sólo un 2,1% de los escolares consumía alcohol, y un 10,4%, tabaco. El consumo de cannabis estuvo presente en el 4% de los escolares en los últimos 30 días. El consumo de estas sustancias se concentra en el fin de semana, fundamentalmente durante la noche, con sus grupos de iguales, en espacios o lugares de ocio (calle, bares, pubs o discotecas). El conocido «botellón» lo practica un 30,8% de los encuestados.

La prevalencia de borracheras en el último año entre los que han consumido alcohol es del 64%. La percepción de riesgo relacionada con el consumo de drogas ilegales es bastante alta: un 97% de los encuestados percibe como peligroso o muy peligroso el consumo de cocaína, speed o anfetaminas y éxtasis; un 79%, el consumo de hachís o marihuana y tranquilizantes sin receta, y un 24%, el consumo de tranquilizantes o pastillas para dormir.

Información sobre drogas

El 89% de los encuestados se siente suficientemente informado sobre las drogas (en proporción más alta los chicos).

Factores asociados

Los factores que influyen en el hábito de beber, fumar y tomar drogas se exponen en la tabla 1.

Respecto a las conductas de riesgo asociadas al alcohol, un 20,4% de los estudiantes reconocía haber sido pasajero en los últimos 12 meses en vehículos conducidos por personas bajo los efectos del alcohol o las drogas, y un 8,3% haber conducido (coche o moto) bajo estos mismos efectos. También el 16,6% declara haber tenido algún tipo de problema por el consumo de alguna droga (p. ej., discusión, pelea, accidente o mal rendimiento escolar).

Policonsumo

En nuestra encuesta, el 22% de los jóvenes de 13-18 años no había consumido ninguna sustancia en ningún momento; el 39,7%, una sola; el 23,3%, 2 sustancias; el 11,1%, 3, y el resto, 3 o más.

El alcohol estuvo presente en la mayoría de los policonsumidores (más del 90%) (tabla 2).

Entre los que habían consumido 3 sustancias, las que aparecieron con mayor frecuencia fueron el alcohol, el tabaco y el cannabis (10,7%), por este orden de frecuencias.

Entre los que habían consumido 4 sustancias, las que aparecieron con más frecuencia fueron el alcohol, el tabaco, el cannabis y los tranquilizantes con receta (1%).

Los estudiantes que consumían drogas ilegales solían asociar alcohol y tabaco.

Fisiopatología de la adicción

El cerebro es el órgano más complejo del cuerpo humano. Además de regular el funcionamiento de los demás órganos y sistemas, es el responsable de las funciones superiores, como las emociones, la conducta y los pensamientos. En los últimos 30 años se ha descubierto con más precisión cuál es su estructura y sus funciones. En este sentido, cada vez se conoce mejor el papel en las adicciones y cómo las drogas pueden llegar a modificar su estructura y funcionamiento. Por eso se ha llegado a considerar que las adicciones son enfermedades del cerebro7.

Actualmente se sabe que las estructuras implicadas en el consumo de drogas son las siguientes:

  • Troncoencéfalo. Controla las funciones básicas para la vida (sueño, respiración y circulación).
  • Circuito límbico. Es la base de los mecanismos de gratificación y conector de las estructuras que producen el placer, condicionando la capacidad de repetir lo que nos gusta. También es la sede de otras emociones. Algunas drogas estimulan estas estructuras logrando sensaciones placenteras, lo que explica la capacidad para alterar las emociones mediante drogas.
  • Corteza cerebral. Formada por diferentes áreas que permiten el procesamiento de los sentidos (oír, ver, sentir, saborear, etc.). La parte delantera de la corteza, conocida como «corteza frontal», permite la realización de funciones superiores, como pensar, organizar, planificar o decidir.

Se sabe que todas las estructuras cerebrales están unidas por conexiones neuronales que se transmiten la información a través de sustancias llamadas neurotransmisores. Los neurotransmisores pueden ser estimulantes (adrenalina, noradrenalina, serotonina, dopamina, glutamato y aspartato) o inhibidores (GABA y endorfinas).

Las drogas de abuso actúan directa o indirectamente en los circuitos de placer liberando dopamina. Una estimulación exagerada libera grandes cantidades de dopamina, lo que no sucede en los mecanismos naturales de recompensa. Esto explica por qué las personas que consumen drogas tienen esa tendencia, ya que cronificando su consumo perciben más gratificación que de forma natural. Además, según sea la vía de administración, este efecto es inmediato (p. ej., por vía parenteral o inhalada). La sobreestimulación por drogas permite el vaciado de dopamina de los depósitos neuronales, impidiendo otras gratificaciones, lo que da lugar a estados de decaimiento y tristeza cuando baja el efecto, e impidiendo las gratificaciones que antes se sentían por los acontecimientos diarios.

El consumo crónico de drogas altera el normal funcionamiento cerebral relacionado con la conducta, especialmente cuando se refiere a las drogas. El abuso de drogas produce adaptaciones en el SNC generando reflejos, de manera que los estímulos ambientales relacionados con el consumo pueden desencadenar un fuerte deseo de consumir, incluso muchos años después de haber dejado la adicción. De la misma forma que produce tolerancia, lleva al consumo compulsivo. La adicción altera el control personal de las decisiones sanas y produce fuertes estímulos para consumir más drogas8.

Tanto los neurotransmisores excitadores como los inhibidores actúan sobre la liberación de dopamina, unos estimulando directamente y otros bloqueando las neuronas dedicadas a inhibir dicha liberación. Además, dentro de la neurona, la dopamina activa la transcripción de la síntesis de proteínas, unas veces de forma transitoria y otras de forma persistente, hasta lograr que el cerebro del consumidor de drogas crónico funcione de forma diferente. Restablecer el normal equilibrio cerebral no es fácil9.

En conclusión, el consumo crónico de drogas adictivas produce cambios estructurales y funcionales. Entre los cambios estructurales, los derivados del opio disminuyen el tamaño de las dendritas y el cuerpo de las neuronas dopaminérgicas del área tegmental ventral. Las anfetaminas y la cocaína, cuando se consumen excesivamente, aumentan el número de ramificaciones y espinas de las neuronas del núcleo accumbens y las neuronas piramidales del lóbulo prefrontal. Estas modificaciones están relacionadas con los receptores de glutamato, sustancia que determina la memoria y el aprendizaje.

Entre los cambios funcionales, se ha comprobado en animales de laboratorio que la administración repetida de opiáceos, psicoestimulantes o nicotina sensibiliza el núcleo accumbens a los efectos estimulantes, reforzantes o ambos de estas sustancias adictivas. La sensibilización comportamental se asocia con claras alteraciones y, a largo plazo, con la actividad funcional del sistema de dopamina mesocorticolímbico, particularmente la transmisión de dopamina y glutamato en el núcleo accumbens.

Historia clínica en adicciones

La historia clínica es el instrumento en el que nos basaremos para la recogida sistematizada de la información necesaria para el conocimiento de los elementos que constituyen una enfermedad o conducta inadecuada, que en este caso será un uso, abuso o dependencia de una o varias sustancias, a partir de los datos recogidos en la entrevista y la evaluación clínica del adolescente en estudio.

La evaluación clínica supone el primer momento en el abordaje del adolescente. Por tanto, será de especial importancia, ya que la creación de una relación de empatía favorecerá el buen desarrollo del resto de las fases por las que discurrirá la intervención10. Durante la elaboración de la historia clínica trataremos de alcanzar algunos objetivos que nos faciliten todo el proceso posterior:

  • Conocer el motivo de la consulta y la existencia o ausencia de la percepción del problema-enfermedad.
  • Recoger toda la información posible relativa al consumo de sustancias y de conductas dirigidas a su adquisición.
  • Identificar la posible existencia de complicaciones que sean consecuencia de dicho consumo, en el ámbito de la salud física y psicológica, las relaciones con la familia y amigos, los estudios, etc.
  • Establecer un adecuado contacto con el adolescente, que nos permita mantener encuentros posteriores, destinados a profundizar en el conocimiento del caso e intervenir para intentar tratar las consecuencias del consumo.

Para alcanzar este último objetivo, primordial para intervenir con jóvenes, es necesario tener en cuenta algunas consideraciones:

  • Debemos mantener en todo momento una actitud de empatía, evitando situaciones de confrontación.
  • Hay que crear un clima de confianza que le predisponga a aportarnos información, que nos permita ajustar nuestro diagnóstico posterior.
  • Evitaremos adoptar posturas paternalistas o de «colegas», pero también excesivamente rígidas o distantes.
  • Utilizaremos un tono de voz firme pero a la vez acogedor, que le permita sentirse cómodo en la entrevista.
  • La búsqueda de información ha de ser nuestra principal preocupación, pero evitaremos realizarle «un tercer grado».
  • Sería interesante tener algún conocimiento de la «jerga» utilizada por los adolescentes y los consumidores de drogas.
  • Es necesario mantener la entrevista con el adolescente a solas, lo que permitirá que pueda aportarnos una información que no nos daría si estuviera delante la familia, aunque en un segundo momento contrastaremos con ésta la información recibida.
  • Debemos evitar la realización de la entrevista en momentos de intoxicación o abstinencia, pues la información que nos aportaría tendría poco valor.

Una vez establecidas estas premisas, comenzaremos con el proceso de recogida de la información que dé contenido a la historia clínica del paciente y, como se trata de valorar un proceso de consumo de sustancias, deberemos seguir un protocolo que incluya los siguientes apartados:

Motivo de consulta

En el primer contacto con el adolescente comenzaremos por identificar si acude por propia iniciativa o si ha sido a sugerencia de la familia, otro profesional, el sistema judicial, etc. En el primer caso estaremos en una situación adecuada, pues puede indicar que tiene conciencia del problema y predisposición al cambio; por el contrario, si acude por indicación de terceras personas, partimos de una situación peor, pues es fácil que no tenga conciencia del problema y, por tanto, nuestro primer trabajo consistirá en modificar la motivación y superar las posibles barreras que aparecerán durante todo el proceso, pues es muy posible que minimice o niegue el problema10.

A continuación estableceremos una aproximación al problema que plantea y las complicaciones que han aparecido por el consumo, así como su idea de futuro, que puede pasar por una abstinencia total o un consumo controlado de la sustancia, fundamentalmente cuando hablamos del alcohol.

Consumo en los 30 días previos

Anotar los consumos de las diferentes drogas realizados durante este periodo de tiempo.

Historia toxicológica

En este apartado recogeremos de forma exhaustiva la historia de consumo del adolescente, recopilando la información por cada una de las drogas que haya consumido, anotando el momento y la edad de inicio del consumo, las variaciones en el mismo, las causas que motivaron el contacto con las drogas y si ha existido en algún momento un cese del consumo, el motivo por el que se produjo y si se acompañó de alguna sintomatología que nosotros podamos identificar como de abstinencia. Esto último nos orientará a diagnosticar el uso, el abuso o la dependencia de las drogas10.

Consecuencias relacionadas con el consumo de sustancias

Problemas de salud (físicos/psíquicos)

Deberemos prestar atención a la posible existencia de una patología relacionada o inducida por el consumo de sustancias, y posteriormente realizar una minuciosa exploración física, apoyada en pruebas complementarias, cuando consideremos que el nivel de consumo justifica este tipo de intervención. Es posible que si al final del estudio de caso diagnosticamos un uso ocasional e incluso habitual de la sustancia, no creamos necesario realizar este tipo de pruebas.

Problemas sociofamiliares

Establecer qué tipo de relación mantiene el adolescente con la familia, los amigos, los compañeros de estudios o trabajo, e identificar las complicaciones que se han derivado del consumo de drogas.

Problemas en el ámbito educativo

Hay que valorar cómo va en los estudios, si ha bajado su rendimiento y si esto se puede relacionar con el consumo de drogas11. El hecho de que haya consecuencias en los apartados anteriormente descritos, si podemos relacionarlas con el consumo de drogas, y si conseguimos hacérselo ver, será un gran apoyo para concienciar al adolescente de la existencia de un problema y de la necesidad de trabajar para solucionarlo.

Predisposición al cambio

Apoyándonos en el modelo de las etapas del cambio de Prochaska y Di Clemente (1982), podremos establecer en qué momento o estadio se encuentra el adolescente respecto al consumo de drogas:

  • Precontemplación: sin conciencia de problema, no tiene intención de realizar ningún cambio ni está pensando en dejar el consumo.
  • Contemplación: ambivalencia, está pensando en que ha de dejar de consumir, aunque aún no ha puesto fecha ni ha pensado cómo hacerlo.
  • Determinación: inicia actividades para el cambio, quiere dejar de consumir y ya ha pensado cuándo y cómo hacerlo.
  • Acción: inicia actividades para el cambio, deja de consumir, con apoyo o sin él.
  • Mantenimiento: mantener lo conseguido.
  • Recaída: vuelta a las conductas iniciales; se reinicia el consumo de la droga.

Tratamientos previos

Detallaremos si existen antecedentes de algún intento de tratamiento reglado para dejar el consumo, anotando el tipo y los resultados, e incluso recogeremos información de los intentos de abandonarlo sin apoyos, aunque hayan sido infructuosos, y de las dificultades para conseguirlo. Toda esta información nos ayudará a escoger el mejor tratamiento para el adolescente que acude a nuestra consulta.

Clínica

En este apartado anotaremos los signos y síntomas que presenta el paciente en el momento de la abstinencia que consideremos relacionados con el consumo; algunos se pueden describir para el conjunto de las diferentes drogas, pues existe un nexo común para todas ellas, y los podríamos enumerar como ansiedad, irritación, nerviosismo, angustia e insomnio; todos ellos describen un SA psicológico, presente en la abstinencia de todas las drogas, y algunas de ellas (alcohol, benzodiacepinas, opiáceos) se verán acompañadas de un SA físico, que es diferente para cada una de ellas y, por tanto, precisará una descripción individualizada.

Este apartado es apropiado para incluir la exploración clínica, que nos aporte información por aparatos, de la posible patología asociada o derivada del consumo de drogas.

Pruebas complementarias

Ahora sería el momento de solicitar las pruebas que consideremos necesarias para una completa valoración del caso, entre las que destacaríamos la analítica de sangre, en la que no hay que olvidar la serología vírica para el virus de la inmunodeficiencia humana y los virus de afectación hepática, si consideramos que han existido conductas de riesgo; también sería de interés realizar un electrocardiograma y una placa de tórax. En los casos que consideremos oportunos, se podría completar el estudio con un test de Mantoux y determinaciones para infecciones de transmisión sexual.

Diagnóstico

Como en todos los procesos nosológicos o enfermedades que tratamos en nuestra consulta, el diagnóstico se basará en la clínica y las pruebas complementarias, que nos ayudarán a identificar el proceso con el que nos enfrentamos. Sin embargo, en el caso de las adicciones –como se pueden producir por varias drogas y cada una de ellas tiene características diferenciales11– habrá que detallarlo en cada uno de los casos, pero para todas podremos establecer una intensidad de consumo que deberemos identificar para establecer el nivel de gravedad asociado al consumo de la droga.

Para establecer la cuantía de consumo y, por ende, la gravedad asociada al mismo, existe una escala con diferentes estadios. En el primer nivel encontraremos un consumo experimental, al cual nos referiremos en esos primeros consumos que se producen para conocer el efecto de la droga; después, lo habitual es no volver a contactar con la droga en cuestión, pero en otros casos el consumo persiste y pasa a realizarse en ocasiones puntuales (cuando se sale de fiesta, se relaciona con ciertas personas o existe un estado emocional que lo favorece); en este caso nos referiremos al consumo ocasional, pero si se incrementa en frecuencia de tal manera que se produce siempre con cierta periodicidad (p. ej., todos los fines de semana), hablaremos ya de un consumo habitual. Como siempre que se genera un hábito, dejar de consumir ya supondrá un esfuerzo, aunque normalmente no requerirá un apoyo externo sinolo la percepción del problema y el deseo de superarlo. Pero si la situación progresa y se incrementa en frecuencia y cantidad, y empiezan a aparecer problemas de índole física (p. ej., aumento de transaminasas), familiar (en casa se aprecia un comportamiento distinto, habitualmente problemático) o educacional (el rendimiento escolar disminuye de forma notable), entonces estaremos hablando de consumo perjudicial. Y si éste continúa o se incrementa, llegaremos al último nivel, que denominaremos dependencia, caracterizado por la necesidad de consumir para evitar las molestias del SA. Hasta este momento el adolescente decide cuándo consume y cuándo no, pero si se alcanza este último nivel, tendrá que consumir aunque no hubiera interés en hacerlo, debido a las molestias inducidas por la falta de droga.

En todos los casos habremos de tener en cuenta los criterios establecidos por la CIE-10 o el DSM-5, para valorar la existencia o no de una dependencia.

Siempre para realizar un correcto diagnóstico, y dado que en la consulta habitualmente no se nos dice la verdad, deberemos investigar qué sustancias consume el paciente. Disponemos para ello de la posibilidad de analizar muestras biológicas con el objetivo de detectar su presencia en ellas. Las muestras de sangre y orina son las más utilizadas. Ajustando un poco más, diremos que la preferida en la consulta ambulatoria es la muestra de orina, por su facilidad de recogida y posterior análisis, que permitirá conocer las sustancias consumidas en los últimos días.

El análisis de drogas en orina no sólo servirá para el estudio inicial del caso, sino que también permitirá que en el proceso de tratamiento podamos tener una información objetiva de su evolución, conociendo si hay nuevos contactos con las drogas, e incluso hacernos una idea de la intensidad y la frecuencia de los consumos.

Diagnóstico diferencial

En el caso de las adicciones, respecto al diagnóstico diferencial, se baraja la posible existencia de una «patología dual», término que utilizaremos para describir la situación que sufren los sujetos que, de forma simultánea o a lo largo del ciclo vital, se ven afectados por una adicción y otro trastorno mental. Debemos explorar la posible existencia de trastornos de ansiedad (trastorno de ansiedad generalizada, ansiedad social, etc.), trastornos del estado de ánimo (depresión, trastorno bipolar, etc.), trastornos del espectro de la esquizofrenia y la psicosis, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), y diferentes rasgos y trastornos de personalidad (antisocial, límite o borderline, esquizotípico, evitativo y obsesivo, fundamentalmente)10.

La patología dual puede originarse por tres causas diferentes: a) adolescentes con un trastorno psiquiátrico previo que inician el consumo de drogas con el fin de mejorar y regular sus síntomas, también llamada «teoría farmacológica de la adicción»; b) sujetos en quienes no existe un trastorno mental previo, pero que debido al consumo de sustancias y a su vulnerabilidad desarrollan una psicopatología, y c) casos en que se sufren ambas patologías de forma independiente, sin que una influya sobre la otra en su aparición, aunque durante el tratamiento, cuando coexisten ambas, se observa una peor evolución.

Tratamiento

Al igual que en el capítulo del diagnóstico, en este apartado deberemos tener en cuenta que el problema puede provenir de diferentes sustancias, y que cada una de ellas tendrá un abordaje específico. Sin embargo también en este caso observamos unas pautas comunes que nos servirán de patrón para todas ellas. Así, podremos establecer que el tratamiento constará de una parte farmacológica y una psicoterapéutica, y se completará con un abordaje socioeducativo que restaure una adecuada relación del paciente con la familia y el entorno, y que favorezca la recuperación de un proceso educativo normalizado.

Tradicionalmente, en el tratamiento de las drogodependencias se habla de tres momentos o fases secuenciales, aunque en ocasiones también se pueden superponer. En una primera fase, que denominamos «desintoxicación», se aborda la sintomatología de abstinencia, tanto física como psíquica, basándose en la implementación de una terapia farmacológica que ayude a superar las molestias iniciales derivadas del cese del consumo. Le sigue la fase de deshabituación, es decir, una intervención destinada a romper con el hábito del consumo y cambiar o eliminar conductas relacionadas con él, ayudando al paciente a superar las dificultades que aparecerán durante todo el tratamiento. Concluye el tratamiento con la fase de rehabilitación, destinada a recuperar las relaciones familiares y amistosas, reiniciar las actividades deportivas o de ocio y tiempo libre, sin olvidar en estos pacientes un rendimiento escolar acorde con sus capacidades.

En el proceso de deshabituación a las drogas, en primer lugar, como es obvio, hay que abandonar su consumo, lo cual se consigue estadísticamente en un alto porcentaje de los casos. Pero a veces nos olvidamos del segundo paso, en el que hay que intentar no volver a consumir o, al menos, no consumir con un patrón desadaptativo, como en el caso del alcohol. A esto lo llamamos «prevención de recaídas». En muchos casos, si no se realiza, nos encontramos al cabo de un tiempo con un rebrote del consumo, que nos pone nuevamente en la casilla de salida, cuando no incluso más atrás, pues hemos derrochado esfuerzos y disminuido la autoestima del adolescente necesaria para superar la adicción, así como la confianza de la familia en que el problema se pueda superar en algún momento.

Vamos a describir la terapia farmacológica con cada una de las drogas, pues aunque hay fármacos que pueden utilizarse de forma generalizada para todas ellas, hay otros específicos que se indican de forma individualizada.

La psicoterapia se describirá de forma conjunta para todas las drogas, pues las diferentes opciones no dependen de la sustancia, sino de la orientación del psicoterapeuta y de las características del paciente.

Orientaciones psicoterapéuticas

  • Terapias cognitivo-conductuales.
  • Terapia motivacional.
  • Terapias centradas en la familia.
  • Terapias analíticas y psicodinámicas.

Todas ellas tienen su espacio en el tratamiento de las adicciones, pero las más utilizadas son las dos primeras, por lo que habría que profundizar en ellas si se está interesado en abordar estas enfermedades11.

Terapias cognitivo-conductuales

  • Entrenamiento en habilidades de afrontamiento.
  • Prevención de recaídas.
  • Manejo de contingencias.
  • Terapia cognitiva.

Terapia motivacional

Es un método centrado en el paciente, que pretende provocar un cambio en el comportamiento, ayudando a explorar y resolver ambivalencias (Miller y Rollnick). Sus principios básicos son los siguientes:

  • Expresar empatía.
  • Crear discrepancias.
  • Darle un giro a la resistencia.
  • Fomentar la autoeficacia.

En todos los casos el proceso de la terapia tiene unas etapas que conviene trabajar para abordar adecuadamente el problema. Éstas son:

  • Definición de contexto.
  • Creación de la relación terapéutica.
  • Construcción del problema.
  • Construcción de soluciones.
  • Revisión del cambio.

Diagnóstico y tratamiento de las adicciones más frecuentes en los adolescentes

En la tabla 3 se describen de forma concisa los principales elementos de apoyo para el diagnóstico de cada una de las adicciones, empezando por la droga más consumida, el alcohol, y terminando por las que apenas se consumen en la adolescencia: la cocaína y los opiáceos. Igualmente, indicamos los fármacos más utilizados en los abordajes de cada una de ellas, que nos pueden servir para facilitar el cese del consumo y la superación del problema. En el caso de estas dos últimas, dada la complejidad de la adicción y sus graves consecuencias, lo aconsejable sería derivar al paciente al servicio de salud mental o a un centro especializado en el tratamiento de las adicciones.

Prevención

Concepto

Prevención significa anticiparse a que algo suceda, o conocer con anticipación un daño y actuar para evitarlo o reducirlo.

La OMS, cuando define el concepto de prevención (1998), hace referencia al conjunto de «medidas destinadas no solamente a prevenir la aparición de la enfermedad, como la reducción de los factores de riesgo, sino también a detener su avance y atenuar sus consecuencias una vez establecidas».

En el ámbito de las drogas, el concepto de prevención se refiere al conjunto de acciones encaminadas a promover la salud de las personas, para reducir la probabilidad de aparición de problemas relacionados con el consumo de estas sustancias12.

En este caso, nuestras acciones sobre los adolescentes intentan ayudar a identificar los problemas, sopesar sus consecuencias y buscar las alternativas para resolverlos12.

Objetivos

Raquel Díez (2010) enumera los objetivos que deben establecerse en todas las acciones preventivas:

  • Educar para que las personas tengan conocimiento de las consecuencias del consumo de sustancias y cómo enfrentarse a ellas de forma responsable.
  • Retrasar la edad de inicio del consumo de sustancias en la medida de lo posible.
  • Modificar las condiciones del entorno sociocultural que favorecen el aprendizaje del uso de las drogas.
  • Intervenir en las causas del malestar individual, ya sea modificando aquello que lo produce o ayudando a la juventud a superarlo.
  • Ofertar alternativas de vida saludable.

Tipos

Gordon (1987) propuso un modelo en el que contemplaba tres niveles de prevención:

Prevención universal

Va dirigida a toda la población, y plantea como objetivos prevenir el inicio del consumo, retrasar la edad de los primeros contactos y disminuir la prevalencia del consumo de drogas.

Mediante este tipo de prevención, además de detener el inicio del consumo, se ofrece información y se trata de fomentar entre la juventud la adquisición de las habilidades necesarias para prevenir el problema.

Se realizan actuaciones preventivas en las que se considera que toda la población comparte el mismo nivel de riesgo. Estas actuaciones pueden llevarse a cabo desde diferentes ámbitos de intervención: educativo, laboral, comunitario, etc.

Prevención selectiva

Destinada a subgrupos de la población que están expuestos a más factores de riesgo relacionados con el consumo de drogas que la población general.

Los jóvenes destinatarios de este tipo de prevención se inician en el consumo de drogas relacionado con factores de riesgo biológico, psicológico, ambiental y social.

Se plantea como objetivos prevenir y retrasar el consumo, así como prevenir algunos problemas que pueden derivarse de él (peleas, sobredosis, accidentes de tráfico, etc.).

Las actuaciones están centradas en los estilos de vida y los aspectos cotidianos de cada grupo.

Prevención indicada

Se dirige a personas que presentan signos de problemas asociados a unos consumos abusivos de drogas, sin llegar a la dependencia.

Las actuaciones preventivas en este nivel tienen como objetivo detener el consumo esporádico o abusivo, y están enfocadas principalmente a la modificación de los factores de riesgo.

Bibliografía

  1. WHO. Glosario de términos de alcohol y drogas Disponible en: http://www.who.int/substance_abuse/terminology/lexicon_alcohol_drugs_spanish.pdf
  2. Asociación Americana de Psiquiatría. Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5. Arlington: Asociación Americana de Psiquiatría, 2013.
  3. Partnership for Drug-Free-Kids- Where Families Find Answers. Ocho razones por las cuales los adolescentes consumen drogas. Disponible en: https://drugfree.org
  4. Consejería de Sanidad de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. La edad en los consumos de drogas. Disponible en: http://sescam.castillalamancha.es/files/edad_en_los_consumos_de_drogas_clm.pdf
  5. Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social. Plan Nacional sobre Drogas. Encuesta Escolar sobre Uso de Drogas en Estudiantes de Enseñanzas Secundarias (ESTUDES). Disponible en: http://www.pnsd.mscbs.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/encuestas_ESTUDES.htm
  6. Vázquez Fernández ME, Muñoz Moreno MF, Fierro Urturi A, Alfaro González M, Rodríguez Carbajo ML, Rodríguez Molinero L. Consumo de sustancias adictivas en los adolescentes de 13 a 18 años y otras conductas de riesgo relacionadas. Pediatr Aten Primaria. 2014; 16: 125-134.
  7. Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, Institutos Nacionales de la Salud, NIDA-National Institute on Drug Abuse. Las drogas, el cerebro y el comportamiento: la ciencia de la adicción. 2008. Disponible en: https://www.drugabuse.gov/sites/default/files/soa_spanish.pdf
  8. Volkow ND, Fowler JS, Wang GJ. The addicted brain: insights from imaging studies. J Clin Invest. 2003; 111: 1.444-1.451.
  9. Camí J, Farré M. Bases neurobiológicas de la adicción a drogas. Drug addiction. N Engl J Med. 2003; 349: 975-986.
  10. Pereiro C, ed. Manual de adicciones para médicos especialistas en formación. Disponible en: http://www.fundacioncsz.org/ArchivosPublicaciones/243.pdf
  11. Ministerio de Sanidad y Consumo. Secretaría General de Sanidad. Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas. Realidades, mitos, efectos, tipos, riesgos, abusos, consumo, dependencia, drogas. Disponible en: http://www.hablemosdedrogas.org/system/application/views/uploads/data/pnsd_guia_drogas.pdf
  12. Cruz Roja Española. Juventud, alcohol y cocaína. Guía para la intervención, 2010. Disponible en: http://www.cruzroja.es/guiajuventud/
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MÓDULO 8

Tema 16. Enfermedad crónica y transición del cuidado del pediatra al médico de adultos

A. Gago Ageitos, J.L. Iglesias Diz

Resumen

La prevalencia de las enfermedades crónicas en adolescentes, entendidas como aquellas que limitan el adecuado funcionamiento y requieren largos periodos de cuidado y supervisión, se sitúa en torno a un 7-10%. Los avances en el diagnóstico y tratamiento han hecho que enfermedades antes mortales en la infancia tengan hoy una mejor supervivencia y lleguen a la adolescencia. Si bien hay particularidades propias de cada enfermedad crónica, también hay aspectos comunes de las enfermedades crónicas para el adolescente que las sufre y sus familias. La adolescencia normal es un tiempo de rápido crecimiento y cambios fisiológicos, pero también un periodo en que ocurre un proceso singular de búsqueda de identidad personal y de socialización. Este periodo puede verse amenazado por el impacto de la enfermedad crónica; sin embargo, el desafío de adaptarse a la enfermedad crónica puede ofrecer una oportunidad excelente para dominar habilidades muy importantes, como la regulación emocional y la resolución de problemas. El propósito de este capítulo es revisar el impacto de la enfermedad crónica en el proceso biopsicosocial de la adolescencia y minimizar las reacciones cognitivas y emocionales negativas para facilitar la mejor adaptación individual y social del paciente.


Introducción

La enfermedad crónica (EC) es persistente en el tiempo y condiciona el desarrollo normal del niño o adolescente, altera su relación social y en ocasiones produce incapacidad, tanto física como psíquica1.

Las EC representan un porcentaje importante en la patología del niño y el adolescente. Aunque la mayoría de ellas no producen una incapacidad notable, el mero hecho de depender de un control médico y de algún tipo de medicación, o la limitación en las actividades con incidencias intercurrentes, pérdidas de horas lectivas, ingresos, etc., suele afectar a la vida cotidiana del adolescente, que puede percibir la limitación como una incapacidad para estar a la altura de sus pares. Además, supone para la familia una preocupación persistente que provoca disrupciones en el trabajo de los padres, gastos adicionales y preocupación por el futuro.

En las EC debemos considerar distintos aspectos que configuran el grado de limitación global, sobre los que tenemos que intervenir de distinto modo2:

  • La enfermedad propiamente dicha, con sus características sintomáticas, su gravedad y su pronóstico, que puede producir diversos déficits (temporales o irreversibles, congénitos o adquiridos): desde una dificultad mínima hasta graves incapacidades motoras, cognitivas o psicológicas, debidas al dolor o a la evolución con recaídas. La deficiencia puede ser física, psíquica, sensorial, intelectual o mental.
  • La limitación funcional es lo que se denomina «discapacidad», y puede ser de movilidad o desplazamiento, de relación o conducta y de comunicación.
  • El impacto social de la discapacidad es lo que se denomina «minusvalía», y se refiere a la situación de desventaja en que se encuentra el adolescente en la sociedad en la que vive.

Además de una visión biomédica basada en los aspectos negativos (síntomas, efectos adversos, cronicidad, tratamiento), que desde luego hay que abordar con rigor, se exige una concepción positiva, impulsando los aspectos personales y estimulando el autoconcepto y la autoestima, la resiliencia y las competencias individuales, para poder superar mejor el hándicap que supone la presencia de la enfermedad crónica3,4.

Epidemiología

Mientras que en el adulto la mayor parte de las EC son conocidas y tienen un diagnóstico y un tratamiento bien establecidos, los niños y adolescentes presentan un gran número de EC poco conocidas (enfermedades raras [ER]), que afectan también a un reducido número de personas, cuyo pronóstico es grave en muchos casos. Esto supone un problema adicional para el pediatra, que no puede conocer el curso y tratamiento de estas enfermedades con la misma solidez que el de las enfermedades comunes. Además, se agregan las dificultades para tratar a estos pacientes y aconsejar a unas familias que se sienten perplejas ante la complejidad de estos padecimientos.

Entre el 7 y el 10% de la población juvenil está afectada por una EC. El asma y las enfermedades alérgicas son las más frecuentes, y les siguen determinadas patologías neurológicas, neurosensoriales, la epilepsia y la parálisis cerebral. Otras pertenecen a la esfera psiquiátrica (trastorno por déficit de atención o trastornos de la conducta alimentaria) o nutricional (obesidad). Más del 60% de las incapacidades son motoras y un 40% de éstas son permanentes. Aproximadamente un 2% de la población menor de 16 años padece cierto grado de limitación en sus actividades diarias. Otros estudios recogen cifras del 10-20% para las EC en la adolescencia5. Si se suman otros tipos de enfermedades frecuentes, como alergias, alteraciones oculares y auditivas, etc., la cifra puede llegar al 30%5.

Clínica

La EC afecta a cada paciente de una manera específica, según el tipo de enfermedad, con su sintomatología característica y distinta gravedad, y a todos los pacientes de una manera común, con la repercusión biopsicosocial de la propia cronicidad.

La EC grave, que afecta a un 2% aproximadamente de esta población, supone casi un 30% del gasto sanitario; sin embargo, el peso del cuidado recae sobre todo en la esfera familiar, produciendo una sobrecarga que repercute en su propia dinámica y en su economía.

Los pacientes crónicos suelen requerir la atención de numerosos especialistas, como endocrinólogos, neurólogos, nutricionistas, fisioterapeutas y personal de enfermería, lo que tiene un gran valor para establecer el tratamiento adecuado, pero también tiene el inconveniente de los múltiples mensajes, los controles excesivos y la pérdida de horas lectivas para el paciente, que repercuten en su propia salud y generan confusión y gasto en las familias. Es necesario que el pediatra y, más tarde, el médico de familia tomen las riendas del problema y ayuden a optimizar los recursos de que se dispone para mejorar la situación. En ocasiones, las enfermedades pertenecen al grupo de las ER, que, debido a su baja frecuencia, son poco conocidas por los profesionales y exigen un gran esfuerzo para las familias, que se encuentran con las limitaciones y la falta de recursos del sistema para abordar estas patologías.

Cada enfermedad tiene un curso que puede ser estable o intermitente, persistente o en brotes, con periodos de salud normal, por lo que es necesario que el paciente tenga una información clara sobre su enfermedad que refuerce sus conocimientos para lograr una mayor autoeficacia. Ello le permitirá obtener una posición adaptada a la vida social, más importante incluso que el apoyo social, para conseguir una mejor calidad de vida.

Durante la adolescencia, los cambios físicos y psicológicos propios del desarrollo puberal y pospuberal se suman a los problemas derivados de la EC. Durante la niñez, el cuidado de los padres parece ser suficiente, pero en la nueva etapa el joven se replantea su vida en sociedad, puede sentirse marginado por sus pares, enfadado por sus discapacidades, inhibido ante las relaciones de pareja o frustrado por sus dificultades, e incluso puede surgir un proceso de rebeldía o trastornos psiquiátricos graves, que se comentarán más adelante. La EC puede influir, de manera y en grado distintos, en la propia maduración adolescente, en la forja de la independencia contra la dependencia de los padres coartada por la discapacidad, la dificultad de relación o el miedo a no estar a la altura de sus pares, hecho crucial en la socialización del adolescente; en la asunción de los cambios biológicos, la figura, el modelo corporal y la participación en igualdad en la actividad física y, por último, en la maduración y creación de la propia identidad como individuo, con la asunción de las propias responsabilidades como persona y la consolidación de las aspiraciones profesionales, culturales, éticas y sociales propias del individuo adulto.

La EC, por definición, está omnipresente y puede presentar episodios recurrentes o un agravamiento en su evolución, lo cual condiciona la vida del adolescente, con frecuentes ingresos, realización de pruebas y técnicas a veces dolorosas o molestas. El pediatra y el médico de familia deben tratar de informar lo más claramente posible sobre la propia enfermedad, el pronóstico y su curso probable, así como reforzar de la misma manera el papel de la familia, que, a la postre, va a ser el primer «cuidador» del paciente, cuya salud también depende de la salud del cuidador. El fortalecimiento del autoconcepto, la autoestima, la autonomía y la resiliencia aportará una base sólida para evitar o atenuar las repercusiones negativas de la EC en el niño o adolescente6.

Comorbilidad psiquiátrica en el adolescente con una enfermedad crónica

Los niños y adolescentes con una EC presentan más problemas emocionales y conductuales7. El riesgo de padecer estos problemas depende de múltiples factores, entre ellos las características de personalidad del paciente, el tipo de EC, el apoyo familiar y social8, así como el adecuado abordaje de los profesionales del ámbito sanitario y educativo9. Se considera que la detección de los problemas psicosociales no siempre es fácil8 y que la patología psiquiátrica en los adolescentes con una EC dobla, al menos, la de los adolescentes sin ella, aunque hay mucha variabilidad en esta cifra.

Los adolescentes con EC pueden padecer cualquier trastorno psiquiátrico, entre los cuales son muy frecuentes los trastornos de la conducta alimentaria, depresivos, somatomorfos, de ansiedad y de conducta, con o sin abuso de sustancias.

Los trastornos de la percepción corporal y los trastornos alimentarios son habituales en los adolescentes con EC, debido al deseo de controlar una imagen corporal alterada por la enfermedad. Se ha descrito que la obesidad infantil se asocia a otros trastornos de la conducta alimentaria, como la bulimia, la anorexia y el trastorno por atracón, aunque se han encontrado similitudes neurobiológicas en todos estos trastornos.

Los trastornos ansiosos de tipo obsesivo pueden desarrollarse en pacientes que requieren medidas higiénicas o dietéticas estrictas, como los diabéticos, los celiacos o los pacientes con una enfermedad inflamatoria intestinal.

Los cuadros somatomorfos se caracterizan por presentar síntomas parecidos a los de la EC, pero expresan un malestar emocional10. No son simulados y afectan muchas veces a los pacientes con dificultades para verbalizar el malestar psíquico10. Así, es habitual que los epilépticos presenten seudoconvulsiones, la amplificación de la sensación dolorosa en cuadros crónicos que cursan con dolor o el síndrome de fatiga crónica tras cuadros infecciosos complicados.

Reacciones psicológicas normales ante la enfermedad

Enfermar supone enfrentarse a un mundo hasta entonces desconocido y negado para esta población11. Cuando las enfermedades no son congénitas y su diagnóstico se establece por primera vez en torno a la adolescencia, el individuo experimenta una serie de reacciones emocionales normales ante la enfermedad que el médico debe considerar. Frecuentemente aparecen reacciones de ansiedad, miedo a lo desconocido, así como al dolor, a la destrucción del cuerpo, a la pérdida de autonomía y a la muerte.

Como médicos, no debemos temer nunca preguntar sobre el miedo a la muerte o el deseo de morir; debemos indagar sobre las angustias y formular preguntas de manera empática. Preguntar sobre la muerte, el miedo o el deseo de morir nunca induce a una conducta suicida, y puede ayudarnos a entender si la reacción del enfermo es fisiológica o no. Siempre hay que recordar «las 6D»12 que están en la preocupación de todo enfermo:

  • Death (muerte).
  • Dependency (dependencia).
  • Disfigurement (deformación).
  • Disability (incapacidad).
  • Disruption (ruptura de vínculos relacionales).
  • Discomfort (molestias).

Asimismo, entre las estrategias de afrontamiento frecuentes que podemos observar en nuestros pacientes se encuentran las siguientes: negación (de la enfermedad), regresión (el individuo pasa a un estadio de desarrollo anterior, volviéndose más dependiente), compensación (buscar contrarrestar los déficits con la estimulación de otras cualidades positivas o negativas), racionalización (discurso de justificación, que puede ser positivo si ayuda a tomar conciencia, o negativo si frena en la consecución de objetivos) y sublimación (una estrategia de afrontamiento normalmente madura en que el individuo convierte el déficit en una ganancia socialmente aceptable; p. ej., el conocimiento sobre la enfermedad lo lleva a querer investigar sobre una cura, ser médico o ayudar a otros en esas circunstancias)13. Podemos encontrar también reacciones de actuación o conductuales (predominan la rabia y la hostilidad), y además de aislamiento, inhibición y sumisión14 (tabla 1).

 

Prevención de la patología psiquiátrica en adolescentes con una enfermedad crónica

La prevención de la patología psiquiátrica tiene que ver con una buena psicoeducación e información sobre la enfermedad, el apoyo adecuado a los pacientes y sus familias, y la normalización máxima posible de la actividad escolar y relacional del adolescente:

  • Información al adolescente y sus familias:
  • Adecuada: acorde al grado de desarrollo psíquico; utilizar un lenguaje habitual y conocido; limitada a pocos conceptos a la vez; apoyada en aspectos de recuperación o positivos; dar la oportunidad de hablar y preguntar.
  • Coherente: explicativa de los comentarios y hechos percibidos; explicativa de sensaciones y síntomas.
  • Gradual: acorde a la tolerancia del niño en cada momento; interrumpirla cuando despierta una ansiedad excesiva; limitada.
  • Continua: repetirla o ampliarla; explicar los resultados de estudios realizados; reconsiderarla cuando se presenten cambios de conducta vinculados a rechazos o complicaciones terapéuticas.
  • Detección de miembros de la familia susceptibles de sufrimiento psicológico; apoyar y entender a los padres, así como a los hermanos (también en el proceso de desarrollo pueden presentar un gran sufrimiento psíquico; son frecuentes los celos, la ansiedad, la vivencia de abandono y la culpa).
  • Apoyo emocional al paciente y su familia, abriendo espacios de expresión, mentalización, comprensión y elaboración con un discurso de esperanza. Los grupos de apoyo y asociaciones para el paciente y sus familias pueden tener un papel importante en la socialización y el apoyo emocional que ofrece el grupo.
  • Mejorar la adherencia al tratamiento1:
  • Ver al adolescente a solas y discutir con él los aspectos terapéuticos.
  • Explorar lo que el adolescente sabe de la enfermedad y corregir malentendidos.
  • Informar sobre la enfermedad y su tratamiento de manera adecuada, repetida y progresiva.
  • Adaptar el tratamiento a las rutinas del paciente.
  • Establecer rutinas en la toma de medicación.
  • Fomentar la adaptación escolar y la socialización.

Se han realizado estudios que aseguran que la pérdida escolar se debe más a los aspectos psíquicos que a los aspectos médicos16. Debe existir una comunicación entre el personal sanitario y educativo intrahospitalario y los profesionales educativos de colegios e institutos. El profesorado debe asesorar y ayudar al alumnado fomentando la integración del adolescente enfermo.

Los beneficios de la escolarización no sólo tienen que ver con los aspectos del aprendizaje y la formación, sino también con una mejor socialización, normalización vital, distracción, esperanza de recuperación y mejora de la autonomía.

Factores de riesgo para padecer complicaciones psiquiátricas en los adolescentes con una enfermedad crónica

  • En relación con la enfermedad: larga evolución, secuelas físicas, hospitalizaciones prolongadas, uso de fármacos que pueden producir depresión, ansiedad y alteraciones de conducta (corticoides, antivirales, antihipertensivos, bloqueadores beta, estimulantes beta…).
  • En relación con el individuo: patología psiquiátrica previa, trastorno de la personalidad o rasgos de la personalidad de marcada evitación, dependencia, ansiedad o histrionismo.
  • En relación con la familia: padres con enfermedad psiquiátrica o médica graves, familias monoparentales y/o sin apoyo familiar, bajo nivel educativo.

Cuándo se debe realizar una interconsulta al servicio de psiquiatría

Ante la existencia de clínica depresiva (tristeza, regresión, inhibición, aislamiento o irritabilidad prolongadas en el tiempo), ideación suicida o alteraciones de conducta (agresividad, conductas de riesgo, negación extrema…) que interfieran en el tratamiento médico.

Tratamiento de los cuadros psiquiátricos sobrevenidos en los adolescentes con una enfermedad crónica

Psicoterapia individual y familiar

Basada en crear espacios de expresión, reestructuración cognitiva (mentalización) y elaboración; fomentar áreas personales de distracción («libres de enfermedad»), favorecer la socialización y realizar psicoeducación (explicar y educar sobre la enfermedad teniendo en cuenta la situación madurativa y emocional del paciente y su familia, y estimular su participación y la resolución de dudas); enseñar técnicas de relajación y luchar contra el sedentarismo.

Psicoterapia grupal

El apoyo grupal puede facilitar tanto la toma de conciencia sobre el beneficio de los hábitos saludables y la psicoeducación sobre la enfermedad como la mejoría del ánimo, el apoyo mutuo, el altruismo, compartir y elaborar experiencias dolorosas que favorezcan la mejor adaptación.

Psicofarmacología

La psicofarmacología actual es, por lo general, una medicación segura, con pocos efectos secundarios e interacciones con otras medicaciones. Cada caso requiere un «traje a medida», teniendo en cuenta los siguientes aspectos:

  • Los antidepresivos pueden mejorar el ánimo y disminuir la ansiedad y la sensación dolorosa (especialmente la duloxetina, la mirtazapina, la desvenlafaxina y la venlafaxina). Debemos recordar que la paroxetina y la fluoxetina inhiben potentemente una de las isoenzimas del citocromo P450, la CYP2D6, y pueden interaccionar más fácilmente con otra medicación. La venlafaxina puede aumentar la presión arterial. La mirtazapina ha de administrarse por la noche, ayuda a la conciliación del sueño, es antiemética17 y aumenta el peso.
  • Los neurolépticos o antipsicóticos pueden utilizarse tanto en cuadros confusionales como en alteraciones de la conducta en dosis bajas. Los antipsicóticos de segunda generación habitualmente producen un aumento del apetito y del peso.
  • Las benzodiacepinas pueden ayudar en el tratamiento de los síntomas de ansiedad mientras no hacen efecto los antidepresivos. Pueden utilizarse para disminuir la ansiedad previa a las pruebas médicas; su papel como relajantes musculares es importante, así como su potencia para tratar el insomnio que no responde a medidas de higiene del sueño no farmacológicas.

Algunos ejemplos de enfermedades específicas

Leucemia, enfermedad oncológica

Las enfermedades oncológicas producen un gran impacto en el paciente y su familia; a pesar de la impresionante mejora en el pronóstico de estas enfermedades en las últimas décadas, siguen provocando una gran angustia. El proceso diagnóstico y el tratamiento exigen un control estricto de los pacientes, pruebas molestas e ingresos frecuentes, intervenciones quirúrgicas, radioterapia y quimioterapia. Todo ello se prolonga durante meses y genera un estado de incertidumbre («síndrome de Damocles») debido a que, a pesar de la mejora global del pronóstico, una proporción de pacientes fallece, y en otros casos pueden presentar secuelas cognitivas o alteraciones psíquicas. La ansiedad puede asociarse al dolor, a las alteraciones metabólicas y a ciertos fármacos, como los corticoides14, y pueden aparecer secuelas cognitivas por la radioterapia craneal.

Asma

Es la EC de mayor prevalencia en la infancia y, aunque en menor grado, afecta a los adolescentes. Los pacientes asmáticos disponen en la actualidad de un arsenal terapéutico excelente que ha mejorado sustancialmente su calidad de vida y, salvo en el asma grave, no suelen necesitar terapias agresivas ni ingresos frecuentes, como ocurría con anterioridad. De todos modos, los adolescentes deben ser muy meticulosos con la prevención para evitar las crisis asmáticas: mantener limpia la habitación; evitar el uso de tejidos superfluos, las mascotas y el hábito de fumar; limitar ciertos tipos de ejercicio y, desde luego, mantener sin interrupciones el tratamiento de mantenimiento y usarlo dentro de los límites establecidos por el pediatra y el alergólogo, evitando su abuso y mal uso. Estas indicaciones deben recalcarse al paciente para que el control y el tratamiento de la enfermedad sean una rutina que evite las recaídas y el empeoramiento de la función respiratoria en el futuro. Muchos adolescentes adoptan con naturalidad el tratamiento, pero otros son más reticentes a que su «enfermedad» sea conocida, y les cuesta llevar encima siempre su inhalador o tener que decir que no a determinadas actividades de sus pares nocivas para su salud. En estos casos, el pediatra o el médico de familia deben reforzar los aspectos relativos a la autonomía de sus pacientes, así como su resiliencia y su autoconcepto-autoestima. En los adolescentes jóvenes, la colaboración de los padres debe ayudar a conseguir esa mayor confianza en el propio control del asma. Los padres deben evitar «tomar el mando» de la situación, dirigir la terapia, y decidir cuándo y cómo se deben hacer las cosas, ya que de este modo el paciente nunca aprenderá a decidir por sí mismo ni se sentirá seguro.

Diabetes mellitus tipo 1

El problema más frecuente en los casos de diabetes mellitus insulinodependiente (tipo 1) está relacionado con la adherencia terapéutica y la aceptación de la enfermedad. El tratamiento con insulina implica el seguimiento rutinario de instrucciones que se deben cumplir para lograr un correcto control de la enfermedad. Ello implica que el paciente deberá anotar en una libreta, cada día durante toda la vida, sus controles de glucemia (que se hará él mismo pinchándose según un horario establecido), las unidades de insulina que debe inyectarse dos o más veces al día, el horario de comidas y las restricciones dietéticas puntuales. En la adolescencia estos controles estrictos pueden provocar un rechazo en el paciente, quien puede negarse a seguir los controles necesarios e incluso mentir en las anotaciones de su libreta-control. El pediatra adiestrado debe instruir al paciente adolescente, reforzar sus aspectos positivos y desdramatizar o normalizar el uso de la medicación que parece querer ocultar a los demás. La familia debe conocer también los pasos a seguir en caso de que el paciente sufra algún percance y no pueda valerse por sí mismo en esos momentos (hipoglucemia, mareos, etc.).

Enfermedad celiaca

La enfermedad celiaca, en su manifestación más precoz y grave, condiciona la vida del niño, pues el gluten está presente en muchos alimentos procesados, aparte de en los cereales conocidos que lo contienen (trigo, cebada, centeno), de modo que muchos alimentos o utensilios pueden contaminarse sin que se tenga conocimiento de que contienen gluten. La mejora del etiquetado de los alimentos procesados ha cambiado esta situación, pero los niños y adolescentes deben ejercer una «labor de policía» cuando se trata de comer alimentos en lugares distintos a su domicilio, que es «el lugar seguro». El gluten puede contaminar o formar parte de alimentos o de cremas dentales; por ejemplo, los restos en un plato que haya contenido un alimento con gluten pueden provocar síntomas en el paciente con celiaquía que reutilice ese plato. Los pacientes y las familias de estos niños y adolescentes deben ser conscientes de esta situación y ser absolutamente estrictos al respecto. Si el control no es exhaustivo, el paciente tendrá recaídas frecuentes, que podrían ser graves y afectar a su desarrollo futuro. Como en los demás pacientes con EC, la solidez y la claridad de las normas, así como el refuerzo de la autonomía del paciente que asume la responsabilidad de normalizar en lo posible la convivencia con su enfermedad y desarrollar una vida plena, son las claves del éxito terapéutico. Bien es verdad que el apoyo conjunto (familiar, sanitario, escolar y social) es el marco en el que esto puede conseguirse en mayor o menor grado, como es lógico.

Fibrosis quística

Es una enfermedad autosómica recesiva, de expresión clínica variable, que afecta a la secreción glandular de órganos clave del ser humano y a la secreción bronquial (debido al aumento de la viscosidad del moco), produce una obstrucción de las vías respiratorias con infecciones frecuentes, tiene una evolución tórpida y muestra una mala respuesta al tratamiento antibiótico, con la producción de bronquiectasias progresivas e insuficiencia pulmonar grave. La enfermedad pulmonar es la causa principal del acortamiento de la vida de estos pacientes, aunque se pueden ver afectados otros órganos, como el páncreas exocrino, el hígado, el aparato genital, etc. En la actualidad el diagnóstico precoz y el progreso en el tratamiento de estos pacientes han cambiado su pronóstico, cuando tan sólo hace unas décadas la mayoría de los casos graves no llegaban a la edad adulta. La severidad del trastorno se ha relacionado con la aparición de un mayor número de alteraciones psicológicas y emocionales severas. Algunos aspectos que influyen en ello son la progresión de la enfermedad y la previsión de un acortamiento de la vida, los déficits funcionales con los que conviven los pacientes, los tratamientos largos, los ingresos por infección, etc. Es necesario priorizar estrategias positivas de afrontamiento y apoyo emocional a estos pacientes, y sin lugar a dudas, el apoyo familiar y social desempeña un papel muy importante en su bienestar.

Transición del pediatra al médico de familia

El pediatra está en la mejor disposición de mantener la atención médica del adolescente, ya que lo conoce desde pequeño, ha seguido su crecimiento y desarrollo como individuo, ha diagnosticado y tratado sus problemas, y dispone de la confianza del propio adolescente, que siente un vínculo con «su» médico. En España, la atención al adolescente se prolonga hasta los 14-16 años de edad según las diferentes comunidades autónomas. En el Plan Estratégico Nacional de la Infancia y Adolescencia se aprobó ampliar la atención hospitalaria hasta los 18 años, aunque esta adopción no se ha visto secundada por medidas prácticas para llevarla a efecto. De todos modos, en nuestro sistema de salud en algún momento la atención de estos pacientes deberá pasar al médico de familia: parece muy pronto a los 15 años, pero es poco probable que alguna vez lo haga después de los 18. Es importante en este periodo de transición preguntarle al propio adolescente si quiere seguir con el pediatra o cambiar al médico de familia. Puede que un chico de 18 años prefiera acudir al médico de familia y no al pediatra, aunque tenga una relación estupenda con él. Uno de los problemas principales de la atención al adolescente radica en la propia pediatría, ya que los pediatras no quieren atender a pacientes adolescentes porque necesitan más tiempo (del que no disponen) y una preparación específica sobre los problemas que plantean (drogas, sexualidad, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos psiquiátricos, etc.).

La transición al médico de familia es un proceso que debe ir preparándose con antelación para que no sea traumática para el joven, y su objetivo es procurar una continuidad de la atención, mejorar la adherencia terapéutica y el conocimiento de la EC, para lograr una mayor independencia o autonomía del paciente y facilitar el conocimiento y la generación de confianza en el nuevo equipo médico18.

Indudablemente existen diferencias en el procedimiento asistencial entre los niños/adolescentes y los adultos que debemos conocer y solventar en la medida de lo posible para que la atención correcta no se vea alterada. Estas diferencias podrían resumirse así18: la consulta del pediatra suele estar más orientada hacia la familia, aunque no es así en la adolescencia, etapa en que se consideran los aspectos madurativos y del desarrollo; existe una mayor conexión con los servicios sociales y escolares, una mayor individualización en el tratamiento, una mayor supervisión y una actitud más paternalista. Por el contrario, la atención al adulto está enfocada al individuo, se centra más en los aspectos de salud/enfermedad, y hay un menor contacto con los servicios no sanitarios, una menor supervisión y una mayor participación del paciente en las decisiones terapéuticas.

La Asociación Americana de Pediatría (AAP) diseñó un algoritmo para establecer los pasos que debían regir la transición del pediatra al médico de familia19. El Centro Nacional de Transición sintetizó en seis pasos ese proceso que resumimos:

  1. Elaborar los planes de transición con el paciente y la familia, de modo que puedan colaborar en su elaboración. Iniciar el proceso sobre los 14 años de edad. Formar al personal en los procedimientos para la correcta transición.
  2. Observación y seguimiento del proceso de transición, selección, observación, registro, etc.
  3. Capacitación del paciente: pretende evaluar sus capacidades y prepararlo para una correcta transición.
  4. Evaluación de la transición con la preparación individualizada del paciente: objetivos, informe pormenorizado, información al médico de familia y determinar el mejor momento para la transición.
  5. Transición médica con toda la historia clínica e informaciones adicionales.
  6. Conexión posterior con la familia y el paciente por parte del pediatra para cerrar el tránsito, y ofrecer la ayuda necesaria y el contacto con el médico de adultos.

Bibliografía

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MÓDULO 8

Tema 15. Cambios sociales en la familia, la escuela y la sociedad. Su influencia en el desarrollo. Papel del pediatra

L.S. Eddy Ives, G. Ochando Perales

Resumen

Los cambios sociales producidos en las últimas décadas afectan, de un modo u otro, a todos los miembros de la familia, por lo que para el buen desarrollo psicoemocional de los niños es importante lograr ajustarse con equilibrio a estos cambios. En este capítulo se abordan los diferentes modelos de familia, la interacción familiar, la teoría del apego y su forma de presentación, la problemática de la separación/divorcio y cómo afecta a los niños (pero también a los padres), el síndrome de alienación parental, la adopción y, finalmente, el importante papel del pediatra para aconsejar a las familias y velar por el bienestar de los niños.


Introducción

En los últimos 50 años se han producido grandes cambios en la sociedad, que han ocasionado, a su vez, cambios en el modelo de familia y también en el modelo y tipo de escuela. En la década de 1960, el mayor factor impulsor de estos cambios fue la aparición de la «píldora», o anticonceptivos hormonales, que permitieron el control de la natalidad y, por ende, la participación activa de la mujer en la sociedad, lo que obligó a las familias a hacer sus propios cambios. Posteriormente, en España, en 1981, la aparición de la Ley del Divorcio fue un factor que, sin duda, ocasionó cambios sociales y en la familia. A finales del siglo pasado, el auge de las adopciones internacionales y la globalización impulsaron nuevos cambios, tanto en las familias como en la escuela y la sociedad. También hay que tener en cuenta que el aumento en la expectativa de vida, así como la prolongación de los estudios, que alargaba la dependencia económica de los hijos respecto de sus padres, son factores que han ocasionado cambios importantes en la estructura de las familias y en la sociedad en general. Finalmente, tampoco conviene olvidar los cambios sociales que está generando la aparición de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y los nuevos cambios que probablemente se irán produciendo, en un futuro no muy lejano, debido al ritmo constante de la innovación.

Modelos de familia

El concepto de familia implica aspectos biológicos, emocionales, sociales y jurídicos, y varía según las diferentes culturas. Debido a la globalización, es necesario conocer el concepto de familia y su funcionamiento en otras culturas, sin olvidar nuestra legislación específica al respecto. Entre los diferentes tipos de familia (Valdivia, 2008; Mujika, 2005) cabe mencionar los siguientes:

Familia tradicional

El papel de la mujer estaba relegado (y en muchas otras culturas todavía lo está) al cuidado y la atención del esposo e hijos en un entorno de obediencia y sumisión. Al hombre le correspondían el cuidado y la protección de la esposa en un espacio de autoridad. A veces los matrimonios eran concertados por los padres. En esta situación se responsabilizaba casi exclusivamente a la madre del equilibrio afectivo y emocional del niño, y al padre del sustento económico. Este modelo de familia está en claro declive.

Familia nuclear clásica

Modelo formado por madre, padre y una media de menos de 2 hijos que viven bajo el mismo techo. Tanto el padre como la madre se responsabilizan de la crianza de sus hijos y de aportar sustento económico a la familia. Se incluye aquí las parejas de hecho que están al margen del marco legal del matrimonio. Un estudio reciente (Abril et al., 2012) puso de manifiesto que, cuando nace el primer hijo, la mayoría de las parejas están de acuerdo en que al menos uno de los padres tendrá que reducir su jornada de trabajo para hacer frente a las demandas de su nueva situación familiar, y generalmente se anticipa que la mujer será quien asuma dicha adaptación. Los hombres no expresan en la misma medida una predisposición a llevar a cabo cambios laborales y vitales importantes a raíz de su transición a la paternidad. En cambio, sí que están de acuerdo en colaborar dentro del hogar. Hay que tener presentes el retraso en el nacimiento del primer hijo, que muchas veces será hijo único, y el retraso en su emancipación, lo que favorece un estilo educativo sobreprotector.

Familia monoparental

En este modelo hay sólo un progenitor presente, el único responsable de la crianza y el cuidado de los hijos. Cada vez es más frecuente este tipo de familia. Los motivos de la ausencia del otro progenitor pueden ser: fallecimiento, separación o divorcio sin implicación posterior en la crianza de los hijos, emigración a otro país, abandono del hogar, embarazo no planificado en una mujer soltera o decisión unilateral de la madre.

Familia homoparental

Cuando la familia está constituida por dos madres o dos padres homosexuales. En 2005, España se convirtió en el tercer país del mundo –después de Holanda y Bélgica– que legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo. Los hijos pueden ser de la pareja o de matrimonios o relaciones anteriores.

Familias reconstituidas o polinucleares

Son las familias en que uno o ambos progenitores tienen la tutela de los hijos de una relación anterior. Es cada vez más frecuente. La reconstitución familiar implica una reconfiguración de los roles maternos y paternos, con una mayor complejidad en las relaciones familiares. Estará presente una maternidad/paternidad biológica más una social, lo que hace más compleja la educación de los hijos, pues dispondrán en muchas ocasiones de «dobles familias». Puede representar un coste emocional para todos los miembros de la familia, especialmente para los hijos, que con frecuencia no participan en las decisiones de los adultos.

Familia adoptiva

En este tipo de familias hay filiación sin vínculo biológico, y pueden incluirse dentro de cualquier modelo de las familias anteriormente expuestas.

Familia multicultural

El fenómeno de la inmigración internacional ha favorecido la formación de matrimonios mixtos. Ambos miembros pueden proceder de culturas muy diferentes, lo que produce discrepancias educativas y una mayor complejidad en el funcionamiento de la familia.

Familia de acogida

Se establecen vínculos afectivos con los cuidadores sin perder el vínculo con los padres biológicos.

Nuevos modelos o situaciones familiares

A partir de la fecundación in vitro y la manipulación genética, hay que tener presentes nuevas situaciones familiares por la implicación ética que comportan y, por ende, la necesidad de regulación, como las siguientes:

  • Inseminación en mujeres menopáusicas mayores de 55 años.
  • Madres de alquiler para facilitar hijos a parejas que no pueden tenerlos.
  • Selección genética en familias con enfermedades hereditarias.
  • Clonación como medio para solucionar un problema de salud o para «reencontrarse» con un hijo fallecido.

Interacción familiar y desarrollo del niño

En el seno de la familia es donde se inicia la socialización del niño, con poder de influencia sobre su desarrollo emocional, cognitivo y social. Si hay un adecuado clima emocional en el entorno familiar, el niño desarrollará una buena autoimagen con sentimientos de confianza en sí mismo. Con este clima de confianza, junto con la aportación de estímulos intelectuales por parte de los miembros de la familia, se potenciará el aprendizaje, en el que más adelante también tendrá un gran poder de influencia el entorno escolar. A través de la familia y la escuela se transmitirán valores culturales y sociales; por tanto, toda circunstancia que afecte a la familia y a la interacción de sus miembros tendrá repercusión sobre el normal desarrollo del niño.

Teoría del apego

John Bowlby (1995) fue pionero en estudios sobre la vinculación en los seres humanos. Estuvo influenciado por Konrad Lorenz (1903-1989), quien, en sus investigaciones con gansos y patos en la década de 1950, reveló que las aves podían desarrollar un fuerte vínculo con la madre (teoría instintiva) sin que el alimento estuviera por medio. Pero fue Harlow (1905-1981), con sus experimentos con monos y su descubrimiento de la necesidad universal de contacto, quien le encaminó de manera decisiva en la construcción de la «Teoría del apego». Bowlby escribió un informe para la Organización Mundial de la Salud en 1951 sobre el cuidado maternal y su influencia en la salud mental, distinguiendo las siguientes etapas en el desarrollo del niño:

  • 0-3 meses: dependencia total de la madre y satisfacción de sus necesidades. Reconoce olor y voz. Las primeras relaciones del niño con su madre están basadas en la búsqueda de protección y no de alimentación.
  • 3-6 meses: el bebé emite señales (sonrisa, ruidos) a otras personas que conoce.
  • 6 meses-3 años: intenta mantener la proximidad con figuras vinculares.
  • A partir de los 3 años: no necesita la presencia física de la madre para sentirse seguro.

Según Bowlby, el bebé nace con un repertorio de conductas que tienen como finalidad producir respuestas en los padres. La succión, las sonrisas reflejas, el balbuceo, la necesidad de ser acunado y el llanto no son más que estrategias del bebé para vincularse con sus padres. Con este repertorio los bebés buscan mantener la proximidad con la figura de apego, se resisten a la separación, protestan si se lleva a cabo (ansiedad de separación), y utilizan la figura de apego como base de seguridad desde la que explora el mundo. El niño que logra un buen apego desarrollará una buena regulación emocional. Para Bowlby, cuando un niño sabe que su figura de apego es accesible y sensible a sus demandas, tendrá un fuerte sentimiento de seguridad, y cuando las relaciones primarias madre-hijo están perturbadas, será un precursor de desarrollo de trastorno mental. La teoría del apego tiene una relevancia universal, pues la importancia del contacto continuo con el bebé, sus cuidados y la sensibilidad a sus demandas están presentes en todos los modelos de crianza, con variaciones según el medio cultural pero manteniéndose la universalidad de la importancia del apego.

Ainsworth (1991), en su trabajo con niños en Uganda, estudió las diferencias en la calidad de la interacción madre-hijo y su influencia sobre la formación del apego. Según sus estudios, los comportamientos del bebé dependen de la sensibilidad de la madre a las peticiones del niño. Considera que los vínculos iniciales serán la base de las relaciones sociales posteriores. Describió los siguientes patrones de apego:

  • Niño de apego seguro (65%). Llora poco y se muestra contento cuando explora en presencia de la madre. Puede intranquilizarse con la separación, pero el contacto físico afectuoso a su regreso lo tranquiliza. Son niños que se muestran seguros, autónomos, sociables, fáciles de manejar, capaces de explorar el ambiente, y que perciben a sus padres como personas sensibles a sus necesidades. El apego seguro favorece que el hijo sea resiliente. Su madre o figura maternal habrá representado una base segura para su desarrollo emocional.
  • Niño de apego inseguro, que Ainsworth subclasificó en 3 grupos:
  • Apego inseguro evitativo (20%). Es un niño independiente que muestra una conducta exploratoria activa, pero con la separación de la madre muestra poco malestar, ignorando a la madre a su regreso. Estos niños no perciben a la madre como persona sensible a sus necesidades, no hay cercanía. Pueden ser muy sociables con extraños.
  • Apego inseguro ambivalente/resistente (10-12%). Explora muy poco y se mantiene cerca de la madre, inquietándose mucho con la separación y mostrando ambivalencia a su regreso. Se mantiene cerca, pero rechaza el contacto físico.
  • Apego inseguro desorganizado (3-5%). Es una combinación del patrón evitativo y ambivalente. Se suele observar en los casos de malos tratos y abusos.

Divorcio

El divorcio es una experiencia altamente traumática tanto para los progenitores implicados directamente como para los hijos. Se considera uno de los acontecimientos vitales más estresantes en la vida del niño que lo sufre. Es motivo de consulta tanto en pediatría como en salud mental. Suele ser un largo proceso que comienza con una etapa previa de desavenencias y conflictos de pareja; un aumento del conflicto más adelante, al iniciarse los trámites legales para la separación, y, finalmente, en una tercera etapa, surgen efectos a medio y largo plazo (Mardomingo, 2015), en la que influye la capacidad de los miembros de hacerlo de forma calmada y sin culpabilizarse mutuamente. Para los hijos, muchas veces va a representar la pérdida total o parcial de uno de los padres, cambios en los cuidados habituales que recibe, un descenso en el nivel económico, cambio de colegio y/o de vivienda y, en el futuro, posibles nuevos matrimonios por parte de uno o ambos padres, todo lo cual va a requerir una alta capacidad de adaptación por parte de todos.

Epidemiología

Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística de 2015, en España la tasa de sentencias de nulidad, separación o divorcio es de 2,2/1.000 habitantes. La custodia de los hijos menores a favor de ambos progenitores es del orden del 24,7%, a favor de la madre del 69,9% y del padre del 5,1%. En relación con el año anterior, se observa un incremento de un 3% a favor de la custodia compartida en detrimento de la custodia con la madre. Además, habría que añadir a las cifras de divorcio las separaciones de parejas de hecho, para las que no existe un registro oficial (Castro y Seiz, 2014).

Consecuencias socioeconómicas

Sin duda, la separación/divorcio conlleva una disminución de ingresos económicos para lo que había sido la unidad familiar, que algunas veces puede llegar a ocasionar situaciones de pobreza (alimentación inadecuada, falta de acceso al necesario material escolar, etc.), y en otras ocasiones el niño sufrirá cierta exclusión social al no poder realizar ya las actividades de ocio o extraescolares que hacía anteriormente (Seijo et al., 2002). Un porcentaje considerable de padres deja de ayudar económicamente a los hijos, lo que genera la necesidad de que las madres trabajen más horas fuera del hogar, aumentando así la sensación de abandono en los hijos.

Consecuencias psicoemocionales

El riesgo de sufrir psicopatología en los niños cuyos padres se han separado es doble. La separación de la pareja crea en sus miembros sentimientos diversos: ansiedad, estrés, labilidad emocional, pérdida de autoestima, etc. Es diferente en ambos, en parte en función de cuál de los dos tomó la decisión y los motivos de ello.

La relación paternofilial se verá afectada, en parte, según el progenitor que tenga la custodia. Es frecuente que los padres modifiquen su estilo educativo de más rígido a más permisivo. Ahora bien, a veces la calidad de la relación del progenitor que no tiene la custodia mejora tras el divorcio, al implicarse más en la educación de su hijo.

En los hijos se observan conflictos psicoemocionales a raíz de los sentimientos de abandono por no entender qué está pasando, por qué abandona uno de los progenitores el hogar. Habrá sentimientos de frustración e impotencia por todos los cambios de rutina en su vida (p. ej., tener que pasar el fin de semana fuera del barrio, sin los amigos), sentimientos de culpabilidad si no se les ha explicado claramente la causa de la decisión de los padres, sentimientos de rechazo hacia los padres porque les dedican menos tiempo (el ausente porque no está y el presente porque tiene que asumir obligaciones que anteriormente compartía con su cónyuge), etc. Estos sentimientos se manifestarán en el niño a través de problemas emocionales (irritabilidad y llanto, o incluso cuadros de ansiedad y depresión), de comportamiento (desobediencia, agresividad, consumo de tóxicos), trastornos del sueño, trastornos de eliminación (enuresis, encopresis), sobre todo en los niños más pequeños, y problemas académicos por dificultades atencionales, al margen del comportamiento anteriormente mencionado. Los escolares suelen negar la realidad, fantasean que sus padres se vuelven a unir, presentan problemas de adaptación y temen perder para siempre al padre que no tiene la custodia. Suelen bajar el rendimiento escolar, sufren ansiedad y son muy vulnerables a las escenas de violencia familiar.

Problemas en el ámbito académico

Los profesores señalan que más del 60% de los menores presenta, tras la separación/divorcio, problemas de concentración y atención, que acaban afectando al rendimiento académico. Aunque una vez transcurrido el primer año la mayoría de los niños lo ha superado, alrededor del 25% no han logrado sobreponerse a las dificultades escolares tras 5 años (Wallerstein, 1991). Conviene recordar la situación privilegiada del profesorado a la hora de hacer cualquier intervención.

Problemas de salud física

Hay estudios que indican que los hijos de familias que sufren una ruptura presentan el doble de problemas físicos, que, en orden decreciente, son los siguientes: gastrointestinales (vómitos, diarrea, estreñimiento, gastralgia), neurológicos (ataques o convulsiones, defectos del habla, propensión a accidentes, onicofagia, succionar el dedo, bruxismo, tics nerviosos, balanceo, no control de esfínteres, etc.), dermatológicos (sarpullidos, eccema, hematomas frecuentes, aftas, acné severo) y genitourinarios (enuresis, disuria, olor fuerte de orina) (Martinón et al., 2017). En la mayoría de las ocasiones no es más que la somatización por la ansiedad y el estrés que les representa la ruptura de la familia, por lo que si el profesional no lo tiene en cuenta puede errar en el diagnóstico.

Relación con la delincuencia

Al margen de que el adolescente varón suele mostrar problemas conductuales ante el estrés que representa la rotura familiar, se ha observado, además, que en las familias intactas hay un mayor control sobre los hijos, lo que ayuda a evitar las conductas delictivas.

Sintomatología según la edad y el sexo

El divorcio es un proceso doloroso para los hijos, con un impacto especial en los adolescentes, pues son capaces de percibir la discrepancia que existe entre los valores que la familia y la sociedad predican y lo que en el fondo practican. La sintomatología más prevalente varía según la franja de edad del niño (tabla 1).

Las chicas adolescentes sufren más problemas de ansiedad y depresión, y los chicos más problemas conductuales, aunque hay que tener en cuenta que los problemas y vivencias previos son factores que influirán en el desarrollo de uno u otro trastorno.

Síndrome de alienación parental

El síndrome de alienación parental (SAP) fue acuñado por Gardner en 1985. Para algunos autores y profesionales, básicamente grupos feministas, no existe tal síndrome, pero para otros es evidente y se refiere a la patología que sufren los niños a raíz de los efectos perjudiciales de una separación conflictiva, relacionado con la lucha de las madres para que los padres no tengan contacto con los hijos. Así fue en el inicio, pero hoy día se observa que tanto las madres como los padres pueden practicar la alienación. El síntoma principal del SAP es la aparición de signos de rechazo más o menos intensos de los hijos hacia uno de sus progenitores tras una ruptura conyugal conflictiva. Hay autores (Bolaños, 2002) que sugieren que, en vez de emplear los términos «progenitor alienante» y «progenitor alienado», se utilicen los de «progenitor aceptado» y «progenitor rechazado», ya que la derivación del latín, alienare, significa enajenar o enloquecer.

Cuando los padres están inmersos en su separación con un elevado conflicto parental, abandonando las necesidades de los hijos e incumpliendo el régimen de visitas, hay riesgo de que se produzca una alienación parental, que no es más que una forma de maltrato hacia el hijo, aunque en un principio no fuera ésta la intención del progenitor que practica la alienación. El SAP acabará provocando una ruptura y una destrucción del vínculo afectivo entre el hijo y el progenitor rechazado. Es importante mediar en este punto para evitar el sufrimiento emocional que representaría para el hijo (y por supuesto en el progenitor alienado también), que podría dejar una huella profunda en la maduración emocional del niño. Gardner destaca dos elementos básicos en el SAP: por una parte, el hijo se alía fuertemente con uno de los padres y se niega a relacionarse con el otro en el contexto del divorcio, sin que realmente esté justificado (pues antes del divorcio la relación entre progenitor e hijo era satisfactoria, sin maltrato ni conducta inadecuada hacia el menor); por otra parte, el hijo tiene la falsa creencia de que el progenitor alienado/rechazado es malo y peligroso, por lo que debe evitar a toda costa el contacto con él.

Mediación

La finalidad de la mediación es evitar que los padres entren en una espiral de disputas. Se busca que lleguen a acuerdos y que cumplan con los compromisos adquiridos. Normalmente, la mediación contribuye a reducir los litigios y a evitar la vía judicial, así como a facilitar la custodia compartida. Generalmente, los padres se muestran satisfechos con ella. Lo ideal sería que la mediación constituyera un servicio público a disposición de toda familia con hijos que se separe. Someterse a mediación puede ser una decisión voluntaria u ordenada por un juez en casos de una elevada conflictividad.

Custodia legal de los hijos

Desde los juzgados es necesario evaluar cada situación en particular, analizar las necesidades que pueda tener el menor y en qué medida sus padres pueden satisfacerlas, siempre teniendo en cuenta que, en principio, la mejor forma de manejar la situación es la coparentalidad, manteniendo así una unión estrecha con ambos progenitores, tanto de tipo emocional como física, y evitando la aparición de una posible psicopatología (Justicia et al., 2016; Lamela y Figueiredo, 2016). Hay padres que prolongan durante años las disputas legales del divorcio, sometiendo al niño a una situación de estrés perjudicial para su desarrollo emocional, por lo que es obligación de los profesionales sanitarios y de los abogados ayudarlos a separarse de mutuo acuerdo.

Los profesionales de la salud mental, los abogados y los jueces, cuyo trabajo involucra las decisiones de custodia de los hijos, a menudo comparecen con investigaciones de ciencias sociales sobre cuestiones relacionadas con el plan de crianza de los hijos, lo que puede llevar a decisiones de custodia que no son las más beneficiosas para ellos. El proceso de tergiversar la investigación de manera que se creen mitos y conceptos erróneos se denomina «woozling» (Nielsen, 2015).

En el caso de niños pequeños, si no hay custodia compartida, a la hora de decidir sobre ciertos aspectos, como la pernocta con el progenitor que no tiene la custodia, se considera más importante la calidad de la relación que mantenía el niño con el progenitor previamente a la separación que la edad del niño en sí (Llorente, 2006).

Factores de mal pronóstico

Los factores que pueden prever una mala evolución de un divorcio que afecte al bienestar de los hijos son: elevada conflictividad entre los padres, problemas legales, ausencia física o emocional de uno de los padres, presencia de psicopatología en los padres (depresión a raíz del divorcio, trastorno de personalidad, abuso de sustancias, etc.), psicopatología del hijo, clase social y económica desfavorable, descenso del nivel socioeconómico a raíz del divorcio, múltiples cambios en la vida del niño y carácter repentino de la separación. La ausencia tras el divorcio de uno de los progenitores durante largos periodos (a veces por vivir en otra población) aumenta el sentimiento de abandono y frustración del hijo, pudiendo favorecer sentimientos de desconfianza en sus relaciones interpersonales.

Factores de protección

Los elementos principales para que haya una buena evolución en el niño (Wallerstein, 1991; Amato, 1991) son los siguientes: baja conflictividad entre los padres antes y después del divorcio; mínimos cambios en la vida familiar; sentimientos de afecto, seguridad y apoyo por parte de ambos progenitores (o como mínimo por parte de uno de ellos); si no hay custodia compartida, mantenimiento de la relación con el progenitor ausente; ausencia de juicios negativos de un progenitor acerca del otro en presencia del hijo; buen apoyo económico; ayuda por parte de otros miembros de la familia y por parte de profesores y amigos.

Tratamiento de los hijos

Sin duda, cuanto mejor estén los padres, mejor estarán los hijos; por tanto, es necesario cuidar de los padres. Pero a veces es preciso, además, hacer una intervención directamente con los hijos, del tipo congnitivo-conductual o una terapia de apoyo, individual o grupal. No se recomienda realizar terapia conjunta de padres e hijos, pues existe el riesgo de exponer a los niños a las peleas y reproches entre los padres, lo que sería perjudicial para su bienestar emocional. En el tratamiento de los niños y adolescentes, los objetivos deben ser progresivos:

  • Reconocer que la ruptura de los padres es algo real, de lo que no son responsables pero ya forma parte de su vida.
  • No implicarse en los conflictos entre ambos progenitores y, por tanto, no actuar de intermediarios de los problemas.
  • Aceptar la ausencia de uno de los progenitores, si es el caso, y renunciar a la idea de una familia unida y feliz.
  • Superar los sentimientos de culpa, resentimiento y reproche hacia uno o ambos progenitores.
  • Asumir la situación del divorcio como algo permanente, tomando conciencia de que ni con un sacrificio personal sería posible cambiar la situación.
  • Tener expectativas realistas de lograr nuevas relaciones interpersonales, a corto y largo plazo, que compensarán las pérdidas sufridas.

Adopción

La ratificación del Convenio de La Haya sobre adopción internacional en 1993 supuso un aumento en el número de adopciones internacionales en nuestro país (Berástegui y Gómez, 2015). Desde 1997 hasta 2015 se formalizaron 53.694 adopciones internacionales en España (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, 2016).

La adopción es una medida de protección del menor en situación de desamparo, un recurso de integración en una familia cuando no es posible que sean atendidos por la suya de origen (Rosser, 2015). De este modo, se considera la adopción como una medida jurídica que se emplea en casos excepcionales en que el menor no puede ser cuidado de manera adecuada por sus progenitores o familiares en ese momento ni en un futuro próximo (Palacios, 2010). Esta medida ofrece al menor la oportunidad de crecer en un entorno saludable, responsable, seguro y emocionalmente disponible a todas sus necesidades (Rodríguez y Morell, 2012). Para preservar este principio de protección del menor en desamparo es fundamental considerar el papel que tiene la familia (Rosser, 2015). Por ello, la Convención sobre los Derechos del Niño (1989) reconoce a la familia como el grupo prioritario para el crecimiento y bienestar de sus miembros, en especial para los niños.

Situación actual de la adopción internacional

El número de adopciones internacionales formalizadas en todo el mundo alcanzó su punto más álgido en 2004 (García y Mellado, 2015). Este aumento en las cifras de adopciones internacionales fue evidente en la mayor parte de las regiones y países; Estados Unidos, España, Francia, Italia y Canadá fueron los países que mayor número de adopciones internacionales recibieron, alcanzando entre ellos la cifra de 45.298 formalizadas en dicho año (Selman, 2012). Estas cifras demuestran el auge y la importancia que adquirió la adopción internacional a partir de la década de 1990. Además, entre 2004 y 2007, España consolidó el segundo puesto mundial en el número de adopciones internacionales, por detrás de Estados Unidos y el primero en la Unión Europea (Centro Internacional de Referencia para los Derechos del Niño Privado de Familia, 2012).

Posteriormente se ha ido produciendo un descenso paulatino en el número de adopciones internacionales en nuestro país, al igual que en el resto del mundo (Selman, 2012). De este modo, en España el total de niños adoptados internacionales, según fuentes del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad (2016), entre el periodo comprendido entre 1997 y 2015, ambos años inclusive, es de 53.694 menores.

Necesidades específicas de los niños y adolescentes adoptados

Los niños adoptados tienen las mismas necesidades y derechos que el resto, junto con otras necesidades añadidas relacionadas con sus antecedentes, vivencias previas y adaptación a la nueva familia. Ello comporta algunas tareas específicas para los padres adoptivos, lo que hace más compleja su paternidad respecto a la paternidad biológica (Palacios, 2010).

La adopción de un niño en una familia requiere un periodo de adaptación en el que deben ajustarse el ritmo y la dinámica familiar, tanto del niño como del resto de los miembros de la unidad familiar (Rosser, 2015). A su llegada puede presentar problemas iniciales de adaptación en relación con la alimentación, el sueño, las dificultades en la comunicación, la escolarización o la adaptación con otros hermanos, si los hay. Pero, además, tiene que aceptar las pérdidas, no sólo de su familia biológica sino también de los compañeros de la institución donde ha vivido, del entorno, del idioma y de su cultura (Ochando et al., 2012). Por otra parte, pueden aparecer dificultades en la adaptación al nuevo entorno familiar debido a la discontinuidad producida respecto al periodo previo a la adopción, ya que el adoptado pasa a formar parte de un contexto totalmente diferente al que debe adaptarse (Reinoso, 2013).

Por todo ello, las características de los niños adoptados son muy variables en función de su edad y sus problemas de salud, educativos o psicológicos, las situaciones de adversidad vividas, la posible negligencia en su cuidado, el abuso o el maltrato sufridos que han motivado la retirada de la patria potestad de sus progenitores, el tiempo de institucionalización vivido, más o menos largo, los cambios en sus cuidadores o la falta de figuras de referencia y apego.

Además, en la adopción internacional, los informes de salud aportados a su llegada pueden ser más o menos fiables y detallados (Oliván, 2005), por lo que la adopción de un niño requiere la aceptación de esa incertidumbre, en la que se desconocen sus antecedentes familiares y la historia de su desarrollo desde el momento de su concepción.

Por otra parte, los niños adoptados tienen una familia y una historia anterior a la adopción, que pueden recordar en mayor o menor medida, se incorpora a su historia vital e interviene en la construcción de su propia identidad. El hecho de ser adoptado va a suponer un presente más prometedor, pero a costa de perder su conexión con su pasado y sus raíces, lo que puede dificultar la consolidación de su identidad. Además, la familia adoptiva debe aceptar, en mayor o menor medida, otra cultura que forma parte de la identidad del niño (Palacios, 2010).

Asimismo, el niño adoptado puede sufrir lo que algunos autores han denominado «herida primaria del abandono» para referirse al daño en las estructuras cerebrales que produce la ruptura del vínculo ya en la gestación (Newton, 2010), así como al trauma que puede conllevar la revelación de sus orígenes y los posibles mensajes de represión del entorno que, en algunas ocasiones, podrían encontrarse (San Román, 2013). La comunicación de los orígenes supone una reconciliación del niño adoptado con los protagonistas y los motivos del abandono sufrido (Múgica, 2010). También puede vivir el sentimiento de pérdida, no sólo de su familia de origen sino también de su cultura, su idioma, sus compañeros de orfanato o su nombre, en algunos casos (Ochando et al., 2008). Algunos autores prefieren el término de «separación», ya que permitiría al niño adoptado gestionar el malestar generado por el sentimiento de rechazo (San Román, 2013). La familia adoptiva tiene un papel relevante para ayudar al niño a conocer sus orígenes y aceptar que es posible que no conozca toda su historia anterior (Palacios, 2010).

Además, la integración de estos niños no sólo va a depender de sus carencias, sino de la capacidad del entorno para disminuir sus riesgos. Por ello, se considera fundamental proporcionar a los menores adoptados un entorno protector que posibilite potenciar sus capacidades. Esto es más acuciante para los niños adoptados en edades más tardías, los que sufrieron situaciones de adversidad, los que vivieron una institucionalización prolongada y/o los que provienen de determinados lugares (Berástegui y Rosser, 2012).

Diversos autores recomiendan el acompañamiento profesional de estos niños y adolescentes y sus familias, especialmente en el momento inicial y de manera puntual en distintos momentos de su convivencia posterior, con el fin de facilitar su adaptación al nuevo entorno familiar (Sánchez-Sandoval et al., 2012). Los investigadores animan a realizar programas formativos a los padres, en los que se trabaje la relación afectiva padres-hijos, los estilos educativos de comunicación afectiva, la aceptación de las diferencias y la evitación de respuestas de rechazo y críticas (Fernández et al., 2012).

Papel del pediatra

El pediatra es el profesional de la salud que está en contacto de forma natural y continuada con las familias, por lo que en más de una ocasión le corresponderá dar consejos en las mencionadas situaciones, que deberán basarse en la evidencia. Conviene siempre obtener la versión de ambos progenitores, hablar por separado con ambos y luego con los hijos para evitar confrontaciones dolorosas.

Es útil tener anotado en la historia clínica quién es el progenitor que habitualmente viene a las visitas médicas con sus hijos, saber quién se ocupa habitualmente de la crianza y si ésta es compartida o no.

 

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